SIN DERECHO A DECIDIR

Alejandro Oliveros (poeta sugerido)

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Pues no quiso venir y le obligaron
que fuera allí a nacer por egoísmo,
dispuesto a obedecer, más de lo mismo,
y nunca por decencia consultaron
llevando hasta la pila del bautismo.

Que vienes hasta aquí y ya dan por hecho,
que debes de seguir sus tradiciones,
haciéndote rehén de su prisiones,
privando el decidir, que es tu derecho,
a hacer lo que le plazca a tus razones.

Y qué decir después cuando te mueres,
los que antes decidieron ya se han ido,
tú sigues de mandón empedernido,
los hijos procreaste por placeres
y todo lo que son, tú has decidido.

Que el ciclo de la vida se repite
lo mismo que vasijas de una noria,
el agua va rotando en la memoria
jugando con el tiempo al escondite.
Y vuelta a repetir la misma historia.
©donaciano bueno

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Alejandro Oliveros

Zbignew Herbert en Ferrara

Zbignew Herbert se detiene a la entrada
del Castello Estense, y piensa en Tasso:
“Pobre Torquato, pasando frío
en las mazmorras de este castillo imponente.

No son las cortes los lugares más seguros
para los poetas. Mejor el destierro
que la servidumbre; andar sin trabajo
que servir de embajador al tirano,
o cantar sus alabanzas a cambio
de unas medallas de cobre. Vivimos tiempos
que, en verdad, parecen el cuento
de un idiota lleno de ruidos y rabia.

He vivido a menudo entre el pretérito
y el presente, crucificado por el lugar
y el tiempo y, sin embargo, dichoso
y confiando en el que el sacrificio
no fue en vano. He escrito poesía
seria, trágica, y ahora escribo sobre
la enfermedad, el cuerpo enfermo
y la búsqueda  de la redención.
Pienso en el exilio, como todos, ahora
que mi país es una tierra estéril.

Pobre Torquato, puedo imaginar
los dolores de su locura, los he vivido
más allá de lo merecido. Solo aspiro
a que uno de mis poemas, uno solo
sea tan permanente como su inmortal
Jerusalén liberada”.

Utopía

Por motivos que no son los de Mandelstam,
soy un fugitivo de la utopía.
Cuando, como ahora, apartado en la niebla
de Milán, escucho esta palabra favorita
del novecientos, me abandono
a la tristeza y el desconcierto.
En San Pedro, se vuelve a hablar
de perseguir lo imposible, creer
en lo improbable, y yo recuerdo
la sangre derramada en nombre
de ese fantasma a lo largo del siglo veinte.
No quiero para Alessandro el fervor
de los iluminados ni el entusiasmo,
digno de mejor causa, de los convencidos.
El regreso al equilibrio y belleza de las cumbres,
el azul de las olas que siempre recomienzan,
eso es lo que anhelo para sus ojos:
esperanzas probables y sueños reales.

Restaurant Roma

Camino con Alessandro por la Galleria
Vittorio Emanuele, y recuerdo
que no era Milán, sino Roma el sueño de los ojos
de mi padre. Hablaba de la gran urbe
como uno de sus vecinos: el Circo Massimo,
la Domus Aurea desaparecida
y las arcadas del Coliseo; los mosaicos
de Santa Maria Maggiore, y la
mejor manera de llegar a San Pietro in Vincoli
para admirar el Moisés,  “Lo único
que queda de la tumba de Julio II”. Conocía
bien las termas de Dioclesiano,
donde Miguel Ángel construyo una iglesia
de nombre impronunciable. Sobre
la Sixtina se extendía en detalles
leídos en Selecciones: la simetría
de los cuarenta metros y los personajes
del Juicio Final, entre ellos
el autoretrato del artista atormentado.
Mi padre nunca viajó
a Italia, ni siquiera salió de Venezuela,
pero cuando visité la ciudad,
diez años después de su muerte, la encontré
sin cambios, tal como él la había
imaginado, en su aislada mesa
del restaurant Roma en Valencia.

Destino

Durante un tiempo acompañé a mi tío
en el recorrido por sus propiedades
en Bejuma. Comenzaba siempre
por las siembras de caña, que crecía,
verde clarita, para convertirse
en oscura melaza y papelón.
Luego, era el turno de las mandarinas
y naranjas, brillando con la luz dorada
que bajaba sin prisa  de las colinas.
Al final, eran los cultivos de tabaco,
y sus verdes plantas dispuestas
como soldaditos para un desfile.
Mi tío Mario era como sus tierras,
dulce y transparente. Una mañana,
de regreso a casa: “Alejandro,
¿por qué no te haces agrónomo
para que te ocupes de estas tierras?”
No tuvo hijos, y yo era el único varón
de la familia. Lo dijo no más una vez
en la privacidad de su Jeep. Por mi parte,
sólo lo confié a mi hermana Alicia.
Recuerdo sus palabras: “En Bejuma
no hay cines, ni museos, ni librerías,
que es lo que a tí te gusta”. Al poco tiempo,
mi tío enfermó y murió prematuramente.
Nunca supe cuál fue el destino de aquellas
tierras benditas. Ahora, desaparezco
en la niebla de Milán y me imagino
con el sombrero de mi tío y sus botas
llenas de barro. Llego hasta la Scala
y pienso: “Creo que, después de todo,
mi querida hermana tenía razón”.

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