ESOS PUEBLOS SIN DIOS

»Mi Poeta aquí sugerido: Virgilio Piñera

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Cuatro casas de adobe, cuatro gatos
y en la puerta olvidada la gatera,
los labriegos fisgando en sus retratos,
y aldabones y pernios a la espera.

Una fuente sin agua, cuatro pozos,
y unas calles sin firme y sin aceras,
y una iglesia sin norte y unos mozos
suspirando con mozas en las eras.

Es la imagen de un pueblo de Castilla
donde hoy día no quedan ni rastrojos,
y es que allí ya del árbol se hizo astilla,
y se esconde la luz tras los matojos.

Que hoy las viñas, bodegas y lagares
y las mieses se fueron a por uvas,
la labranza sumida en sus pesares
al socaire se encuentra de las cubas.

Esos pueblos, sin fe, deshabitados
en que sufre la vida y languidece,
el futuro en su contra se ha tornado
pues fue malo y tendrá lo que merece.

Lamentando les hayan olvidado,
hoy perdidos están hasta los huertos,
pueblos tristes anclados del pasado,
sin la mano de dios, pueblos desiertos.
©donaciano bueno.

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MI POETA SUGERIDO: Virgilio Piñera

Virgilio Piñera

Testamento

Como he sido iconoclasta
me niego a que me hagan estatua:
si en la vida he sido carne,
en la muerte no quiero ser mármol.
Como yo soy de un lugar
de demonios y de ángeles,
en ángel y demonio muerto
seguiré por esas calles…
En tal eternidad veré
nuevos demonios y ángeles,
con ellos conversaré
en un lenguaje cifrado.
Y todos entenderán
el yo no lloro, mi hermano….
Así fui, así viví,
así soñé. Pasé el trance.

El hechizado

A Lezama, en su muerte

Por un plazo que no pude señalar
me llevas la ventaja de tu muerte:
lo mismo que en la vida, fue tu suerte
llegar primero. Yo, en segundo lugar.

Estaba escrito. ¿Dónde? En esa mar
encrespada y terrible que es la vida.
A ti primero te cerró la herida:
mortal combate del ser y del estar.

Es tu inmortalidad haber matado
a ese que te hacía respirar
para que el otro respire eternamente.

Lo hiciste con el arma Paradiso.
-Golpe maestro, jaque mate al hado-.
Ahora respira en paz. Viva tu hechizo.

Isla

Aunque estoy a punto de renacer,
no lo proclamaré a los cuatro vientos
ni me sentiré un elegido:
sólo me tocó en suerte,
y lo acepto porque no está en mi mano
negarme, y sería por otra parte una descortesía
que un hombre distinguido jamás haría.
Se me ha anunciado que mañana,
a las siete y seis minutos de la tarde,
me convertiré en una isla,
isla como suelen ser las islas.
Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,
y poco a poco, igual que un andante chopiniano,
empezarán a salirme árboles en los brazos,
rosas en los ojos y arena en el pecho.
En la boca las palabras morirán
para que el viento a su deseo pueda ulular.
Después, tendido como suelen hacer las islas,
miraré fijamente al horizonte,
veré salir el sol, la luna,
y lejos ya de la inquietud,
diré muy bajito:
¿así que era verdad?

Los desastres

I

Nadie medita la murena.
Un tema de la romanidad:
yo no sugiero los esclavos,
no digo la voracidad.

Entre la cabeza y la cola,
en ese espacio sin salida
la murena se desola.
No es un problema de comida.

Todo el mundo pontificaba
que la murena resolvía
un punto de gastronomía.
Quizá si el césar sabía…

El esclavo bajo las aguas
era un pretexto romano;
el pueblo chocaba las manos,
la murena se oscurecía.

La beatitud de la murena
no salía a la superficie.
¿Qué cabellera para asirla?
si la murena es la calvicie.

La salvación por un cabello,
la beatitud en el espacio;
la murena como un palacio
deshabitado no podría.

