HAY VECES QUE LA VIDA TE DESTROZA/

José Hernández (poeta sugerido)

hay veces que la vida te destroza
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Hay veces que la vida te destroza,
que todo se te pone cuesta arriba,
vagando vas sin rumbo a la deriva,
te sientes poco menos que una broza
de lumbre que no aviva.

Te paras a pensar a qué has venido
y ves que estás vacío de argumento,
te sientes como un saco de cemento,
la sombra de otra sombra que ha surgido
de un mal presentimiento.

Y buscas y no encuentras tu asidero,
el pozo en que te encuentras es tan hondo
y olor, el que despide tan hediondo,
tan largo y tan estrecho es el sendero
que ya has tocado fondo.

Ocurre que ya nada te motiva
el ansia por luchar ya lo perdiste,
no existe compasión, que estás muy triste,
pretendes respirar y la saliva
ya a salivar resiste.
©donaciano bueno

Hay veces en que todo se ve tan negro... Clic para tuitear
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José Hernández

La vuelta de martín fierro xxx-b

MARTÍN FIERRO
1062
¡Ah, negro!, si sos tan sabio
no tengás ningun recelo:
pero has tragao el anzuelo
y al compás del estrumento
has de decirme al momento
cuál es el canto del cielo.

EL MORENO
1063
cuentan que de mi color
Dios hizo al hombre primero,
más los blancos altaneros,
los mesmos que lo convidan,
hasta de nombrarlo olvidan
y sólo le llaman negro.

1064
Pinta el blanco negro al diablo,
y el negro, blanco lo pinta;
blanca la cara o retinta
no habla en contra ni en favor:
de los hombres el criador
no hizo dos clases distintas.

1065
Y después de esta advertencia
que al presente viene al pelo,
veré, señores, si puedo,
sigún mi escaso saber,
con claridá responder
cuál es el canto del cielo.

1066
Los cielos lloran y cantan
hasta en el mayor silencio:
lloran al cair el rocío
cantan al silbar los vientos
lloran cuando cain las aguas.
Cantan cuando brama el trueno.

MARTÍN FIERRO
1067
Dios hizo al blanco y al negro
sin declarar los mejores;
les mandó iguales dolores
bajo de una mesma cruz;
mas también hizo la luz
pa distinguir los colores.

1068
Ansi, ninguno se agravie;
no se trata de ofender,
a todo se ha de poner
el nombre con que se llama,
y a naides le quita fama
lo que recibio al nacer.

1069
Y ansí me gusta un cantor
que no se turba ni yerra;
y si en tu saber se encierra
el de los sabios projundos;
decíme cual en el mundo
es el canto de la tierra.

EL MORENO
1070
es pobre mi pensamiento,
es escasa mi razón,
mas pa dar contestación
mi inorancia no se arredra:
también da chispas la piedra
si la golpia el eslabón.

1071
Y le daré una respuesta
sigún mis pocos alcances:
forman un canto en la tierra
el dolor de tanta madre,
el gemir de los que mueren
y el llorar de los que nacen.

MARTÍN FIERRO
1072
moreno, alvierto que trais
bien dispuesta la garganta;
sos varón, y no me espanta
verte hacer esos primores;
en los pájaros cantores
solo el macho es el que canta.

1073
Y ya que al mundo vinistes
con el sino de cantar,
no te vayás a turbar,
no te agrandés ni te achiques;
es preciso que me expliques
cuál es el canto del mar.

EL MORENO
1074
a los pájaros cantores
ninguno imitar pretiende;
de un don que de otro depende
naides se debe alabar,
pues la urraca apriende a hablar,
pero sólo la hembra apriende.

1075
Y ayúdame, ingenio mío,
para ganar esta apuesta;
mucho el contestar me cuesta.
Pero debo contestar;
yoy a decir en respuesta
cuál es el canto del mar.

1076
Cuando la tormenta brama,
el mar, que todo lo encierra,
canta de un modo que aterra,
corno si el mundo temblara:
parece que se quejara
de que lo estreche la tierra.

MARTÍN FIERRO
1077
toda tu sabiduría
has de mostrar esta vez;
ganarás sólo que estés
en baca con algún Santo.
La noche tiene su canto,
y me has de decir cuál es.

EL MORENO
1078
no galope, que hay aujeros,
le dijo a un guapo un prudente
le contestó humildemente:
la noche por cantos tiene
esos ruidos que uno siente
sin saber por dónde vienen.

