EL MUNDO QUE NOS VENDIERON

Miguel Labordeta (poeta sugerido)
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Te aislas, lo que ves no es lo que ves,
que el mundo tal cual es no te interesa,
tampoco si se pone del revés,
se pone de costado, da un traspiés
o viene a saludarte allí y te besa.

Que el mundo, nuestro mundo, este submundo,
el mismo que presume de inocente,
se muestra cada vez más indecente,
más falso, pordiosero e iracundo,
el mundo tan falaz e irreverente.

Se encuentra en esa red tan atrapado
cogido por los egos en su anzuelo
buscando una salida al desconsuelo
mirando con desprecio a cada lado
consciente llegó al fin mirando al cielo.

Habiendo de admitir no hay solución,
que el hecho de vagar ha sido un sueño
y pronto ha de acabar sin remisión.
El roble que fue recio hoy es un leño.
Se acaba el escribir. Se echa el telón.
©donaciano bueno

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Miguel Labordeta

Antepasados huéspedes

Todos los caminos
han conducido a mí.
El idilio de las abuelas
y las lluvias sobre los estanques
en las lejanas mañanas perezosas.
Las indiferentes ruecas
de pasadas primaveras marchitas
y el viento entre colinas
golpeando el atardecer.
Las anchas fauces olvidadas
exhaustas ya de tierra madre
desorbitadas total
exangües de silencio y espera.
Aquel que preguntó
el otro que no fue bien amado
ese que rudamente habló a Dios
y todos estos que en legión
más cercana y antigua
sorbieron la humilde gota misteriosa
que nos es ofrecida
por incumplidos cauces de promesa y de sangre.
Estáis allí
atónitos huéspedes
de cada primavera
en desvanecimiento convertidos ya
absorbidos en el puro eco
sin respuesta de mis manos
contemplando el mundo
y los enamorados de abril.
¡Ah hermanos…
hermanos míos en la muerte…!
Sagrados emigrantes hacia la orilla de los Cielos
sobre mi corazón resbaláis hondamente
como los ciervos moribundos al caer en la nieve.
Millones de días como éste
sin sentido reposan en ceniza
y mis sueños sonríen quedamente
deslizados por vuestros ríos secos.
Los pinceles del sol han esponjado tierra
y de vuestra savia una sabiduría extraña
su zumo ha cimentado
para nuevas mañanas con cuello de muchacha
y flores de gacela.
Habéis conducido a mí…
mas yo soy el que canta
yo sólo… sí… yo sólo…
que contengo un otoño bajo mis suelas rotas
de vagabundo dios de las bodegas.
Han desaparecido las nubes
y diviso las primeras estrellas
de los rojos equinoccios de marzo.

Ateo

Dame
minuto perdido
tu sentido entero.

Dame
nube olvidada
tu hermosa tristeza sin arraigo.

Dame
Vida mía única
tu imposible verdad.

Dame
mi soledad
tu repleta cosecha de renuncias.

Dame
muerte mía
tu relámpago de abrasado total.

Y tu -electrón terrible,
y tu -velocidad de la luz,
y tu -vértigo de distancias,
y tu -infinitud de guarismos
:y tu -secreto goce germinal de las pequeñas larvas que bucean hacia el sol,
y tu -lindo caballito de cartón de mis sueños de niño destripador,
dadme en seguro trance
vuestro centro inexorable
de palpitar dulcísimo;
entregadme en éxtasis deslumbrado
el devenir ciego de tanta primavera tronchada.
A ver si así
solo y con todo
compongo de mi sed indecible
el tremendo suceder de la Totalidad.

Confesión del inicuo

Este momento mío
lo soñaré asesinado ya.
Estos pájaros rojos de hambre
que maman de mis sienes por ti
un claro volcán de medianoche
los engendré cuando los niños
pasábamos lista ante el temible
profesor del Otoño.
Aquella criatura que será lluvia
la nutro con mis actuales combates.
Un tiempo denso de soles y de muertos
recorre la impávida gruta de mis ríos
hacia tu hermoso corazón de mendigo.
Confieso una furtiva confidencia
con esos náufragos que aman las estrellas,
con esa gota amarga de las minas
que secretamente aspira a una muerte profunda.
Pero nada poseeremos.
Toda piel se hará nube,
todo beso beberá de la arcilla
rojiza de los futuros marzos
y ésta mi pupila milagrosa
se envolverá en la remota túnica
de sus destrucciones.
De amanecida mis mastines silban
los funestos presagios de la sed
lentamente en deriva
hacia las palpitantes brasas
de los difuntos relojes de arena.
Mas dejadme
olvido de la certeza,
esperadme, mi dulce amor,
en la cita oceánica de mi tumba.
A las veintiuna y quince
hoy veintitrés de marzo
de cierto punto perdido
del continuo finito.

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