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1º POLÍTICA, EL ARTE DE JODER? (mi poema)

2º El poeta sugerido: ''Daniel Saldaña París''

 

Política es el arte de pactar
con dios o con el diablo si conviene,
si alguno hay que a ese pacto no se aviene
se debe de estudiar qué regalar,
qué precio es el que tiene.

Política es el arte de mentir
al pueblo al que se dice que es quien manda,
después con la batuta ya en la banda,
la música que suena es repartir
al que es de nuestra panda.

Política es el arte de imponer
llenando el Parlamento de obsesiones,
sonando sin cesar mismas canciones,
pues son las que se deben de aprender
con sus emoticones.

Política es el arte de trepar
dejando al enemigo allí hecho astillas
de forma que no pueda progresar,
subiendo en el partido sin parar,
poniendo zancadillas.

Política es el arte de joder
a todo lo que pilla el soberano,
aquel el que ha llegado hasta el poder
mostrando los manjares a comer
al pobre que es vegano.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Daniel Saldaña París

Daniel Saldaña París

Siempre es demasiado tarde: un escalofrío

como un recordatorio. Luna eclipsada.
No supimos amar como es debido,
perder sin mirar, mirar sin arder, quedarnos.
La piel explica el calor que no contiene:
escapa, capitula, rinde
las armas rotas del dolor, su duplicado.
Atrás quedó el vapor, las ruinas ciegas
del atardecer, los ruidos
de la doble canción del acabose.
Una intuición despierta: no se vuelve
del duelo circular. Camina.

Dime que vas a venir

después de haber quemado la razón
para abrazarme y luego
vamos a darle vuelo a la osamenta
—un tres allí, junto a los calcos
de la tímida voz que ya vacila—.
Dime que todo va a estar bien,
que el viento es vil pero amilana,
dime que nunca nada, ni por asomo,
nos va a partir de nuevo.
Aunque no sea verdad.
Aunque la sangre pese
y pase
a despedirse.

Dame la opción de ser,

pese a los años, otro:
un yo más quieto en su tersura,
que sepa quebrarse contra el muro
del mundo cruel y mercenario,
una versión de mí sin la mentira,
la sed de ser amado por cualquiera,
el modo triste de esconder la cara
cuando la tarde escupe su canción de cuna.
Dame un final alternativo:
un baile agarrado que se alente
hasta quedar suspendido —pura estatua:
árbol de savia sin manar.

En el anverso de esta tarde hay otra:

un sábado tocado por la gracia
donde somos, al fin, lo que pudimos ser:
ondas concéntricas en el estanque,
ritmo sin profusión, alquimia.
Pero la muerte tocó a la puerta con sus uñas largas de adornado acrílico
—tamborileaba, perra, una tonada mía—
y luego fuimos sombras laceradas,
ramilletes de nervios esculpidos
con la forma sinuosa de las pérdidas.
En el anverso de esta tarde, un hijo
corre descalzo sobre la hierba.

Un duelo dual desde el lugar del miedo,

una dócil manera de ser uno
sin arrastrar el peso de la falta,
pero también sin risa y sin ternura,
sin la abrasión del beso,
sin la tristeza subvertida del domingo
escondidos del mundo entre las sábanas.
Un duelo dual y recurrente,
la fatigada ola del deseo
que no desiste,
que azota y sala y va mermando
la poca claridad del horizonte.
Un duelo dual por un amor perdido
y otro dejado al mar, entre la arena.
(Inéditos)

Aeropuertos

1
Aeropuertos vacíos.
De sí, digo.
Pero también: de cientos.
De cientos que podrían.
O que podían ser y no fueron.

Aeropuertos de sí, ¿no?,
que tienen todos los tiempos.

Qué decir del “grano de la voz” —simiente:
dice la verdad
de lo que no se dice. (Escucha.)

Por ejemplo, voz que siembra campos de sorgo
enfrentados
a campos desorganizados:
ciudades vistas desde arriba.
El avión a lo que va, como decía.
Más vale tarde que atardece
que tarde detenida:
todo lo que amo
es visible y envejece.

2
Turbinas hechas para perturbar al indio
—a caballo
entre un tiempo y otro.
Modernidad, ¿por qué me has abandonado?

(Nota para más tarde:
Discursos que utilizan la palabra “verga”:
el naval, el pornográfico,
el que pretende —bobo— disgustar al prójimo.)
(Ya es más tarde: ¿será la hora
de regresar sobre mis propios pasos
al paréntesis precedente?
No hay manera de saberlo: esto
no se detiene nunca.)

A lo que iba:
turbinas hechas para matar un toro.
Marinetti, extasiado, monta en una de ellas (a caballo
entre un tiempo y otro).
Otros toros:
el de Picasso,
el de Botero (insultos),
el toro de la marca que usa un toro como marca.
Marca: lo que delata.
Y también: la impresión de un cuerpo en otro.

Turbinas para matar el tiempo.

TODO el hartazgo, el tedio

inherente a lo mediano. Todo,
en «n, lo que me lastra
—el spleen— he decidido
desplazarlo con
una acción fingida
por las islas. Por ejemplo:
hablo con insistencia
de Trinidad y Tobago, hablo
de las Islas Coco.
Funciona un poco, al principio; luego
ese tedio vital vuelve
apenas maquillado
por un tic excéntrico. Vuelve
como habrán de volver también, en su momento,
las obsesiones primarias, las
ficciones personales. Vuelve
como las narrativas de mi desprendimiento.

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