1079
Son los secretos misterios
que las tinieblas esconden;
son los ecos que responden
a la voz del que da un grito;
como un lamento infinito
que viene no sé de dónde.

1080
A las sombras sólo el sol
las penetra y las impone;
en distintas direcciones
se oyen rumores inciertos:
son almas de los que han muerto,
que nos piden oraciones.

MARTÍN FIERRO
1081
moreno, por tus respuestas
yo te aplico el cartabón,
pues tenés desposición
y sos estruido, de yapa:
ni las sombras se te escapan
para dar esplicación.

1082
Pero cumple su deber
el lial diciendo lo cierto,
y, por lo tanto, te alvierto
que hemos de cantar los dos,
dejando en la paz de Dios
las almas de los que han muerto.

1083
Y el consejo del prudente
no hace falta en la partida;
siempre ha de ser comedida
la palabra de un cantor.
Y aura quiero que me digas
de dónde nace el amor.

EL MORENO
1084
a pregunta tan escura
trataré de responder,
aunque es mucho pretender
de un pobre negro de estancia,
mas conocer su inorancia
es principio del saber.

1085
Ama el pájaro en los aires
que cruza por donde quiera,
y si al fin de su carrera
se asienta en alguna rama,
con su alegre canto llama
a su amante compañera.

1086
La fiera ama en su guarida,
de la que es rey y Señor;
allí lanza con juror
esos bramidos que espantan,
porque las fieras no cantan:
las fieras braman de amor.

1087
Ama en el fondo del mar
el pez de lindo color;
ama el hombre con ardor;
ama todo cuanto vive:
de Dios vida se recibe,
y donde hay vida, hay amor.

MARTÍN FIERRO
1088
me gusta, negro ladino,
lo que acabás de esplicar;
ya te empiezo a respetar;
aundue al principio me rei,
y te quiero preguntar
lo que entendés por la ley.

EL MORENO
1089
hay muchas dotorerías
que yo no puedo alcanzar;
dende que aprendí a inorar
de ningún saber me asombro,
mas no ha de llevarme al hombro
quien me convide a cantar.

1090
Yo no soy cantor ladino
y mi habilidá es muy poca;
más cuando cantar me toca
me defiendo en el combate,
porque soy como los mates:
sirvo si me abren la boca.

1091
Dende que elige a su gusto,
lo más espinoso elige;
pero esto poco me aflige
y le contesto a mi modo:
la ley se hace para todos,
mas sólo al pobre le rige.

1092
La ley es tela de araña
–en mi inorancia lo esplico–.
No la tema el hombre rico;
nunca la tema el que mande;
pues la ruempe el bicho grande
y sólo enrieda a los chicos.

1093
Es la ley como la lluvia:
nunca puede ser pareja;
el que la aguanta se queja,
pero el asunto es sencillo:
la ley es como el cuchillo:
no ofiende a quien lo maneja.

1094
Le suelen llamar espada
y el nombre le viene bien;
los que la gobiernan ven
a dónde han de dar el tajo:
le cai al que se halla abajo
y corta sin ver a quién.

1095
Hay muchos que son dotores,
y de su cencia no dudo;
mas yo soy un negro rudo
y aunque de esto poco entiendo,
estoy diariamente viendo
que aplican la del embudo.

Vii. pelea con el moreno

188
De carta de más me vía
sin saber a donde dirme;
mas dijeron que era vago
y entraron a perseguirme.

189
Nunca se achican los males,
van poco a poco creciendo,
y ansina me vide pronto
obligado a andar juyendo.

190
No tenía mujer ni rancho
y a más, era resertor;
no tenía una prenda güena
ni un peso en el tirador

191
a mis hijos infelices
pensé volverlos a hallar,
y andaba de un lao al otro
sin tener ni qué pitar.

192
Supe una vez por desgracia
que había un baile por allí,
y medio desesperao
a ver la milonga fui.

193
Riunidos al pericón
tantos amigos hallé,
que alegre de verme entre ellos
esa noche me apedé.

194
Como nunca, en la ocasión
por peliar me dio la tranca.
Y la emprendí con un negro
que trujo una negra en ancas.

195
Al ver llegar la morena,
que no hacía caso de naides,
le dije con la mamúa:
va–ca–yendo gente al baile.

196
La negra entendió la cosa
y no tardó en contestarme,
mirándome como a un perro:
más vaca será su madre.

197
Y dentró al baile muy tiesa
con más cola que una zorra,
haciendo blanquiar los dientes
lo mesmo que mazamorra.

198
!Negra linda!– Dije yo.
Me gusta– pa la carona;
y me puse a champurriar
esta coplita fregona:

199
a los blancos hizo Dios,
a los mulatos san pedro,
a los negros hizo el diablo
para tizón del infierno.