Nadie defina que es marino
el silencio de la murena;
es un silencio repentino
el silencio de la murena.

Escucha entre dos sonidos
su silencio como una almena.
Su silencio de murena
es la flor del escalofrío.

Muerde la memoria acuática
la fulguración de su lomo
y la tristeza como un plomo
muestra la murena enigmática.

I I

La ostra en su tiniebla asume
el quietismo, el modo linfático;
su duración se resume
en el estar matemático.

Entre nadas su ser inunda.
Chorros de nada para hacerla,
¿cómo puede ser que la perla
sea la enfermedad de una tumba?

La delectación en su costra
es el juego de la mortaja
¿no sabe separar la ostra
el abanico de la caja?

El abanico inconsolable
en el aire de la campana
sobre la ostra se amortaja
como un estilo memorable.

Ninguna mano pueda alzarte
en su concha Venus surgente;
bajo ese techo era su arte:
el de la ostra secamente.

Hila su palpitación verde
con simetría de sepulcro;
yo no sugiero llamar pulcro
al consonante que se pierde.

Pero su ataraxia anula
al motor del conocimiento:
no rima la ostra simula
el artificio del acento.

El artificio donde habita
la música que no se escucha:
la música como una trucha,
bajo su hielo se ejercita.

En el artificio se afina
la única testa que no piensa.
Y apoyada sobre su ruina
la ostra la música trenza.

I I I

Esa manera de la hiena
Despide un olor especial;
no es un capítulo del mal
esa manera de la hiena.

Su pestilencia desconoce.
Ese tema de la literatura.
La cantidad de su fragancia
reconstruye esa boca pura.

Si la hiena se estimula
con la víscera nauseabunda
su instrumento no disimula:
sabed que un estilo funda.

El estilo de la carroña
O la indiferencia glacial.
¿Se vio sonreír a este animal?
Esto lo sabe la carroña.

En el amarillo vuelo del diente
la indiferencia se retrata;
el vuelo que resume la hiriente
sordera de la catarata.

Se desune los vendados pies
su hocico como un insulto
su hocico entre las tumbas es
la duda de una animal culto.

Ese cuerpo de más a menos
desorienta el juego del ojo.
¿Quién pudo mirar de lleno
al triángulo inscrito en su ojo?

Ese melancólico asalto
erige la insepulta memoria;
su respiración de contralto
se afina en el son de la escoria.

¡Oh tú, nocturna, fría, aniquila
la piedad, la piel inmunda;
allí tu perfume destila
fragante dama de las tumbas!

Naturalmente en 1930

Como un pájaro ciego
que vuela en la luminosidad de la imagen
mecido por la noche del poeta,
una cualquiera entre tantas insondables,
vi a Casal
arañar un cuerpo liso, bruñido.
Arañándolo con tal vehemencia
que sus uñas se romían,
y a mi pregunta ansiosa respondió
que adentro estaba el poema.

Cuando vengas a buscarme

Cuando vengan a buscarme
para ir al baile de los cojos,
diré que no uso muletas,
que mis piernas están intactas.

Bailaré cha-cha-cha y son
hasta caerme en pedazos,
pero ellos insistirán
en llevarme a ese baile extraño.

Con dos hachazos estaré listo,
con dos muletas iré remando,
y cuando entre por esa puerta
me pondrán una coja en los brazos.

Ella me dirá: ¡Amor mío!,
yo le diré: ¡Mi adorada!,
¿cómo fue lo de tus piernas?
¡cuéntame, que estoy sangrando!

Ella, con gran seriedad,
me contará que fue a palos,

pero haciendo de sus tripas
corazón como un brillante,
lanzará una carcajada
que retumbará en la sala.

Después, daremos las vueltas
de estos casos obligados,
saludaremos a diestra, a siniestra
y a muletazos.

