LAS IDEAS/LA SANGRE/

Jorge Galán (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
EL POEMA Lee otros poemas SURREALISTAS
 

 

Las ideas trozos son de pensamiento
y de imaginación
cortados de raíz a cuchilladas
para después despanzurrar
en un muro de lamentaciones
con sus vísceras saltando hechos trizas por los aires
para uso y disfrute de insaciables vampiros
que desde las múltiples Transilvanias
han de venir a chupar la sangre
y si así fuera
en sus flemas ahogarse de placer.

O lo que sería peor,
devuelvan sus esencias a la nada,
sus esfuerzos, a la nada,
su consciencia a la nada,
al vacío, que es la nada
sin retorno,
porque anduvieran estreñidas, secas
y la sangre brillara por su ausencia
y por tanto,
no habría nadie que la chupe
condenándole a vagar
como alma en pena.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Jorge Galán

Jorge Galán

Toque de queda

A las seis las calles se vaciaban y aún antes de la noche
venía el murmullo de la sombra,
y no sé ya si era verano o invierno, pero el frío
venía desde todos los sitios y se metía en las gargantas
y nos hacía hablar más bajo, con temor,
como lo haríamos solo para nosotros mismos.
En la tarde jugábamos al fútbol o al béisbol.
Por la noche lo único que podíamos hacer era jugar al escondite,
en la penumbra, buscando en el silencio la salvación.
El cerro en esos años era un sitio de cuevas:
alguien o algo se escondía ahí. Cerca de medianoche
me levantaba y caminaba entre los cuerpos que dormían
tirados en el piso, salía hasta la sala, abría la ventana,
y asomaba mi único ojo con valor hacia la oscuridad,
entonces podía ver lo que había bajado desde el cerro,
esa niebla donde habitaban hombres.
El brillo de sus fusiles y sus cuchillos era solo un murmullo.
El sonido de su respiración era el eco del mar que apenas recordaba
y lo que murmuraban los árboles era también una plegaria.
Nadie podía verme, pero no me atrevía a estar de pie.
Arrodillado, miraba mucho tiempo, hasta que volvía una mentira
todo aquello que pasaba ante mí, algo irreal como el recuerdo
de un sueño despiadado sucedido hacía mucho.

Gracia

Viniste como el rayo
un instante de Dios entre dos noches,
por eso no te has ido, por eso no te marchas a pesar de esta hora
de columnas hostiles que rodean mi cuerpo destrozado entre fangos.

Es viento, viento muerto lo que tiembla en los árboles,
son voces, voces muertas, las que hablan en la sombra,
son dedos, dedos largos los que limpian los labios
de ese rastro brioso de amapolas oscuras.

Pero tú permaneces intacta en tu hermosura,
en tu belleza intrínseca que te recoge el pelo con pañuelos de humo.
Viuda de los claveles, gaviota de la noche, luz más alta del día,
vas volando por mares que existirán mañana,
iluminas los puertos que nadie ha construido,
das un brillo dorado a las crines del viento
y recoges el cuerpo donde me hallo tendido
y repites mi nombre…

Yo escucho algo muy lejos
un susurro venido de un cielo más distante,
una oración levísima de palabras enormes
pronunciadas con una dulzura interminable,
con un amor terrible que casi me da miedo.

Nuestros días oscuros nos llevan de la mano,
nos abrigan con sábanas que desollan el pecho más llano de la nieve,
pero no te has marchado, permaneces haciéndote más grande
iluminando el día
desde mi oscuridad.

El holgazán

Acostado en la cama miro por la ventana
el cielo no es celeste ni azul
es verde oscuro. Las hojas no son verdes
las hojas son doradas. Las ramas donde penden están rojas.
No hay nubes esta tarde ni brisa ni esa música
que en el silencio habita sin que nadie la note.
Allá afuera está el mundo que observo sin mirarlo.
Y me pregunto, ingenuo: ¿se asomará a mirarme?
Siempre divide, un hombre, la humanidad en dos mitades,
así como el interminable nuevo instante presente
divide la eternidad en lo que fue y lo que será.

¿Posee olor esta habitación?

Supongo que huele como mi cuerpo, pero no lo distingo.
Si me tendiera sobre un campo de jazmines olería a jazmines
pero estoy tendido sobre la cama y la cama esta tendida a su vez sobre el mundo.
¿Cuál es el aroma del mundo?
¿A qué huele la noche? ¿Es el alba un perfume?
Me siento hijo este instante cuando soy el inicio y el final
de todas las distancias y todos los caminos,
porque un hombre siempre es el inicio y el final
de todos los caminos y todas las distancias:
si cierro mis ojos el cielo tiene el tamaño de unos párpados cerrados,
si los abro, el cielo se extiende hasta volverse oscuro y llenar una inmensidad
que solo es posible si me doy cuenta que es posible.
Si me levanto, no estaré parado sobre el piso de ladrillos sino sobre el mundo
y el mundo me sostendrá aunque no me de cuenta que me sostiene
y girará y se destruirá y restituirá, todo bajo mi pie, bajo mi sombra de esta tarde
y otras tardes iguales que esta, donde nada parece suceder,
donde no quedan pájaros y los rocíos invisibles alimentan pistilos que no veo
y el viento se ha alejado a unos árboles demasiado lejanos,
cuyas siluetas, que no observo tampoco, son solo hombres oscuros de alguna lejanía,
inmóviles e incapaces de producir algo más que temor o sospecha
pero jamás asombro.