200
Había estao juntando rabia
el moreno dende ajuera;
en lo escuro le brillaban
los ojos como linterna.

201
Lo conocí retobao,
me acerqué y le dije presto:
po–r–rudo que un hombre sea
nunca se enoja por esto.

202
Corcovió el de los tamangos
y creyéndose muy fijo:
¡más porrudo serás vos,
gaucho rotoso!, Me dijo.

203
Y ya se me vino al humo
como a buscarme la hebra,
y un golpe le acomodé
con el porrón de ginebra.

204
Ahi nomás pegó el de hollín
mas gruñidos que un chanchito,
y pelando el envenao
me atropelló dando gritos.

205
Pegué un brinco y abrí cancha
diciéndoles: caballeros,
dejen venir ese toro.
Solo nací– solo muero.

206
El negro, después del golpe,
se había el poncho refalao
y dijo: vas a saber
si es solo o acompañado.

207
Y mientras se arremangó,
yo me saqué las espuelas,
pues malicié que aquel tío
no era de arriar con las riendas.

208
No hay cosa como el peligro
pa refrescar un mamao;
hasta la vista se aclara
por mucho que haiga chupao.

209
El negro me atropelló
como a quererme comer;
me hizo dos tiros seguidos
y los dos le abarajé.

210
Yo tenía un facón con s,
que era de lima de acero;
le hice un tiro, lo quitó
y vino ciego el moreno;

211
y en el medio de las aspas
un planazo le asenté,
que lo largué culebriando
lo mesmo que buscapié.

212
Le coloriaron las motas
con la sangre de la herida,
y volvió a venir jurioso
como una tigra parida.

213
Y ya me hizo relumbrar
por los ojos el cuchillo,
alcanzando con la punta
a cortarme en un carrillo.

214
Me hirvió la sangre en las venas
y me le afirmé al moreno,
dándole de punta y hacha
pa dejar un diablo menos.

215
Por fin en una topada
en el cuchillo lo alcé,
y como un saco de güesos
contra un cerco lo largué.

216
Tiró unas cuantas patadas
y ya cantó pal carnero:
nunca me puedo olvidar
de la agonía de aquel negro.

217
En esto la negra vino
con los ojos como ají
y empezó la pobre allí
a bramar como una loba.
Yo quise darle una soba
a ver si la hacía callar,
mas pude reflesionar
que era malo en aquel punto,
y por respeto al dijunto
no la quise castigar.

218
Limpié el facón en los pastos,
desaté mi redomón,
monté despacio y salí
al tranco pa el cañadón.

219
Después supe que al finao
ni siquiera lo velaron,
y retobao en un cuero,
sin rezarle lo enterraron.

220
Y dicen que dende entonces,
cuando es la noche serena
suele verse una luz mala
como de alma que anda en pena.

221
Yo tengo intención a veces,
para que no pene tanto,
de sacar de allí los güesos
y echarlos al camposanto.

Ix. matreriando. la lucha con la partida

242
matreriando lo pasaba
ya a las casas no venía;
solía arrimarme de día,
mas, lo mesmos que el carancho,
siempre estaba sobre el rancho
espiando a la polecía.

243
Viva el gaucho que ande mal,
como zorro perseguido,
hasta que al menor descuido
se lo atarasquen los perros,
pues nunca le falta un yerro
al hombre más alvertido.

244
Y en esa hora de la tarde
en que tuito se adormece,
que el mundo dentrar parece
a vivir en pura calma,
con las tristezas del alma
al pajonal enderiece.

245
Bala el tierno corderito
al lao de la blanca oveja,
y a la vaca que se aleja
llama el ternero amarrao;
pero el gaucho desgraciao
no tiene a quien dar su oveja.

246
Ansí es que al venir la noche
iba a buscar mi guarida,
pues ande el tigre se anida
también el hombre lo pasa,
y no quería que en las casas
me rodiara la partida.

247
Pues aun cuando vengan ellos
cumpliendo con su deberes,
yo tengo otros pareceres,
y en esa conduta vivo:
que no debe un gaucho altivo
peliar entre las mujeres.

248
Y al campo me iba solito,
más matrero que el venao,
como perro abandonao
a buscar una tapera,
o en alguna vizcachera
pasar la noche tirao.

