EL ADIÓS DE LOS AFECTOS

»El Poeta sugerido: Mario Mínguez

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Por mucho que te cuenten,
morir solo, sin una mano amiga,
no es digno de algún dios que fuera bueno,
y aun menos si es Jesús de  Nazareno;
y al paso que te pisan te revienten
cual fueras, humillada, alguna hormiga.

Morir siempre es injusto
los buenos y los malos por igual,
en medio del vacío, de la nada,
igual que dando al culo una patada
y hacerlo e infringir le a él un disgusto
sufriendo cual si fuera un animal,

Morir abandonado
dejándose llevar de la tristeza
en un lugar que tú no has elegido,
no puede ser el fin de un buen nacido
así que no estés libre de pecado
y aun menos si eres ser que a un dios le reza.

Morir como indigente
en esa noche o día tan aciago,
que debe soportar como un desprecio,
por alguien que le tilde de ser necio,
sin verse rodeado de su gente
haciéndole pasar allí un mal trago.

Morir, el retroceso
a todo lo que hiciste tú en la vida
sin nadie que te ayude o que te aliente,
dejar de ser lo que eras de repente
privándote por siempre de algún beso,
no es digna de un cristiano esa salida.

Morir, yo hoy me rebelo
consciente que está próximo el ocaso,
no encuentro solución ya a mi lamento
ni sirve de consuelo,
pues clamo ya hasta el cielo y no hace caso
que trae a mal traer que es tan cruento.

Morir no es lo importante,
lo grave del morir son los afectos
que huérfanos se quedan tiritando,
sin nadie que les quiera, suplicando
le deje resistir mientras que aguante
el cuerpo y que le alargue sus trayectos.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Mario Mínguez

Mario Mínguez

FORJA

Son golpes silenciosos: nada se oye.
Uno es la incomprensión, otro el desprecio,
otro la humillación, otro el maltrato,
repetidos con ritmos desiguales.
Mi sufrimiento se ha hecho incandescente.
Cómo siento el martillo, y cómo vibra
este yunque, la dura soledad,
y duelen las tenazas del Herrero.
E ignoro cuál habrá de ser mi forma…

EL CAZADOR

No era yo el cazador
aunque entraba en los bosques interiores
que creía ser míos,
altivo y orgulloso.
vanamente, seguro.

No era yo el cazador,
aunque quise atraparte como al ciervo o la liebre
cuando huyen por los sotos. o en el aire a la garza.

Así, grácil y rápido,
te mostrabas de súbito un instante
brevísimo, dejando tu belleza,
tu sorpresa fugaz,
al ojo fascinado, al corazón
inquieto de aventura.
No era yo el cazador.
Fue un error cada intento.
Perdí todas mis flechas y mis fuerzas.
Jamás me fue posible
saber tus escondrijos o guaridas.
Y cómo me engañaba así buscándote.

Eras tú el cazador,
paciente, cauto,
oculto desde siempre,

y yo la presa esquiva que acechabas.
Eras tú el cazador:
porque fuiste el arquero transformado en saeta
que llevaste el veneno de la vida
de un disparo infalible a mi costado;
porque fuiste el montero transformado en lebrel
que clavaste los dientes en mi carne, sanándola;
porque fuiste el cetrero transformado en halcón
que me hincaste las garras en los ojos
para darme los tuyos,
y que en mi corazón hundiste el pico
haciendo que sangrara,
vaciándome de sangre para darme la tuya.

Eras tú el cazador:
el Señor de los bosques.
Tú que siempre eres pobre y desnudo y hambriento
me estabas vigilando a mí, tu presa,
con ojos invisibles
desde toda mi vida
y morías herido de amor entre el ramaje.

JONÁS

¿Por qué si nada espero del futura
arrojo hacia él mis versos tercamente?
Yo lo ignoro. No sé cómo no hacerlo.
Pues juro que de haber sido posible
siempre hubiese evitado el escribirlos.
De eso es testigo Dios. Él sabe cómo
a solas y en silencio, cuando surgen
de improviso palabras que me buscan
y yo intento olvidarlas, la memoria
me muestra la figura asustadiza
de Jonás que se aleja, pobre inútil,
negándose, ridículo, a ir a Nínive.
“Trabaja pues”, me digo, “tú ¿qué sabes?”
Dolorosa e ingrata por extremo,
acepto ciegamente la obediencia
que exigen los poemas: darlo todo
sin poder reservar para mí nada;
lo demás de mi vida se hace nulo.
Qué difícil dar forma a su misterio,
cómo eligen su tema y me sorprenden:
yo, que soy frustración y desaliento,
dejo en ellos un fondo de esperanza,
y la alegría pone por encima de mí
y de mi miseria mis palabras.

AGONIZANTES

LUCHAN por respirar otro aire nuevo
como si el aire nuestro de esta vida
no les valiese ya, fuese muy turbio,
enrarecido y denso, y los ahogase.
Luchan por acceder a otro aire limpio
distinto del de aquí, de una indecible
pureza que es mortal para la carne.
Y hacen gestos de esfuerzo, que parecen
impotentes, inútiles, absurdos:
dificultosamente empujan con el pecho
una puerta de bronce, y la entreabren;
tras ella está el espacio inconcebible
de ese aire que es luz pura y que es la muerte.
No bastan los pulmones. Todo el cuerpo
resulta insuficiente. Sin embargo
su expiración postrera nunca es signo
de abandono o fracaso: es la llegada.
Quedan quietos de golpe: al fin respiran.

AMISTAD

DIFÍCIL, rara, escasa entre los hombres,
la amistad verdadera es misteriosa:
claramente, sin duda, un don divino.
Y por eso es sagrada: Quien la encuentra
debe cuidarla fiel en su pureza
porque es, como el amor, un sacramento.
Si estás con un amigo ya probado
y en la mutua confianza generoso
¿acaso juntos no participáis
de un ámbito secreto en que sois libres?
¿no hacéis ambos de lo íntimo algo puro?
Tú con él, al igual que hace él contigo,
como un orante has roto las barreras,
y hablas ya sin temor de ti y tus cosas,
mejor que en soledad contigo mismo.
de “Ya nada más” Libros Canto y Cuento, 2017

Care pater:

Duerme tranquilo, padre, estoy despierto.
Tu mano está en mi mano, como estuvo
la mía entre las tuyas, cuando niño,
y nunca he de soltarla mientras vivas. […]

yerran
aquellos que me dicen que a tu lado
yo destruyo mi vida, que la pierdo […]

y al escucharlo me es inevitable
sentir asco del tiempo en que vivimos:
me parece tan triste y repugnante
que esa noble palabra, sacrificio,
les sea incomprensible a casi todos…
No es extraño; ya apenas nadie sabe
qué cosa es el amor…

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Aunque sé que no existe, yo quisieraser pincel y pintar una quimera,vestirla con los trapos…

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