ÉRAMOS POCOS…

Poeta sugerido: Antonio Marín Albalate

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Éramos pocos y parió la abuela.
Vino el Covid y nos jodió la vida
pegándonos un golpe con su espuela,
sacándonos de cuajo alguna muela,
y haciendo que sangrara por la herida.

¿Qué coño fue, qué pudo suceder,
por qué voló la vida al sumidero,
la esperanza diciendo hasta más ver,
arrancando las cosas del querer
dejándonos del miedo prisionero?

Hoy miro hacia el tejado y ya las tejas
están muy agrietadas y hacen aguas,
la casa anda okupada sin las rejas
queriéndose vengar de las parejas
que apenas si se tocan las enaguas.

Ni el mismo Satanás hubiera urdido
haciendo uso de mente retorcida
un castigo doloso tan fruncido,
cruel, tan angustioso y desmedido
para uno que anda ya en la despedida.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Antonio Marín Albalate

Antonio Marín Albalate

AMEN

Es su cuerpo blanca seda iluminada por el sol,
Pezones de plata, pubis de ébano y materia de alabastro sus piernas.
En el espejo mudo ha caído una hembra que va sangrando por los escalones.
Mentiras de un mundo extraño que cambia pezuñas por manos.
Ten piedad, Señor, de la mujer que ha caído del cielo.
Lucía Fraga
(Mujer descalabrada, viernes 18 de marzo de 2011)

Y deja, Señor, deja que mis labios
alcancen la longitud de esa sangre,
sagrada forma de hembra deshecha
en hilos de seda, para así medir
el tamaño de su soledad tanta
desde la mudez del espejo. Deja
que recoja su desmayado, tierno
cuerpo, ya desnudo ante mis ojos.

Que su sangre contenida en el cuenco
obsceno de esta boca mía vierta
yo en su coño, deja, Dios mío, deja.
Deja que muerda en su vulva la vieja
manzana de la muerte, te lo ruego.
Haz conmigo el milagro de volverla
a la vida. Pezones, pubis, piernas,
cobren movimiento ante la dureza
extrema de mi sexo sentido. Sea
al fin su generosa entrega premio
y castigo de loca evocación.
Y así sea la ciega descalza
danza, de nuevo arriba en la escalera,
de esa mujer ya no descalabrada.

DESEXPERIENCIA

Mirad mi cuerpo sin lujuria y sin vergüenza.
Liberado, al fin, de mentes lascivas y ojos desdeñosos.
Soy la mujer evaporada de vuestros sueños
Que se ha vestido con el grito del niño,
Con la pared deslumbrada, con la súplica del pájaro.
Lucía Fraga
(Mirad mi cuerpo, martes 22 de marzo de 2011)

Mirad, soy cara triste, el hombre ese
que en su juventud solamente supo
abrir las puertas de los burdeles.
El hombre-blenorragia, el hombre-gota-
militar, el expulsado al desierto
de los coños con ladillas, el pierde-
paga de todas las putas del mundo.

Mirad, soy el infierno de quien llora
solo con el sexo en la mano todas
las noches que se llaman extravío.

Mirad mi cuerpo, su desexperiencia,
su apenas visible bulto colgando,
ya resignado, por la entrepierna.

Mirad en mí la derrota del amor.

MUJER TENDIDA

Formas de mujer, geometría del sexo triangular.
Lucía Fraga
(Espejos cóncavos, lunes 11 de abril de 2011)

Reloj de arena. El tiempo de una mujer
es, triangularmente, el reloj de arena
del cuerpo donde se forma la vida
que nos sueñas y nos muere. Y es, sensual
y terrible en su belleza, epicentro
del más deseable de los seísmos,
en ese instante en que lujuriosos
relojes de hambre y sombra explotan
ante los ojos del hombre para ser,
a pie de pubis, su masculina sed.

SIEMPRE VEINTOCHO DE DICIEMBRE

Me declaro inocente.
Nunca besé tus labios ni me deshice entre tus piernas.
Lucía Fraga
(Inocente, viernes 6 de mayo de 2011)

Nunca. Nunca el sabor de lo soñado
en mi boca. Nunca mis lujuriosos
labios poniendo su beso en tu piel.
Nunca la geometría de tu voz
escarbando sombra dura en mi sexo.
Nunca mi lengua de siete leguas
en la preciosa hendija de tu oreja,
para así medir la luz que oyes.
Nunca de cerca, siempre tan lejos tú.
Siempre yo, cercado por la locura.
Siempre a cuatro patas con tristeza
de perro abandonado a su soledad.
Siempre, siempre yo. Nunca tú.

Siempre con mucho ruido, es insufrible
oírlo, este pensamiento que arrastro
por oscuras galerías, penando.

Siempre este declararme inocente
con el juicio perdido de antemano.

Siempre, todos los días veintiocho.
Siempre esperando ese día todos
los meses que se vuelven diciembre.
Siempre un sin vivir este en escribiendo:
No podré escapar de la matanza.
Contra el aplauso de un puñado de idiotas. Cartagena; Ed. Calblanque, 2019.

El canto de la bestia

Sentina de mentiras.

Estantigua de sombras.

Desfile impuro de besos
contra el sex(t)o o noveno
mandamiento.

Escalera al infierno,
el canto de la bestia

(esfinge en el muro
de las lamentaciones)

es sonido de sierpe
y nunca y siempre
cascabel que llama
a la rebelión amada
de los desterrados
por el dios del rayo
en el reino de Babia.

Celebración de lo a ti bebido

Qué camisa tan triste
la mía, con la sal de tus lágrimas,
empapándola toda
poco antes de abrazarte en el andén
para decirnos adiós.

Y qué alegre ahora
—no sin melancolía—
recordar el ángel caído
del tatuaje de tu espalda
que tan enloquecidamente besé.

Recordar y nombrarte,
más allá de esta triste camisa,
muchacha de mis noches mejores.

Caracol de luz

Como un regalo caído a mis manos,
vino el rojo encendido de tu boca
en copa de luz envolviéndome todo.

De tu boca de blanca dentadura,
vino esa luz para morder la sombra
del cuerpo que me habita.

Sin apenas darnos cuenta, vino
el deseo mudándonos de piel
como de camisa se mudan
la serpiente y los infieles amantes.

Vino, sin quererlo,
la bestia azul de los sobresaltos.

Nostalgia

Te recuerdo ebria de noche y vino
abrazada a mí, pasando calles,
plazas, avenidas, ríos de gente,
mientras lanzabas al aire —camino
del mar— tu infatigable letanía:
«ojalá y pudiera estar contigo».

Y —aunque alegre a mis oídos— era
triste, por imposible, escucharlo
una y otra vez de tus locos labios.

Abrazada a mí entre las sombras
—tan perdidas tu conciencia y la mía—,
sin más destino que los bares rumbo
al alcohol que redime y libera,
te recuerdo ahora.

Abrazada a mí, te vengo a recordar
con la nostalgia del viejo que añora
la insolente juventud de un cuerpo
que jamás, bien lo sabe, volverá
a brillar en su piel para escribirlo.

Blues del cortaúñas

Recortando tristeza de mis uñas,
oigo el llanto de la bestia
pidiéndome, por piedad,
que te olvide.

De El lamento de la bestia (editorial Luna de Abajo Poesía).

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