249
Sin punto ni rumbo fijo
en aquella inmensidá,
entre tanta escuridá
anda el gaucho como duende;
allí jamás lo sorpriende
dormido, la autoridá.

250
Su esperanza es el coraje,
su guardia es la precaución,
su pingo es la salvación,
y pasa uno en su desvelo,
sin más amparo que el cielo
ni otro amigo que el facón.

251
Ansí me hallaba una noche
contemplando las estrellas,
que le parecen más bellas
cuanto uno es más desgraciao,
y que Dios las haiga criao
para consolarse en ellas.

252
Les tiene el hombre cariño
y siempre con alegría
ve salir las tres marías;
que si llueve, cuanto escampa,
las estrellas son la guía
que el gaucho tiene en la pampa.

253
Aquí no valen dotores,
sólo vale la esperiencia;
aquí verían su inocencia
ésos que todo lo saben,
porque esto tiene otra llave
y el gaucho tiene su cencia.
259
Al punto me santigüé
y eché de giñebra un taco;
lo mesmito que el mataco
me arroyé con el porrón;
si han de darme pa tabaco,
dije, ésta es güena ocasión.

260
Me refalé las espuelas,
para no peliar con grillos;
me arremangué el calzoncillo,
y me ajusté bien la faja,
y en una mata de paja
probé el filo del cuchillo.

261
Para tenerlo a la mano
el flete en el pasto até,
la cincha le acomodé,
y, en un trance como aquél,
haciendo espaldas en él
quietito los aguardé.

262
Cuando cerca los sentí,
y que ahi no más se pararon,
los pelos se me erizaron
y, aunque nada vían mis ojos,
no se han de morir de antojo,
les dije, cuando llegaron.

263
Yo quise hacerles saber
que allí se hallaba un varón;
les conocí la intención
y solamente por eso
es que les gané el tirón,
sin aguardar voz de preso.

264
Vos sos un gaucho matrero,
dijo uno, haciéndose el güeno.
Vos mataste un moreno
y otro en una pulpería,
y aquí está la polecía
que viene a ajustar tus cuentas;
te va alzar por las cuarenta
si te resistís hoy día.

265
No me vengan, contesté,
con relación de dijuntos;
ésos son otros asuntos;
vean si me pueden llevar,
que yo no me he de entregar,
aunque vengan todos juntos.

266
Pero no aguardaron más
y se apiaron en montón;
como a perro cimarrón
me rodiaron entre tantos;
ya me encomendé a los santos,
y eché mano a mi facón.

267
Y ya vide el fogonazo
de un tiro de garabina,
mas quiso la suerte indina
de aquel maula, que me errase,
y ahi no más lo levantase
lo mesmo que una sardina.

268
A otro que estaba apurao
acomodando una bola,
le hice una dentrada sola
y le hice sentir el Fierro,
y ya salió como el perro
cuando le pisan la cola.

269
Era tanta la aflición
y la angurria que venían,
que tuitos se me venían,
donde yo los esperaba;
uno al otro se estorbaba
y con las ganas no vían.

270
Dos de ellos que traiban sables
más garifos y resueltos,
en las hilachas envueltos
enfrente se me pararon,
y a un tiempo me atropellaron
lo mesmo que perros sueltos.

276
El más engolosinao
se me apió con un hachazo;
se lo quité con el brazo;
de no, me mata los piojos;
y antes de que diera un paso
le eché tierra en los dos ojos.

277
Y mientras se sacudía
refregándose la vista,
yo me le fui como lista
y ahi no más me le afirmé,
diciéndole: Dios te asista,
y de un revés lo voltié.

278
Pero en ese punto mesmo
sentí que por las costillas
un sable me hacía cosquillas
y la sangre me heló;
dende ese momento yo
me salí de mis casillas.

279
Di para atrás unos pasos
hasta que pude hacer pie;
por delante me lo eché
de punta y tajos a un criollo;
metió la pata en un hoyo,
y yo al hoyo lo mandé.

280
Tal vez en el corazón
le tocó un santo bendito
a un gaucho, que pegó el grito
y dijo: ¡Cruz no consiente
que se cometa el delito
de matar a un valiente!

281
Y ahi no más se me aparió,
dentrándole a la partida;
yo les hice otra embestida
pues entre dos era robo;
y el Cruz era como lobo
que defiende su guarida.