Y cuando nadie lo espere,
a las dos de la mañana,
vendrá el verdugo de los cojos
para que no queden rastros.

La destrucción del danzante

Como un ave entre pausas repitiéndose
presagia el pie el encantado desvelo del danzante.
Empieza a repetirse
en su círculo desesperado,
donde gime la suerte del ave encarcelada:
estallante faisán que en sol concluye
y luna antigua su enfriado pico.

Pero el danzante su círculo gobierna con el ave,
así erigiendo al ave en lunada veladora de la danza.
Sabe caer, se inclina.
Desordena la fingida frigidez del pez,
se asoma al aire; sabe caer como una mentira enguantada.
Solicita el vahido de las damas
fascinadas por la ilusoria fragilidad del destino
y golpear con el pomo de la espada.

Nadie sabe que la ausencia del danzante está en su paso.
Nadie sabe que en espiral de espejo hacia la tierra
el pie comienza su secreta danza.
Nadie sabe definir la angustia que mora en el pinchazo de una vena
o del gigante ahogado en un vaso de violetas.

Pero el danzante sabe caer,
se inclina, languidece;
estrangula al rumor entre dos pasos
ofreciéndose en irónico salvador de la destrucción participada.
Sabe caer,
pero el polvo que cae de los astros
sabe caer con suficiente cantidad de terrible caída
para cubrir el círculo desesperado y la deidad asistidora.
Pero el danzante sabe caer con la caída del polvo de los astros,
cuando ligeramente pálido,
acaricia la extraña piel del rumor ajusticiado
que gime de placer entre dos damas.

Condenado al errante destino de las calladas flores,
el enlutado perfume de las deidades sensitivas.

Su intacta curvatura escapa lenta entre vuelos pintados.
Sin sonido se ofrece deslumbrante
a la contemplativa gozadora.
Desenvuelve la interminable angustia del desvelo
con la maestra suerte del indiferente,
apoyando el talón sobre su sombra:
así imponiendo al círculo desesperado
la diversión de su ojo impenetrable.

Desenvuelve el desvelo del amortajado,
asume la tremenda figura que dibuja el rostro de su rostro,
pega su lengua al cristal enemistado del aire.
Pero sabe caer, se inclina,
languidece con lentitud de esponja,
dibuja el aire con pasión exacta
y su límite diáfano concluye.
Pero sabe caer más que caído,
cayendo sobre el invisible hilo de la monstruosa araña.
¡Oh levitante insecto de los muertos,
sabes parar el aire con tu vientre hilador?
Pero sabe el danzante
que la devanadora gravedad
más que caída cae;
cayendo sabe su melancólico peso sostenido,
trenzado en suertes asistidoras del faisán
que el peso suma al doblegado cuello.

Siempre concluye el luto su dominio
en inesperado círculo de las tejedoras.
Pero siempre caer es suerte hermosa
con la sabia mitad de la caída.
Afinando en la llama las aristas,
avisando a la muerte su distancia,
desoyendo al oído sus rumores
pues un método impone el vencimiento.

¿Sabe acaso el metódico danzante dónde respira el aire?
Pero sabe caer, se inclina con el aire
y su trémulo fuelle lento aspira
entrando en el hilado cautiverio:
Saltadores de toros como agujas
ofrecen sus cabezas a las nubes
para pesar el vuelo de los ángeles.
Nadie acecha al infiel que pinchar puede la frente del rocío,
al adivinador del peso de la nube
oscuramente díscolo y desnudo.

Luchadores y galgos acontecen
junto a damas de nítida demencia
y lento crecimiento de la piedra.
Con ondulante fiebre tiranizan
la ascensión de la siesta neblinosa,
golpeando el costado y la pupila
porque caer es método del cuerpo.
Obligado caer suma el desvelo,
la siesta suma el peso del destino,
asumiendo la aplomada función del pie pedido.
Suave corcel su rápida caricia.

