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ADIÓS, RELOJ DE PULSERA! (mi poema)

Poeta sugerido: ''Dionisia García''

MI POEMA… de medio pelo Lee otros poemas TRISTES

 

El reloj ya ha pasado a mejor vida,
aquel que, de pulsera,
los pelos fue dejando en la gatera
por culpa de otra joven pervertida;
que el móvil le ha ganado en la partida,
robando la cartera.

Después de cuantos años de amistades
y tantos presumiendo,
reloj ya estás pasando, estás muriendo,
testigo no eres ya de las edades
y a nadie ya hoy le apremias ni disuades,
mas mueres resistiendo.

Te adornen con alhajas o brillantes
de nada te ha servido.
Tampoco ya ese tipo presumido
-el mismo que fardaba de tirantes-,
que insiste en adornarse como antes
a ti te ha defendido.

De cuerda te enfrentaste hasta las pilas
buscando así adaptarte,
y el tiempo ha demostrado que cuidarte
garante no ha de ser. Que tus pupilas
desnudas se han quedado sin manilas,
testigo para el arte.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Dionisia García

Dionisia García

POETA MENOR

Qué importa ser poeta menor, si de la naturaleza gozo.
¿Qué es lo verdadero? ¿Quiénes lo aplauden?
Qué se yo de este mundo, de mi presencia en él,
del exterminio de cuanto he amado, de este cuerpo
y su declinar, día tras día, sin poder detener un instante
el soplo que mueve mi complicado ser.
Oh cielos, cuándo hablará mi Dios en sencillo lenguaje,
cuándo a mi mesa, y a mi fidelidad, ha de acercarse quedo.
Y, vosotros, a preguntar llegáis: a que me descubra
sin imágenes ni símbolos, sin preciso ropaje ante lo incierto.
Atentos, si inspiración o intelecto impulsa, si capricho,
necesidad o vanagloria acreditan la verdad del poema.

Interludio (De las palabras y los días), 1987.

MEDITACIÓN Y CANTO

Mientras seas, conmemora los días,
préndelos en varillas titilantes,
amparado abanico entre tus manos.

El transcurrir ligado a sus historias,
y, desde los registros de recuerdo,
podrás rememorar con impaciencia
cualquier atardecer sobre nosotros.
Es el rastro cuanto nos sobrevive
y unge carne de amar en falso sueño.
Las caricias, ay, las manos, y el beso
de aquella madrugada junto al álamo:
todo quedó grabado sobre el lienzo,
armonía con cintas de paisaje
en tímido desdén amanecido
hasta llenar el vaso de los ojos.

Mientras no sucumbimos, cumple al cielo,
prepara los manteles para el ágape,
reza conmigo el canto apasionado
a tanto pormenor que Dios ofrece.
Mnemosine, 1981.

EL FERVOR DE LAS COSAS

Me siento a esperar el poema
de espaldas a la luz
en la pequeña casa
que habitamos.
No puedo remediar el griterío,
la percepción de ruidos trepadores,
en este quinto piso, de horas menguadas,
sin paisaje. Sólo el fervor de las cosas,
su obediente compañía.
Diario abierto, 1989.

SI EL POEMA NO QUIERE…

Si el poema no quiere
detenerse contigo
abandona el empeño.
Vive sin someterte a la tortura
de quererlo alcanzar por insistencia.
Acógelo solícito si llega,
y aprovecha el instante
como bien dado.
Después sigue viviendo,
sin obsesiones de poeta,
entregado a las cosas.
Las palabras lo saben, 1993.

DEL POETA Y EL POEMA

Quien sus palabras sigue
no se instala en lugar definitivo.
Afirma las historias,
cuantos temas propuso en la escritura,
pero él es diferente con el paso del tiempo,
y cambia la mirada al presenciar la vida.
Su paisaje más íntimo
se muestra en ocasiones lleno de soledades:
otras, es un fulgor inesperado
que no sabe de sí, y tiene que dar cuenta.
Lugares de paso, 1999.

En San Michele

Homenaje a Ezra

En San Michele el cementerio un huerto.
Mañana de noviembre.
Los versos de la usura.

Silencio y tierra. Flores.
Los peregrinos buscan vestigios naturales.
La pisada de Pound en la pradera última.
Raíces de laurel. Yedra. Rocío sobre el césped.

Llegamos al lugar como a la posesión de un territorio.
Y no se oía nada. Y llovía.

A un joven poeta

Sobre la mesa el libro escrito
en esa edad que, al comparar,
siempre nos parecemos al más bello.

Tiempo el tuyo de sensaciones,
cuando todo huele a mañana y es hermoso.

Tus palabras, contrarias al destino,
detienen la esperanza, siembran oscuridades.

Yo invoco de nuevo la alegría,
el sencillo vivir entre las cosas.

En el declive de la colina

No puede permitir naturaleza
que tan escaso amor te haya humillado,
sin la jugosa avena entre los dientes,
sabiendo que morir es lo postrero.
Hablaron de tu hora. ¿Quién el destino sabe?
Te conocí airoso.
Morabas una cuadra con ramilletes verdes.
Vaho de la rosada boca
advertía tu sueño, inquieto a veces,
por cosquilleo de hormigas rubias
sobre el brillante pelo de las ancas.
De juventud los ojos
marcaban la frontal fisonomía,
cabeza hermosa
atraía de admiración el gesto
de quienes al pasar verte pudieron.
Solo ahora, en el declive de la colina
que recibió tus siestas,
recién cortado el heno de aquel lecho,
para morir quisieras.

El alba y la serena luz
no lograron atraer otro jinete,
levantar al derrotado,
vivir las agonías,
espolear los flancos
de un animal
hasta estallarlo
en plenitud gozosa.

Transcurrieron las necesarias noches.
Radiante el sol,
y las hormigas rubias sobre el anca.
El caballo, en soledad de muerte,
trémulo relinchaba.

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