282
Uno despachó al infierno
de dos que lo atropellaron;
los demás remoliniaron,
pues íbamos a la fija,
y a poco andar dispararon
lo mesmo que sabandija.

283
Ahí quedaron largo a largo
los que estiaron la jeta;
otro iba como maleta,
y Cruz de atrás les decía:
que venga otra polecía
a llevarlos en carreta.

284
Yo junté las osamentas,
me hinqué y les recé un bendito,
hice una cruz de un palito
y pedí a mi Dios clemente
me perdonara el delito
de haber muerto tanta gente.

285
Dejamos amotonaos
a los pobres que murieron;
no sé si los recogieron,
porque nos fuimos a un rancho,
o si tal vez los caranchos
ahi no más se los comieron.

286
Lo agarramos mano a mano
entre los dos al porrón:
en semejante ocasión
un trago a cualquiera encanta;
y Cruz no era remolón
ni pijotiaba garganta.

287
Calentamos los gargueros
y nos largamos muy tiesos,
siguiendo siempre los besos
al pichel, y por mas señas,
íbamos como cigüeñas
estirando los pescuezos.

288
Yo me voy, le dije, amigo,
donde la suerte me lleve,
y si es que alguno se atreve,
a ponerse en mi camino,
yo seguiré mi destino,
que el hombre hace lo que debe.

289
Soy un gaucho desgraciao,
no tengo donde ampararme,
ni un palo donde rascarme,
ni un árbol que me cubije:
pero ni aun esto me aflige
porque yo sé manejarme.

290
Antes de cair al servicio,
tenia familia y hacienda;
cuando volví, ni la prenda
me la habían dejao ya.
Dios sabe en lo que vendrá
a parar esta contienda.

254
Es triste en medio del campo
pasarse noches enteras
contemplando en sus carreras
las estrellas que Dios cría,
sin tener más compañía
que su delito y las fieras.

255
Me encontraba como digo,
en aquella soledá,
entre tanta escuridá,
echando al viento mis quejas,
cuando el grito del chajá
me hizo parar las orejas.

256
Como lumbriz me pegué
al suelo para escuchar;
pronto sentí retumbar
las pisadas de los fletes,
y que eran muchos jinetes
conocí sin vacilar.

257
Cuando el hombre está en peligro
no debe tener confianza;
ansí tendido de panza
puse toda mi atención
y ya escuché sin tardanza
como el ruido de un latón.

258
Se venían tan calladitos
que yo me puse en cuidao;
tal vez me hubieran bombiao
y ya me venían a buscar;
mas no quise disparar,
que eso es de gaucho morao.

271
Me fui reculando en falso
y el poncho adelante eché,
y en cuanto le puso el pie
uno medio chapetón,
de pronto le di un tirón
y de espaldas lo largué

272
al verse sin compañero
el otro se sofrenó;
entonces le dentré yo,
sin dejarlo resollar,
pero ya empezó a aflojar
y a la pu–n–ta disparó.

273
Uno que en una tacuara
había atao una tijera,
se vino como si juera
palenque de atar terneros,
pero en dos tiros certeros
salió aullando campo ajuera.

274
Por suerte en aquel momento
venía coloriando el alba
y yo dije: si me salva
la virgen en este apuro,
en adelante le juro
ser más güeno que una malva.

275
Pegué un brinco y entre todos
sin miedo me entreveré;
hecho ovillo me quedé
y ya me cargó una yunta,
y por el suelo la punta
de mi facón les jugué.

Xiii. a los indios me refalo

367
ya veo que somos los dos
astillas del mesmo palo:
yo paso por gaucho malo
y usté anda del mesmo modo;
y yo, pa acabarlo todo,
a los indios me refalo.

368
Pido perdón a mi Dios
que tantos bienes me hizo,
pero dende que es preciso
que viva entre los infeles,
yo seré cruel con los crueles:
ansí mi suerte lo quiso.

369
Dios formó lindas las flores,
delicadas como son;
le dio toda perfeción
y cuanto él era capaz,
pero al hombre le dio más
cuando le dio el corazón.

370
Le dio claridá a la luz,
juerza en su carrera al viento,
le dio vida y movimiento
dende la águila al gusano;
pero más le dio al cristiano
al darle el entendimiento.

371
Y aunque a las aves les dio,
con otras cosas que inoro,
esos piquitos como oro
y un plumaje como tabla
le dio al hombre más tesoro
al darle una lengua que habla.

