EL HOSPITAL CENTRAL

»Mi Poeta sugerido: Mara Romero Torres

MI POEMA… de medio pelo Lee otros poemas TRISTES

 

Dentro el susurro camina,
muros vestidos de blanco,
de ojos perdidos el llanto
en su faces se adivina.

Vagan como el alma en pena
cual fantasmas de otro mundo,
de su semblanza serena
afluye un sueño profundo.

Por ser vidas anodinas
no pasarán a la historia
cada una aquí termina
sin su minuto de gloria.

Cada uno es cada cual,
cada cual está en su esquina,
en el hospital central
no existe una vida igual
y la muerte es asesina.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Mara Romero Torres

Mara Romero Torres

Cobijar tempestades,

ahuyentar este oficio
que anticipa el olor de los muertos
ha sido mi consigna:
escondida esperanza,
remendando laderas de cristal,
construida en niebla que arde.
Olas escuchan de lejos mi queja,
sonido que nos mece de austero
y se pierde en noches ya no propias.

Contemplo tu viaje interior
cuando te ausentas limbo;
tú piensas sueños,
yo los convoco,
espectadora que intenta remendar tu vuelta,
percibir nuestras voces fuera
diluyendo la conciencia,
los adioses que me siguen
cuando las palabras fallan.

La ventisca es real,
y el cielo como un prado
me dicta que no hay lugar para nosotros;
la temeraria consigna
hace sacar mis garras,
flameando la idea
de que pudiera ser mejor la muerte.
Pero la idea se extingue
perturbada por la injusticia divina.

Mi espíritu ocioso
intenta sacudirse,
desdeña tu influjo,
y cambia mi laúd de tono
sombreado de ti.
Convoco al minotauro fugitivo
que a diario me roba el sueño
con solemne espíritu servil,
y viene de nuevo el reclamo que me hace caer:
él era la medida para todas mis cosas,
y su brecha hoy es tan árida
como inagotable.

La travesía llega a su fin,
evadirla sería sofocar mi embriaguez de realidades.
Me quedo a convocar la caridad,
a intentar enterrar dolores y remordimientos,
para llegar a la cima del relato.

Esa pudiera ser mi ruta
como devota que siempre ha creído en sus dioses;
evocar la asunción del perdón,
ensayar formas besos nuevos.

El zumbido me vuelve tirante.
Mansa, acomodo los dinteles
que darán el trazo exacto,
diluyendo temores:
profanación de la estadía en tu cuerpo.

Gestos desconocidos
abogan por encontrarte,
labran el momento,
guardan luto por tu vacío,
entumen la vida en mi lengua
dejando las caricias recién hechas
largo olvido por un rato.

Nos duele, más allá, la carne
más acá la sombra y en medio
nosotros mismos…
Alberto Martínez Márquez

I
Hay una parte triste,

nos describe,
una intención cruje a diario
por derrocar el silencio perturbado
que no alienta sueño
y congela esperanzas.
Hay caminos demasiados dañados entre nosotros,
silencios que espantan,
y vacían el alma.

Tu nombre frío, como el mármol,
libera mis intenciones,
me lleva al umbral del cuello,
abre la piel,
asfixia en vano
la renovación de espíritu
jubilado de gozo.

Busco tu olor.
Extiendes mi equilibrio;
llegas,
fortaleces mis demonios,
instinto que te sentencia a mi universo liso;
crueldad fresca,
despertando signo de bondades,
parodia culpa
que se empeña en devorarte exilio.

Tú, que escuchas palabras borrosas,
y con infinita lentitud intentas resolverme,
me das en ofrenda tu dolor,
maraña de promesas
que fatigan mi conciencia
y me dejan inerte al miedo;
farsa que flota entre nosotros
y nos convierte
en estandarte negado de victoria.

Un remanso sacude,
el tumulto sagrado que nos delata y habita,
dándonos linaje de ángeles heridos.

Ya nada profanará
nuestro extravío gastado por el sol;
ellos se apiadarán de nuestros huesos
corroídos por las ansias,
convertidos en andamios,
precipicios del infierno,
dibujarán rasgos
parecidos a la felicidad,
hostiles con los que no entiendan nuestro linaje.

Ellos, quienes irritan a Dios,
envejecerán con hojas
atoradas en la garganta,
serán los que unten su espesa bruma
sobre el perdón;
nosotros, mientras tanto,
sobre las dunas del fuego
buscaremos andrómedas,
e inventare la historia que nos es tan parecida,
y doblaremos juntos en pliegues
salvados del cansancio,
cuando sea tarde.

La enamorada pasea con la luna al brazo,

ruge al viento su intrepidez,
pájaros negros hacen su corte,
le columpian la risa
y ella, deslumbrada, no admite respuestas
del mensaje de Dios.

La gente la mira con asombro
mientras invoca seres que soporten
su peso amoroso por el mundo.