Miro por la ventana. La cama está mullida. El cielo no es celeste ni azul
es verde oscuro. Las hojas no son verdes, son doradas, no caen, se mantienen asidas
a las ramas de un árbol que en la tierra se hunde como un rayo perenne.

La adivinanza

Mi capa es la tiniebla pero mi sombra es luz.
Se haya en mi mano una moneda dispuesta a la limosna
pero mi voz es lo terrible, cuando así lo desea.
Si dijera esto a un niño le preguntaría ¿Quién soy?
Y sería solo una adivinanza y no un enigma y una proclamación.
Mi espalda es el invierno que oscurece a los árboles
pero mi rostro es la blancura de la nieve más fría.
Si hundo mi pie en el fango es tan solo en la hierba que aparece una huella.
Veo, escalones abajo, los insipientes actos de los magos,
y escucho, por encima de mí, las palabras de Dios
en la lengua monumental de sus profetas.
Veo a los ángeles en un palacio interminable
jugando como ínfimos infantes en interminables jardines
y escucho la confesión del viento en los antiguos árboles
y la profecía del mundo en la boca del mar
y revelo la edad de las estrellas a los hombres
y el corazón del hombre a la desolación de los abismos.
El beso de Dios arde en mi frente.
Soy hijo y no puedo ser otra cosa más que hijo.
Los trigales se inclinan a mi paso
y el rey pide consejo y ejecuta conforme lo que digo.
Mi mano es pesada como el hacha de piedra.
Para mis ojos no hay distancia ni tiempo
ni lugar ni cortina ni pared ni secreto.
Sobre mi cabeza los gorriones y las ramas altísimas
y las antiguas torres y el universo mismo.
Bajo mis pies el mundo
y bajo el mundo, los nombres de los muertos.
Si le hablara a los niños, podría preguntarles, fingiendo ser astuto,
¿Saben los nombres de los muertos?
Mi capa es la tiniebla pero mi sombra es luz
y al revelar aquello que en mí se ha revelado me vuelvo yo el misterio.
Mi destino es la hora más postrera del hombre:
La claridad penúltima…
El último silencio.

que se hundiera en la noche.

Llegó la sangre al río – Jorge Guillén
Todos los ríos eran una sangre,
Y por las carreteras
De soleado polvo
¿O de luna olivácea?
Corría en río sangre ya fangosa
Y en las alcantarillas invisibles
El sangriento caudal era humillado
Por las heces de todos.

Entre las sangres todos siempre juntos,
Juntos formaban una red de miedo.
También demacra el miedo al que asesina,
Y el aterrado rostro palidece,
Frente a la cal de la pared postrera,
Como el semblante de quien es tan puro
Que mata.

Encrespándose en viento el crimen sopla.
Lo sienten las espigas de los trigos,
Lo barruntan los pájaros,
No deja respirar al transeúnte
Ni al todavía oculto,
No hay pecho que no ahogue:
Blanco posible de posible bala.

Innúmeros, los muertos,
Crujen triunfantes odios
De los aún, aún supervivientes.
A través de las llamas
Se ven fulgir quimeras,
Y hacia un mortal vacío
Clamando van dolores tras dolores.
Convencidos, solemnes si son jueces
Según terror con cara de justicia,
En baraúnda de misión y crimen
Se arrojan muchos a la gran hoguera
Que aviva con tal saña el mismo viento,
Y arde por fin el viento bajo un humo
Sin sentido quizá para las nubes.
¿Sin sentido? Jamás.

No es absurdo jamás horror tan grave.
Por entre los vaivenes de sucesos
¿Abnegados, sublimes, tenebrosos,
Feroces?
La crisis vocifera su palabra
De mentira o verdad,
Y su ruta va abriéndose la Historia,
Allí mayor, hacia el futuro ignoto,
Que aguardan la esperanza, la conciencia
De tantas, tantas vidas.

¡Haz clic para puntuar esta entrada!
(Votos: 0 Promedio: 0)

Comparte y disfruta!

0 0 0
Te sugiero seguir leyendo...
No creo fuera dios quien hizo al hombre, y aún menos que naciera de la nada, ni creo que él lo hiciera a mano alzada…
Ir al contenido