HAY VECES QUE LA VIDA TE DESTROZA

»El Poeta sugerido: Joaquín Pellicena y Camacho

hay veces que la vida te destroza
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Hay veces que la vida te destroza,
que todo se te pone cuesta arriba,
vagando vas sin rumbo a la deriva,
te sientes poco menos que una broza
de lumbre que no aviva.

Te paras a pensar a qué has venido
y ves que estás vacío de argumento,
te sientes como un saco de cemento,
la sombra de otra sombra que ha surgido
de un mal presentimiento.

Y buscas y no encuentras tu asidero,
el pozo en que te encuentras es tan hondo
y olor, el que despide tan hediondo,
tan largo y tan estrecho es el sendero
que ya has tocado fondo.

Ocurre que ya nada te motiva
el ansia por luchar ya lo perdiste,
no existe compasión, que estás muy triste,
pretendes respirar y la saliva
ya a salivar resiste.
©donaciano bueno

Hay veces en que todo se ve tan negro... Clic para tuitear
POETA SUGERIDO: Joaquín Pellicena y Camacho

Joaquín Pellicena y Camacho

ASPIRACION

En esas horas de inefable calma,
cuando las nubes, al morir, colora
el rojo sol, y estremecida el alma
inquiere, meditando, soñadora,
ese tenaz misterio de la vida
que engendra de la duda roedora
la imagen maldecida…
¡cuántas veces, del mar en la presencia,
y escuchando su música salvaje,
creía, entre el rumor del oleaje,
los gritos percibir de la conciencia!

Cuando vencido el pensamiento gime
y la razón ya vacilante calla;
con ímpetu sublime,
que no sé si condena o si redime,
la idea en luces de color estalla.

Con suave arrullo o con feroz empuje,
como la lira acaso del poeta,
el mar, o canta o ruje,
y en su canción o en su rugido inquieta
finge la mente del absorto vate
recuerdos de un ayer que va pasando,
de su lira en las cuerdas evocando
los «gritos del combate».

Casi olvidado de la humana escoria,
de amor henchido el corazón ardiente
y mintiendo los nimbos de la gloria
en la marchita frente,
del bardo las hermosas ilusiones
inventan, en el mundo, el paraíso…
¡Fantásticas ficciones!
Piadoso Dios, para humillarle, quiso
que el mar, con estridente carcajada,
hiciera resurgir en su memoria
todo el recuerdo de la duda odiada,
trasunto de su historia.

Y después, con desprecio,
en la augusta agonía de la tarde,
se ríe el hombre de su orgullo necio
que quiso hacer de indiferencia alarde,
pues mientras vive, lucha, y es al cabo,
César potente o miserable esclavo,
lidiador en la vida, aun el cobarde.
Siempre el mortal, en su inquietud batalla;
y mártir o verdugo,
vencido o vencedor, en la lid halla
lauro esplendente o vergonzoso yugo.

Mas no calma el infinito anhelo
de la idea rebelde o redentora;
si se apagan los astros en el cielo,
la luz presiente de la nueva aurora.

Por eso, el alma mía,
para llenar ese vacío horrible,
a otras regiones ascender ansía…
mas ¡ay! ¿será posible?

EVOCACION

¿Porqué, cuando la noche perezosa
envuelve la ciudad en el misterio,
así me atrae la olvidada fosa,
perdida en un rincón del cementerio?

¿Porqué voy a rezar sobre esa tumba
donde duerme el pasado, si me deja
hasta el insecto que en los aires zumba
en el alma la cifra de una queja?

Fué ayer cuando murió la pobre Rosa.
¡Fué ayer cuando murió! ¡la amaba tanto
que busco siempre su olvidada fosa,
perdida en un rincón del camposanto!

Con rudo golpe mi contraria suerte
me hirió, cuando en el cielo me creía;
el dulce idilio interrumpió la muerte…
¡y nadie compartió la pena mía!