La enamorada cruza el puente de su realidad,
oscura se distingue,
se acomoda en barracas de olvido;
un viento agrio juega con su pelo:
labios hormigantes
que le devuelven sed.

¿Sabe Dios de sus pendientes?
pregunta cuando cala la espera,
y una parvada de cuervos impide el paso;
entonces, reconoce su carga,
y cierra los ojos para siempre.

Hoy mi piel despertó lisa

I
Hoy mi piel despertó lisa;
reclamando un silencio que debió,
alguna vez, ser mi reposo;
desmoronada, espero,
y un frío ausente
acentúa tus expresiones,
te dibuja con fugacidad sigilosa
y fascinación.

En tu espacio un vacío languidece y reta;
mi cuerpo se defiende,
traduce gestos,
mis manos bailan inquietas,
fabrican imágenes,
palpan humedad, muerte ajena,
cuando las sábanas que me cubren
buscan tus brazos,
su fuerza,
sabor que empieza a resecar mi boca,
ritual solitario
pecho inerte, montañas sin cielo,
vientre lumbre,
te repasa imaginario,
lengua rosa textura,
retrato enlutado.

II
Bajan los dedos por mi pierna,
fantasma perdido en tus colinas,
tormenta eléctrica
aplaudida por mis muslos,
ventana abierta
que advierte un cielo gélido
embestida ojo de ombligo,
único presente,
severidad ausencia,
posesión sombría,
sonrisa lastimosa ansia.

Un sonido llega lejanía,
confundiendo alma,
distrayendo cuerpo,
caja vacía
convertida en lúgubre espacio
de apariciones,
que desfilan por mi piel
en una procesión sin santo que la guíe.

Tu rastro deja un olor parecido a las acacias,
me llena de voces,
seres orgullosos
riéndose de la realidad,
intentando hacer un trato,
alejarme de tu magia,
desbaratar el milagro,
pinceladas tuyas
que salen montón de letras.

III
Rechazo la imposición
el mensaje en los callejones de mi cuerpo
que siguen llenos de ti,
preocupados de una irrealidad
que se vuelve cada vez más complicada,
cuerpo al que no le importa el texto,
y afuera ignora la escena del dolor,
y no entiende las voces que persiguen.

Y así, tibiamente, con furia,
vuelvo a sentir el choque que estremece,
tu cuerpo y el mío
volviendose batalla imaginaria…

La niña se sienta en la orilla de la noche

La niña se sienta en la orilla de la noche,
no hay fronteras claras
entre la realidad y el sueño,
su piel muestra marcas de fatiga,
enfebrecida le pesa el tiempo
que retarda su fuga de vida.
Triste llora bajo una higuera desnuda,
y se acompaña de voces
que parecen salir de entre las ramas…

Ella sabe de quien se trata…
siente el abrazo sombrío de sus alas,
a oscuras hace memoria
de sus largos silencios,
lava sus sueños empapados de luz,
y sus pies mojados le estorban ,
desesperada cobija sus ansias
y con sus pestañas,
rompe los cristales de su calma.

La niña que nunca se va,
se esconde en cortina de dudas,
y queda desnuda en un paisaje duro
lleno de ocasos;
sus ojos enrojecidos por falta de sueños
miran su ira estacionada,
las piedras le tapan el paso,
se aferra al mástil de una estrella
fundida con su dolor,
araña el cielo para regalarlo
en pedacitos a quien lo necesite
y en vasijas, guarda sus secretos
para enjugarlos con lágrimas de luna.
Confundida esconde su corazón entre rejas
y se adorna el pecho con poemas
para que nadie avise su vacío
toma entre sus manos la tierra,
y escupe sus esperanzas sepultadas en polvo
como si buscara la resurrección.

Así hurga en los pasillos de la muerte,
camina muy despacio
para no despertar a los duendes
y teje con sus labios
telarañas de esperanzas
en un silencio mal amaestrado,
tararea su canción,
perfilando una huida
que en otro tiempo ya ensayó,
en eso, se acerca la muerte,
pronuncia su nombre
que pareciera salir de un grito sucio,
y la lumbre alimenta el espacio.
Ilusa ella intenta el dialogo,
queriendo lavar nostalgias
y en una dolencia sin prisa le dice:

te trajo el viento, muerte?
el arrollo de luz?
mis angustias imprecisas…?
-siempre te sentí-
nunca lograste engañarme
tu sombra mancho mis días
cuando escuchaba como arrullo,
tu palabra sin sabor,
tu sangrar de vida,
que me venció en mis eclipses
y mis viajes por tus huesos…

-aquí no hay cobardía-
solo un fuego que nunca se agota
lágrimas aprisionadas,
y el latir de un cuerpo
aislado de criaturas
que nunca me dejaron,
creerle…

…La muerte se cansa,
le toma su mano,
y se van por un sendero
callado e invisible…

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