DEL COMER Y OTRAS HIERBAS

Ana Merino(Poeta sugerido)

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Como la mayor parte, de pequeño
yo era un niño goloso, glotón y muy egoísta.
Mi madre, la gran santa,
con frecuencia insistía en que a mi me comía a besos,
para ver que poco después
con rabia me reprendía:
¡hijo, ya está bien!
¿otra vez comiéndote los calcetines?
¡cuántas veces te lo tengo que decir!
o, ¡a ver cuándo, diablos, se te quita la fea costumbre de comerte los mocos!
(al percibir dos lamparones en mis gélidas narices),
y, ésta que era otra,
¡deja de meterte el dedo en la nariz, mocoso!
(al ver como lo introducía a modo de barrena),
que éste era otro de sus sonsonetes.
O, en fin, donde comen dos, comen tres.
¡Comer para engordar!

Después, de joven,
(tú, come y calla;
la comida entra por los ojos)
cuando ya empecé a soñar,
(sin conocer aún que todo en ese mundo era mentira
ni tratar de evitar el riesgo de atragantarme),
yo me quería comer el mundo
y apostillaba, con patatas.
E incluso no me importó tragarme,
así fuera injustamente,
muchos sapos.

Y hoy, ya mayor o viejo,
(para qué andarnos con eufemismos),
me he convertido en pan comido.
Me he vuelto más dadivoso e inapetente.
¿cómo será que a veces,
muchas veces,
hasta devuelvo,
(aquí entra en escena la herencia)
lo poco que pude comerme
o incluso aquello que aún no me he comido?
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Ana Merino

Ana Merino

(Premios Adonais y Fray Luis de León de poesía)

EPIFANÍA QUE DUELE

El día se ha filtrado
debajo de mis uñas,
qué extraña efervescencia
la de la luz en mis dedos
aderezada por un cosquilleo
de sangre perezosa,
esa respiración parecida al pensamiento,
ese querer estar viva
para poder contarlo,
y que vuelvan a su lugar
los propósitos soñados,
y el deseo ambiguo
de las insatisfacciones más leves.
Poner el paladar en su lugar,
que no se escape el aire,
ni la lengua se ahogue
en la saliva seca
de una intuición asustadiza.
Un instante luminoso,
un mal presentimiento
parecido a un olvido que empalaga
y va arrastrando flecos
por un laberinto
de palabras perdidas.
Epifanía que duele
como un mordisco gris
debajo de los párpados,
fogonazo en la sombra
del vértigo enhebrado
en una aguja gruesa
que se adentra en los ojos
y deshace el umbral del sentimiento.

VESTUARIOS

La oscuridad de los vestuarios
como cuevas de sudor
donde las duchas hacen charcos
y la humedad nunca termina de evaporarse.

Las claves afiladas
que construyen victorias
se fraguaron primero
en ese espacio denso
de los casilleros metálicos
y la ropa mal doblada.

El abrazo final de los equipos,
la combustión de sus cuerpos,
los viejos rituales, los rezos más secretos
y su temblor secándolos la boca.

Respiración profunda
que trata de ordenar el pensamiento
y siente en cada músculo la tensión milenaria,
la sed de sus ancestros.

ANTES DEL JUEGO

Alinearse,
ponerse en posición
para que fluya la emoción en las gradas,
esos gritos de júbilo mezclados
con el ansia común de los deseos.

Cada sombra en la hierba
reconoce sus miedos cuando sale
a batirse en el duelo
de las piernas desnudas.

Concentrarse,
saberse en el espacio de la cancha
como pieza esencial en movimiento
que defiende y conserva posiciones,
que se adelanta y busca entre los huecos
el instante armonioso, la precisión del pase,
los ojos hermanados
que ayuden a lograr en cada intento
el gol de la victoria.

EL PRIMER CLÁSICO

Para Oliver

El gol de la tristeza multiplicado por cinco,
una angustia repetida
que te enseña los dientes de la derrota
en un campo desbordado
por la victoria ajena
anudada en tu garganta
de niño de siete años.

Te has tragado un ocaso
de jugadores náufragos
desde la orilla fría de las gradas,
y gritabas sus nombres
y les hacías gestos con las manos,
invocabas la fuerza
que esconde la blancura de tus héroes,
pero estaban dormidos
hundiéndose en un fondo
de alientos enredados
donde todos los pases se volvían errores
y el balón se alejaba de su juego sagrado.

Te ha tocado crecer estrenando la pena
en ese laberinto de tiros sin entrañas
que quebraban por dentro
el anhelo invencible de tu infancia,
porque ese instante pleno
fueron goles de hielo con lágrimas de rabia
que amarraron tu llanto
a otras viejas derrotas
que fraguaron la vida de tu abuelo.

Dos niños en las gradas,
dos equipos que luchan
en un duelo de goles,
y el tiempo detenido
repitiendo una pena,
evocando la escarcha
que dejan los partidos
donde entregas el alma.

MI VIDA SE HIZO FRÁGIL

Mi vida se hizo frágil
al saberse mortal.
Aquel ritmo frenético
de los instantes y de su efervescencia
comenzó a ser corrosivo
y me partió en dos.

Quedaba yo a un lado
y también quedaba yo al otro.
Una mitad de mí miraba absorta,
la otra trataba de aprender
a caminar con una sola pierna,
y se apoyaba en los muebles
y estaba triste
porque el corazón
se había quedado en la mitad inmóvil.

Mi vida se hizo frágil
y mi corazón dejó de latir,
pero cuando quisieron juntar
todo mi cuerpo,
y enterrar mis dos mitades
en una misma fosa,
esa parte de mí sin corazón ya estaba lejos,
había puesto un reloj
en el espacio fingido de la vida,
y no estaba dispuesta
a morirse sin más
cosida al desaliento
de la mitad suicida de mi cuerpo.

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