LA ESQUINA DE UN SUEÑO DE CARTÓN

José Echegaray y Eizaguirre (poeta sugerido)

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Soy la esquina de un sueño de cartón
que revolotea en torno a la ignorancia,
la miseria,
el dolor y la angustia,
la muerte.
Llevo a cuestas
sobre mis hombros
una alta sobredosis de desesperanza,
(dudas, filias y fobias)
para la cual no encuentro antídoto.
Me muevo entre la gloria y el delirio
de un mundo que ha hecho añicos
mi percepción subliminal.
Traigo gases lacrimógenos por quintales.
Cada día que pasa
es un avance
hacia la nada,
esa ecuación en la que la nada es cero
y el sueño el infinito.
En que el grito se torna en mariposa.
Donde nada es lo que parece.
Un visionario
que no ha acertado a ver
ni un centímetro más allá de sus narices.
©donaciano bueno

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José de Echegaray

Como hago dramas

Escojo una pasión, tomo una idea,
un problema, un carácter… y lo infundo,
cual densa dinamita, en lo profundo
de un personaje que mi mente crea.
La trama, al personaje le rodea
de unos cuantos muñecos que en el mundo
o se revuelcan en el cieno inmundo
o se calientan a la luz febea.
La mecha enciendo. El fuego se prepara,
el cartucho revienta sin remedio,
y el astro principal es quien lo paga.
Aunque a veces también en este asedio
que al arte pongo y que al instinto halaga,
¡me coge la explosión de medio a medio!

LOS TRES CUENTOS

I
Un niño de tersa frente,
y la muerte carcomida,
en la senda de la vida
y en el borde de una fuente,
por su bien o por su mal
una mañana se hallaron
y sedientos se inclinaron
sobre el liquido cristal.

Se inclinaron y en la esfera
cristalina vi6se al punto
de un niño el rostro muy junto
a una seca calavera.
La muerte dijo ¡Qué hermoso!
¡Que horrible! -el niño pensó;
bebi6 aprisa, y se escapó
por el bosque presuroso.

II
Pasó el tiempo y cierto día
ya el sol en toda su altura,
en la misma fuente pura
bebieron en compañía,
por su bien o por su daño
la. Muerte y un hombre fuerte
la de siempre era la muerte
el hombre, el niño de antaño.

Como vióse de los dos
la imagen en el cristal
con la luz matutinal
que manda a los mundos Dios,
la del hombre áspera tez
y la imagen hosca y fiera
de su helada compañera
se pintaron esta vez

Bajo el agua limpia y fría
sus reflejos observaron:
como entonces se miraron,
se miraron todavía.

Ella dijo no se qué
señalando hacia el espejo
él murmuró: -¡Pobre viejo!

III

Cae la tarde; el sol anega
en pardas nubes su luz:
envuelta en negro capuz
medrosa la noche llega
Dos sombras van a la fuente
las dos beben a porfía
y aún no sacia el agua fría
sed atrasada y ardiente.

Se miran y no se ven;
pero pronto, por fortuna,
subirá al cielo la luna
y podrán mirarse bien

Al fin su luz transparente
el espacio iluminó,
y en espejo convirtió
los cristales de la fuente.

Y eran las sombras ideales
bajo el agua sumergidas
de tal modo parecidas,
que al partir las sombras reales
de sus destinos en pos,
o por darse mala mafia
o por confusión extraña,
cada sombra de los dos
tomó en el liquido espejo
lo primero que encontróse
y, sin notarlo, llevóse
de la otra sombra el reflejo.

La lucha eterna

Oye: yo te he querido con locura,
y aquí en mi corazón fuiste señora;
yo cifré en tu cariño mi ventura,
y has alumbrado mi existencia obscura
con reflejos dulcísimos de aurora.

Tú llenaste mi pecho de consuelo,
y aún por tí el alma a mi pesar suspira;
tuve en tí tanta fe como en el cielo,
y busqué tu cariño con anhelo,
y me juraste amor… ¡y fue mentira!
Mira, ve lo que has hecho:
aquí hubo un corazón dentro del pecho
que latió para tí, para tí sola,
y hoy tu gran ingratitud me inmola,
te lo vengo a pedir, y está deshecho.
Escucha: has sido infiel, me has engañado;
hay huellas en tu faz que te delatan
y que van pregonando tu pecado.

Vé por qué vengo a hablarte con enojos,
y vé por qué mis penas se desatan,
pues comprendí la vida por tus ojos,
y ahora tus ojos son los que me matan.