Pero define el paso.
Jamás hermoso en danza modelárase
si indefinible astucia al círculo pidiera.
Sabe el paso y la suerte y el peligro
del caracol, hermano de la siesta
y acechanza final bajo la oreja.
Con la monótona frialdad de la suerte
entrega al espantoso viajero de oreja detenida
el seducido coro de las aullantes volutas:
divinidades lívidas entre la pleamar y el pez podrido.

La metódica lucidez de la caída
defendiendo sus torres y silencios,
esquiva el desangrado mediodía del girasol
encerrado en su duda como un túmulo.
Con la servicial brevedad del tránsito del aire
esquiva la somnolencia del color amable,
entregando a las torres la derretida siesta
y el vuelo inútil del contorno áspero.
Aún la sutil saeta disparada
de su ojo inefable al centro fino
no podría esquivar el paso de un cabello,
pero la metódica lucidez
el tránsiío y la vuelta funde breves
entre el cabello y el contorno áspero.
¡Oh lúcida deidad asistidora,
nada persigues, sigues y sumerges,
nada apoya en tu cuerpo sus cautelas!
¡Oh deidad que prolongas los matices
del pie pedido a los silencios y a las torres
uniendo el talle al toro dibujado!

Su silenciosa ondulación de agudas plumas finas
mueve los cristales del dulce terremoto
adormecido en la campana helada.
Dulce oficio en el busto avisa el suelo,
dividiendo, sus partes, sus medidas
en el frasco de arena más furioso.
Pero sabe el danzante el dulce golpe
que a la grieta regala el vencimiento
del busto absorto en su dominio helado;
no dividiendo partes sino olvidos,
a silencios de partes entregados,
por la mano que mueve los cristales
del dulce terremoto y sus ventanas.
Menos que lenta, más que inmóvil, suma
la columna sus cubos y funciones
al busto entre ciudades olvidadas;
golpeando la frente de los dioses
con el lomo del río menos joven,
siempre más que sonámbulo, centauro,
repartido a luciérnagas ruinosas
por truncadas columnas deshaciéndose.

Pero el danzante los cristales oye
en la nocturna menta de los frascos
y sus quebrados obeliscos gira.
Suave empuja su pie desesperado.
Entre huellas y pasos detenido
borra en la cabaña de hielo
el enfriado rastro de los números
y sus inconsolables cantidades.
Su buen pie desune
los huesos de la melancólica ballena
clavada en la vitrina inesperada.
Dulce enlaza
el estanque al espejo inconciliable:
las miradas ciñendo los desvíos,
los olvidos ciñendo las miradas.
Muestra la menta y la angustia
sobre el perfil donde la muerte mueve
el irónico fruncimiento de la belleza.
La demente belleza y desplomada luna
los erizados cabellos del sonámbulo,
el terror de una columnata herida.

Se inclina,
languidece en el frasco más furioso
y la crueldad en las cejas inicia.
Define el paso,
pero en la frente el círculo separa
al carnaval del coliseo
y las máscaras muertas sobre harina.
Se asoma al aire,
pero esparce el ruinoso dominó sus últimos vellones
tocando de melancolía al petrificado surtidor.

Hurta al rostro el rubor de la danza
bañándolo con la palidez de la indiferencia;
pero la mariposa y la hermosura conjuradas
prolongan el desvelo de la llama
sobre el dulce danzante,
dulce siempre como el espanto de los astros.
¡Oh astros y demencia siempre dulces,
llueva sobre la frente del danzante
vuestro quehacer donde el silencio escucha!

El poderoso lamento, el ronco grito
es el recuerdo sobre un torso fúnebre,
un sollozo en la desolada extensión de la nuca,
un concluido canto entre las ruinas
dedicado al horror del danzante,
al horror de su paso imperial.

Sabe caer,
pero el tremendo barco preso en la botella
estalla en la región más dulce de la espalda,
y una melodía, un responso se detienen
en el pie pedido a la flor de la sangre.

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