Por su belleza y su bondad vencido,
aún vive su recuerdo en mi memoria,
mas mi ventura para siempre ha huído
desde que el ángel retornó a la gloria.

No lo puedo olvidar; amanecía
y el sol, de luz en lágrimas deshecho,
hasta la alcoba penetrar quería
y besar su cadáver en el lecho.

¡Pasó como las nubes del estío!
después ¡la realidad…! una mortaja…
un cuerpo inerte, inanimado, frío,
que encierran sin piedad en una caja…

Como valor fingía, de mis ojos
el llanto contener pude un instante;
para no ver sus míseros despojos
oculté entre mis manos mi semblante.

Alcé luego la frente, mas no estaba
su cadáver allí. ¡Vana porfía!
¡Ya su cuerpo en la tierra descansaba!
¡Ya en una tumba su beldad yacía!

No para hacer de mi pasión alarde,
para hallar fuerzas en la lucha acaso,
al templo de la muerte por la tarde
del triste día dirigí mi paso.

Lloré sobre su abierta sepultura
aquel perdido bien que tanto amara…
¡Nunca pude pensar que mi ternura
tanto placer en el dolor hallara!

Y desde entonces, de la noche umbrosa,
envuelta la ciudad en el misterio,
así me atrae la olvidada fosa
perdida en un rincón del cementerio.
(CANCIONERO DE MANILA)

LAS CALLES DE INTRAMUROS

Cuando paso por las calles de Manila, me parece
que resurgen intramuros los recuerdos del ayer;
en la vaga somnolencia de la tarde que anochece,
evocando voy memorias de heroismo y de poder.

Veo lanzas y arcabuces, veo picas y banderas;
oigo vítores y pasos en ruidosa confusión,
desfilando por mi mente las legiones altaneras
de Legazpi y de Salcedo, Lavezares y Chacón.

A mis ojos con visiones de centurias idas brindo
y me abstraigo de las gentes y costumbres de mi edad,
sorprendiendo a don Alonso cuando, al pié del tamarindo,
de su esposa Catalina castigó la liviandad.

Las aceras animadas van poblándose de seres
que en las místicas edades esculpieron su vivir;
a la luz de la leyenda pasan hombres y mujeres,
con sus gozos y sus duelos, su llorar y su reir.

Una dama que en el manto se arrebuja el lindo talle
se ve entrar en una iglesia; y, al oirse la oración,
un hidalgo que se para en la esquina de una calle
y el chambergo se destoca con cristiana devoción.

Por los claustros vagan sombras pensativas de doctores
que escribieron en las celdas o incensaron el altar;
y del Sol a los postreros moribundos resplandores
a un alféizar asomado se ve a un fraile meditar.

El espacio hienden torres de la iglesia redentora
que la cúpula cobija con los brazos de la cruz
y del fondo de los siglos va la chispa inspiradora
encendiendo en las conciencias los destellos de su luz.

Con monjiles atavíos, tras las tapias del convento,
se presiente que va pronto María Clara a parecer,
evocando soñadora, ya dormido el pensamiento,
la azotea do hizo Ibarra sus mejillas florecer.

Allá enfrente se divisa de la Fuerza de Santiago
el histórico recinto, de almenaje señorial,
que con fúnebres tapices enlútose el día aciago
que vió arder entre sus muros la capilla de Rizal.

¡Ah! ¡Que apague la Discordia de su tea fratricida
los impúdicos fulgores, el maldito resplandor!
¡Que la Muerte no separe lo que júntase en la Vida!
¡Que los hombres no desunan lo que uniera el Creador!

Ni separa ni desune. Su cristiano testamento
fué la síntesis suprema de la unión espiritual
de dos pueblos que son uno, por la Fé y el Pensamiento;
que son uno en los amores y en el verbo de Rizal.

Y asi fué. Cuando caía de los mástiles gloriosos
la bandera que la cuna de Rizal empavesó,
el espíritu hermanado de dos pueblos generosos
en la mente libertaria de Rizal nidificó.

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