¡Aparta!… ¡Huye de mí! No quiero verte.
¡Déjame, que no puedo!
Yo debo aborrecerte,
y tus ojos me impulsan a quererte,
y miro al corazón… ¡y tengo miedo!
¡Huye!… Comprende lo que estoy penando,
y perder este amor lo que me cuesta…
¿Ves? Te quiero olvidar, y estoy llorando;
¡que la razón, que es fuerte, te detesta,
pero te quiere el corazón que es blando!

En un abanico

No apresures los impulsos
de tu aliento;
mira que crecen las llamas
con el viento,
y pudieran ser cenizas
tus despojos,
si avivases el incendio
de sus ojos.

Lo grande y lo mezquino

Era una noche del helado Enero,
y un cielo sin la nube más ligera;
era un tejado igual a otro cualquiera,
con sus rojizas tejas y su alero;
era en el caballete un gato fiero,
de cierta gata en amorosa espera,
y era en el borde de la azul esfera
la luz esplendorosa de un lucero.
La cola el Micifuz levanta airado;
con ella eclipsa al astro peregrino;
y queda plenamente demostrado
que a lo grande lo ruin cierra el camino,
si está lo grande alto y apartado
y entre tejas y cielo lo mezquino.

Los tres encuentros

Primer encuentro

Un niño de tersa frente
y la muerte carcomida,
en la senda de la vida
y en el borde de una fuente,
por su bien o por su mal
una mañana se hallaron
y sedientos se inclinaron
sobre el líquido cristal.

Se inclinaron, y en la esfera
cristalina viose al punto
de un niño el rostro muy junto
a una seca calavera.
La Muerte dijo: “¡Qué hermoso!”
_”¡Que horrible!”_el niño pensó;
bebió aprisa y se escapó
por el bosque presuroso.

Segundo encuentro

Pasó el tiempo, y cierto día,
ya el sol en toda su altura,
en la misma fuente pura
bebieron en compañía,
por su bien o por su daño
la Muerte y un hombre fuerte;
la de siempre era la muerte;
el hombre el niño de antaño.

Como viose de los dos
la imagen en el cristal
con la luz matutinal
que manda a los mundos Dios,
la del hombre, áspera tez,
y la imagen hosca y fiera
de su helada compañera,
se pintaron esta vez.

Bajo el agua limpia y fría
sus reflejos observaron:
como entonces se miraron
se miraron todavía.
Ella dijo no sé qué
señalando hacia el espejo.
Él murmuró: “¡Pobre viejo!”,
bebió despacio y se fue.

Tercer encuentro

Cae la tarde; el sol anega
en pardas nubes su luz;
envuelta en negro capuz
medrosa la noche llega.

Dos sombras van a la fuente,
las dos beben a porfía,
y aún no sacia el agua fría
sed atrasada y ardiente.

Se miran y no se ven;
pero pronto por fortuna
subirá al cielo la luna
y podrán mirarse bien.

Al fin su luz transparente
el espacio iluminó,
y en espejo convirtió
los cristales de la fuente.

Y eran las dos sombras ideales,
bajo el agua sumergidas,
de tal modo parecidas,
que al partir las sombras reales
de sus destinos en pos,
o por darse mala maña,
o por confusión extraña,
cada sombra de las dos
tomó en el líquido espejo
lo primero que encontrose,
y, sin notarlo, llevose
de la otra sombra el reflejo.

Recuerdos

La lluvia de una nube,
del sol al vivo rayo,
un arco de colores
pintaba en el espacio.

El agua de una fuente,
del sol a los reflejos
un iris roto y pálido
pintaba sobre el suelo.

Quien en lo azul estuvo,
al bajar a la tierra,
del espacio los iris
como puede recuerda.

Reflejo

¿Ves bajo el líquido velo
de su linfa, cómo el lago
pinta con sumiso halago
sombras y luces del cielo?
¿Le ves brillar con azul
purísimo, transparente,
cuando de Oriente a Poniente
los aires tienden su tul?
¿Le ves en la noche obscura
negro como el cielo mismo,
imitando aquel abismo,
el abismo de la altura?
Él refleja el rojo sol
en sus ondas peregrinas;
él refleja las neblinas
y refleja el arrebol.
Pues como el lago sereno
luz y sombra reverbera,
y de la celeste esfera
la imagen lleva en su seno,
¡yo reflejo tu dolor,
yo reflejo tu placer,
y en el fondo de mi ser
llevo el cielo de tu amor!

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