»LA VIDA A CONTRAPIÉ
Sugerencia: Miguel D'Ors
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La vida es una estafa. Es evidente.
Que aquí no pintas nada.
Pues naces sin saberlo, de repente.
Sin nadie preguntar ni ser consciente
ya estás en la manada.

Tus padres, que te quieren, te repiten
que debes de aprender,
preciso no es que insistan, que te griten,
y menos provocarles que se irriten
pues que has de obedecer.

Después tendrás que oír de los que saben
que aprendas un oficio,
y si eres aplicado que te alaben,
cuidando que una fosa no te caben,
de andar sin beneficio.

Trabaja sin cesar, joven, trabaja.
Que en busca de un empleo
tendrás que dar la vuelta a la baraja
y ver como tu sueldo resquebraja
haciéndote un mal feo.

Te toca echarte novia. Y el azar
se cruza en tu paseo,
y empiezas a saber lo que es amar
e ignoras que pudieras naufragar
en medio del mareo.

Los hijos, ¡ay los hijos! vienen solos,
quizás cuando no esperas,
pues Dios pudiera estar haciendo bolos
cantando una canción con Los Manolos
pidiendo al olmo peras.

Y hoy vienen a decirme que me vaya,
mi tiempo ya ha pasado.
Son ellos que han pasado de la raya.
Me tratan cual si fuera una cobaya.
un clavo ya oxidado.
©donaciano bueno

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Miguel D’ors

(Premio de la Crítica de poesía castellana (1987)

Fatum

Ese niño que llega, cartera remolona,
botines desatados, al colegio de Sánchez
no sabe que sus pasos felices por Sevilla
-luz, patios, calles, cales- le acercan a Collioure.

París, rue Vaugirard. Ese muchacho
gris y desmadejado que avanza hacia el otoño
verleniano del hondo Jardín de Luxemburgo
no sabe que camina hacia Collioure.

Por la alameda de oro -Soria pura-,
lentos enamorados demorándose,
mirándose en el Duero -Soria pura-. La novia,
con manos inocentes,
sacude la ceniza -tiza acaso-
del hombro del poeta, que no sabe
que tan dulces senderos le llevan a Collioure.

El señor que, enlutado como un cirio,
con su bastón y pasos soñolientos
-domingo provincial- sube a los olivares
de Baeza no sabe que sube hacia Collioure.

El viejo arrebujado en sus recuerdos
que mira cómo pasan,
vertiginosos, los naranjos por la ventana
del coche, y los aspira -Levante azul-, no sabe
que por aquella ruta de flores y palomas
y muchachas se está acercando a Collioure.

Un súbito frenazo, la puerta abierta, el frío
látigo de la lluvia. Sale a la noche y anda
entre voces anónimas, oscuras,
y olor a bajamar. La lluvia. Unas preguntas
francesas, tan extrañas como un sueño, la lluvia,
los papeles, la lluvia, los gendarmes mojados
alzando la cadena fronteriza.
Igual que un sueño todo.
Francia, ya clareando, y aquel cartel: COLLIOURE,
nombre jamás oído. No sabe que allí estaba,
desde siempre, esperándole su muerte.

De: Codex 3

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