YO ESCRIBO EN LAS PAREDES

Felipe Benítez Reyes (poeta sugerido)

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Escribo en las paredes, en el techo,
allí donde está en blanco yo lo pinto
con letras que destilan vino tinto,
que están agazapadas, al acecho,
con pobres latinajos de un desecho
de signo variopinto.

Y allí, cuando mi mente lo permite,
escribo por la noche cuando duermo,
igual que en hospital si estoy enfermo
el ansia de escribir se me repite,
y lo hago si oigo hay alguien que me grite
yo escribo en mi cuaderno.

Que escribo como quiero, cuando quiero
y trato a mi obsesión como a cualquiera,
tumbado en una hamaca en primavera,
del fuego a su calor el mes de Enero,
escribo, que su estado es placentero,
al día en que me muera.

E incluso si no tengo que decir
a veces, cuando estoy algo aburrido,
me pongo a emborronar de un salpullido,
si ignoro en qué pensar, pongo a escribir.
Llegado aquí, yo debo de añadir
que escribo mal, lo sé, si estoy dormido.
©donaciano bueno

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Felipe Benítez Reyes

EL ATLAS

Se alejaban los barcos cargados de tesoros
y el niño señalaba con mano desvaída
las regiones lejanas de nombres eufónicos,
suaves como versos de cadencia elegíaca:

Alejandría, Córcega, Tornea, mar de Banda,
Majach-Kala, Karat, Bengasi, Esmirna.

Regiones de las brumas y las tinieblas albas,
ciudades de los altos minaretes de oro
que en la imaginación entonces relumbraban
como gemas caídas de un cielo melancólico:

Trípoli, Yeros, Kemen, Bagdad, Adalia, Córdoba….
Detrás de aquellos nombres, ¿qué vida se ocultaba?
perdidos en la bruma glacial de la memoria
los barcos que zarparon duermen bajo las aguas

De Botnia, de Madrás, de la azul Etiopía.

ADVERTENCIA

Si alguna vez sufres —y lo harás—
por alguien que te amó y que te abandona, 
no le guardes rencor ni le perdones: 
deforma su memoria el rencoroso 
y en amor el perdón es sólo una palabra 
que no se aviene nunca a un sentimiento. 
Soporta tu dolor en soledad, 
porque el merecimiento aun de la adversidad mayor 
está justificado si fuiste 
desleal a tu conciencia, no apostando 
sólo por el amor que te entregaba 
su esplendor inocente, sus intocados mundos.

Así que cuando sufras —y lo harás—
por alguien que te amó, procura siempre 
acusarte a ti mismo de su olvido 
porque fuiste cobarde o quizá fuiste ingrato. 
Y aprende que la vida tiene un precio 
que no puedes pagar continuamente. 
Y aprende dignidad en tu derrota, 
agradeciendo a quien te quiso 
el regalo fugaz de su hermosura.

LA CONDENA

El que posee el oro añora el barro.
El dueño de la luz forja tinieblas.
El que adora a su dios teme a su dios.
El que no tiene dios tiembla en la noche.

Quien encontró el amor no lo buscaba.
Quien lo busca se encuentra con su sombra.
Quien trazó laberintos pide una rosa blanca.
El dueño de la rosa sueña con laberintos.

Aquel que halló el lugar piensa en marcharse.
El que no lo halló nunca
es desdichado.
Aquel que cifró el mundo con palabras
desprecia las palabras.
Quien busca las palabras que lo cifren
halla sólo palabras.

Nunca la posesión está cumplida.
Errático el deseo, el pensamiento.
Todo lo que se tiene es una niebla
y las vidas ajenas son la vida.

Nuestros tesoros son tesoros falsos.

Y somos los ladrones de tesoros.

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