372
Y dende que dio a las fieras
esa juria tan inmensa,
que no hay poder que las venza
ni nada que las asombre,
¿qué menos le daría al hombre
que el valor pa su defensa?

373
Pero tantos bienes juntos
al darle, malicio yo
que en sus adentros pensó
que el hombre los precisaba
que los bienes igualaba
con las penas que le dio.

374
Y yo empujao por las mías
quiero salir de este infierno:
ya no soy pichón muy tierno
y sé manejar la lanza,
y hasta los indios no alcanza
la facultá de gobierno

375
yo sé que allá los caciques
amparan a los cristianos,
y que los tratan de
cuando se van por su gusto.
¡A qué andar pasando sustos–!
Alcemos el poncho y vamos.

376
En la cruzada hay peligros,
pero ni aun esto me aterra:
yo ruedo sobre la tierra
arrastrao por mi destino;
y si erramos el camino–
no es el primero que lo erra.

377
Si hemos de salvar o no,
de esto naides nos responde;
derecho ande el sol se esconde
tierra adentro hay que tirar;
algún día hemos de llegar–
después sabremos a dónde.

378
No hemos de perder el rumbo:
los dos somos güena yunta.
El que es gaucho ve ande apunta
aunque inora ande se encuentra;
pa el lao en que el sol se dentra
dueblan los pastos la punta.

379
De hambre no pereceremos,
pues, sigún otros me han dicho,
en los campos se hallan bichos
de los que uno necesita–
gamas, matacos, mulitas
avestruces y quirquinchos.

380
Cuando se anda en el desierto
se come uno hasta las colas;
lo han cruzao mujeres solas
llegando al fin con salú,
y ha de ser gaucho el ñandú
que se escape de mis bolas.

381
Tampoco a la sé le temo;
yo la aguanto muy contento;
busco agua olfatiando el viento
y, dende que no soy manco,
ande hay duraznillo blanco
cavo, y la saco al momento.

382
Allá habrá siguridá
ya que aquí no la tenemos;
menos males pasaremos
y ha de haber grande alegría
el día que nos descolguemos
en alguna toldería.

383
Fabricaremos un toldo,
como lo hacen tantos otros,
con unos cueros de potro,
que sea sala y sea cocina.
¡Tal vez no falte una china
que se apiade de nosotros!

384
Allá no hay que trabajar,
vive uno como un señor;
de cuando en cuando un malón,
y si de él sale con vida,
lo pasa echao panza arriba
mirando dar güelta el sol.

385
Y ya que a juerza de golpes
la suerte nos dejó aflús
puede que allá veamos luz
y se acaben nuestras penas:
todas las tierras son güenas;
vamonós, amigo Cruz.

386
El que maneja las bolas,
el que sabe echar un pial
y sentársele a un bagual
sin miedo de que lo baje,
entre los mesmos salvajes
no puede pasarlo mal.

387
El amor como la guerra
lo hace el criollo con canciones;
a más de eso en los malones
podemos aviarnos de algo;
en fin amigo, yo salgo
de estas pelegrinaciones.

388
En este punto el cantor
buscó un porrón pa consuelo,
echó un trago como un cielo,
dando fin a su argumento;
y de un golpe el instrumento
lo hizo astillas contra el suelo.

389
Ruempo, dijo, la guitarra,
pa no volverme a tentar;
ninguno la ha de tocar,
por siguro tengaló;
pues naides ha de cantar
cuando este gaucho cantó.

390
Y daré fin a mis coplas
con aire de relación;
nunca falta un preguntón
más curioso que mujer,
y tal vez quiera saber
como jué la conclusión.

391
Cruz y Fierro de una estancia
una tropilla se arriaron;
por delante se la echaron
como criollos entendidos,
y pronto sin ser sentidos
por la frontera cruzaron.

392
Y cuando la habían pasao,
una madrugada clara
le dijo Cruz que mirara
las últimas poblaciones,
y a Fierro dos lagrimones
le rodaron por la cara.

393
Y siguiendo el fiel del rumbo
se entraron en el desierto,
no sé si los habrán muerto
en alguna correría,
pero espero que algún día
sabré de ellos algo cierto.

394
Y ya con estas noticias
mi relación acabé;
por ser ciertas las conté,
todas la desgracias dichas:
es un telar de desdichas
cada gaucho que usté ve.

395
Pero ponga su esperanza
en el Dios que lo formó;
y aquí me despido yo
que he relatao a mi modo
MALES QUE CONOCEN TODOS,
PERO QUE NAIDES CONTÓ.

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