MÁS ALLÁ DE LA VISTA

Oliverio Girondo (poeta sugerido)

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¿Qué hay más allá de la vista
allí donde el ojo alcanza?
¿qué existe en la lontananza?
permítanme que aquí insista.
Más allá veo un turista
vestido a la vieja usanza,
un hambriento y su pitanza,
un rey y un malabarista,
una puta y un tenista
y un ciego con su tardanza.

Una cuerda con su danza
que trata de compartir
su experiencia de sentir,
y el pudor de la matanza.
De ser justo, esa balanza
que a torear no se aviene,
pues lo mismo va que viene
te defiende o te castiga
con furor, como la ortiga,
en fin, del mundo su chanza.

Mas ni un halo de esperanza,
que no hay Dios que lo resista,
que es camino y no autopista
la que pide aquí hoy venganza.
Y fue el mismo Sancho Panza
que a su jefe don Quijote
le hizo torcer el bigote
al verle tan despistado
-presumiendo estar fumado-
le quiso echar un capote.

Que a veces lo que se observa,
lo que el ojo lo percibe,
no es lo mismo que recibe
de la mugre en la caterva.
Si la vista se conserva
y no existe impedimento
verá que todo es un cuento
que siempre termina mal
pues que el actor principal
morir debe en el intento.
©donaciano bueno

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Oliverio Girondo

Aparición urbana

¿Surgió de bajo tierra?
¿Se desprendió del cielo?
Estaba entre los ruidos,
herido,
malherido,
inmóvil,
en silencio,
hincado ante la tarde,
ante lo inevitable,
las venas adheridas
al espanto,
al asfalto,
con sus crenchas caídas,
con sus ojos de santo,
todo, todo desnudo,
casi azul, de tan blanco.
Hablaban de un caballo.
Yo creo que era un ángel.

Balaúa

De oleaje tú de entrega de redivivas muertes
en el la maramor
plenamente amada
tu néctar piel de pétalo desnuda
tus bipanales senos de suave plena luna
con su eromiel y zumbos y ritmos y mareas
tus tús y más que tús
tan eco de eco mío
y llamarada suya de la muy sacra cripta mía tuya
dame tu
Balaúa

Calle de las sierpes
(A D. Ramón Gómez de la Serna)

Una corriente de brazos y de espaldas
nos encauza
y nos hace desembocar
bajo los abanicos,
las pipas,
los anteojos enormes
colgados en medio de la calle;
únicos testimonios de una raza
desaparecida de gigantes.

Sentados al borde de las sillas,
cual si fueran a dar un brinco
y ponerse a bailar,
los parroquianos de los cafés
aplauden la actividad del camarero,
mientras los limpiabotas les lustran los zapatos
hasta que pueda leerse
el anuncio de la corrida del domingo.

Con sus caras de mascarón de proa,
el habano hace las veces de bauprés,
los hacendados penetran
en los despachos de bebidas,
a muletear los argumentos
como si entraran a matar;
y acodados en los mostradores,
que simulan barreras,
brindan a la concurrencia
el miura disecado
que asoma la cabeza en la pared.

Ceñidos en sus capas, como toreros,
los curas entran en las peluquerías
a afeitarse en cuatrocientos espejos a la vez
y cuando salen a la calle
ya tienen una barba de tres días.

En los invernáculos
edificados por los círculos,
la pereza se da como en ninguna parte
y los socios la ingieren
con churros o con horchata,
para encallar en los sillones
sus abulias y sus laxitudes de fantoches.

Cada doscientos cuarenta y siete hombres,
trescientos doce curas
y doscientos noventa y tres soldados,
pasa una mujer.
A medida que nos aproximamos
las piedras se van dando mejor.

Dicotomía incruenta

Siempre llega mi mano
más tarde que otra mano que se mezcla a la mía
y forman una mano.

Cuando voy a sentarme
advierto que mi cuerpo
se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse
adonde yo me siento.

Y en el preciso instante
de entrar en una casa,
descubro que ya estaba
antes de haber llegado.

Por eso es muy posible que no asista a mi entierro,
y que mientras me rieguen de lugares comunes,
ya me encuentre en la tumba,
vestido de esqueleto,
bostezando los tópicos y los llantos fingidos.

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