LA MUERTE Y EL DIABLO

Mi Poeta sugerido: »Juan Bello Sánchez

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La muerte se aproxima a nuestras vidas,
campando va a sus anchas por las calles,
del cielo en las montañas por los valles,
a cuestas con sus idas y venidas,
la muerte va diciéndote que calles.

Se mueve sin cesar a sus antojos
que allí donde algo hay vivo se aposenta,
y si alguien no lo aprueba tiene en cuenta.
Cerrando del que pilla va los ojos,
la muerte siempre canta las cuarenta.

No sabe de bondad, sin compasión,
se acerca, aquí te pilla, aquí te mata.
E incluso si es mal día te maltrata.
La muerte solo trae perdición,
así vaya vestida con corbata.

Si un día por tu puerta ves que pasa
habrás de hundir el rabo entre las piernas,
que el diablo siempre anduvo en las tabernas
y es que él siempre la vida toma a guasa
llegando incluso a hurgar entre las piernas.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Juan Bello Sánchez

Juan Bello Sánchez

Turismo de interior

En la ventanilla, la distancia verde
que ensaya la hierba. Pienso:
aproximarse al océano es alejarse
de la orilla. Coinciden los neumáticos
con el asfalto dócil.
Nos marchamos de algún lugar
que todavía no conocemos.

En la ventanilla, el horizonte entra
en la puesta de sol con los pies
sucios. Nuestros ojos mansos acuden
a la sombra de los árboles. Tendemos
a refugiarnos en lo cotidiano,

como ciervos que bajan a beber
al mismo río, aunque el agua sea otra.
(de Todas las ?estas de mañana)

Nada extraordinario

Echas una ojeada a la calle
donde no sucede nada extraordinario,
o todo es tan común
que no le dedicas demasiada atención.

Lo cotidiano
lucha por vencer su transparencia.

Y entre todas esas cosas
—el sol que cae de los árboles,
los coches cansados,
la mujer empujando el carrito de un bebé—
va ofreciendo puerta por puerta
el vendedor ambulante
una primavera en miniatura.

La velocidad de las cosas cuando nadie mira

La casa se mueve muy despacio,
como una alfombra
sobre la que se revuelve la hojarasca.
Los huecos que dejan las personas
cuando se marchan
dan forma a las sillas.

Miro el otoño: la distancia es mayor
en los cajones
donde hay fotografías o cartas.

Las cartas llegan siempre
desde algún punto del pasado, pienso.
Y el pasado es un barco
que no termina nunca de hundirse.

LA VELOCIDAD DE LAS COSAS CUANDO NADIE MIRA

La casa se mueve muy despacio,
como una alfombra
sobre la que se revuelve la hojarasca.
Los huecos que dejan las personas
cuando se marchan
dan forma a las sillas.

Miro el otoño: la distancia es mayor
en los cajones
donde hay fotografías o cartas.

Las cartas llegan siempre
desde algún punto del pasado, pienso.
Y el pasado es un barco
que no termina nunca de hundirse.

YA HA OSCURECIDO

Poco se puede añadir a eso,
es un día cualquiera, una ciudad cualquiera,
todo está en su justa medida,
llegan palabras desde alguna parte,
lo que uno llama
una conversación entre amigos en un bar,
lo que otro llama
un televisor encendido en el cuarto contiguo.

Todo lo que vemos está detenido ante nosotros,
esperando su momento,
llegan luces desde alguna parte,
lo que uno llama
estrellas consumidas hace millones de años,
lo que otro llama
una linterna que nos muestra el camino en la noche.

EL COSTURERO

Siempre había hilos de muchos colores,
agujas de distintos tipos,
un único dedal.
Alguien dijo haber oído cómo pasaba el tiempo
pero un dedal no es una campana.

Mi abuela cosía, bordaba manteles
para usar en fechas señaladas.
Los que cosen saben que todo puede ser reparado,
mi madre cose para que las cosas no se dispersen.

El costurero estaba en mi armario, en la parte alta.
Acudíamos allí por diferentes caminos,
cada uno con sus propias razones.
Mis motivos eran siempre poco prácticos,
tal vez por eso nunca encontraba lo que necesitaba.

Mi abuela primero dejó de coser, después dejó de recordar.
Dejar de recordar no es lo mismo que olvidar,
lo que cambia es la intención.

Aún conservamos algunos de esos manteles.
El tiempo no es un héroe
pero sobrevive a todo y a todos como un héroe.

TRABAJANDO EN UN VIEJO RECUERDO

El quinqué está encendido,
una hora difícil de precisar,
mi abuela se inclina sobre la máquina de coser
para remendar uno de sus muchos mandiles.

Puedo oír su bisbiseo
mientras el cuarto se va volviendo más y más oscuro,
ahora que estoy solo
y la noche cae sobre personas y cosas,
sin hacer distinciones.

LA LAVANDERA

Volvía por el camino más largo de la tarde,
una mujer lavaba a mano un montón de ropa
sobre la piedra de un viejo lavadero.
El agua que arañaba las prendas estaba helada,
el cielo enrojecía lentamente.

Ya me estaba alejando cuando la mujer me dijo:
Esta solo es otra forma de mirar las cosas,
más limpias, más puras,
dejando que el agua las cruce.
Y continuó lavando la ropa,
el sol acabándose poco a poco.

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