MALTRATOS PSICOLÓGICOS

»Mi Poeta aquí sugerido: Ricardo del Monte y Rocío

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(sonetillo)

Sibilina y silenciosa,
presumiendo de inocente,
cae el agua de la fuente
con su aspecto caprichosa.

Pareciera cariñosa,
pues desliza suavemente,
mas su empeño persistente
horadando va esa losa.

Siempre ajena a lo que ocurre
se nos muestra con los años,
simulando que se aburre.

Entre tanto, sus engaños
seguirán, mientras discurre,
sin pudor, causando daños.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Ricardo del Monte y Rocío

Ricardo del Monte y Rocío

Vasco Núñez de Balboa

Planta en la cumbre el pie Desvanecido
mira surgir grandioso panorama:
La áurea región que al cielo se encarama
y el Mar del Sur sin límites tendido.

Se hinca y a Dios bendice, y con fornido
brazo en la peña clava su oriflama;
la espada esgrime con la diestra y clama
retumbando en los Andes el sonido:

«¡Reinos que ha descubierto mi osadía
acatad de Castilla al soberano,
y a mi Patria y mi Rey valga esta hazaña!»

Valióles, sí; mas por su culpa un día,
tierras del Sol, imperio americano,
cuanto Vasco le dio, piérdelo España.

Safo

I
¡No más, no más! Por la inocencia mía
que yo inmolé, Paón, a tu hermosura;
por ese filtro de letal dulzura
que bebo en tus miradas todavía;

por el raudal de intensa poesía
con que ensalcé mi amor y mi ventura,
amor que aun arde en llamarada impura,
ventura muerta como flor de un día;

y por aquellos ósculos de fuego
que en la embriaguez de impúdicas delicias
dejaban en mi piel marcas sangrientas,

que pongas fin a mi furor te ruego;
y hasta el cielo me lleven tus caricias,
o al Averno mis celos y mi afrenta!

II

¡Vanos mi ruegos y mi lloro han sido!
A ti me acojo, Léucades bravía,
Safo en tu sirte milagrosa fía
que le dará la muerte o el olvido.

¡Duélate mi pasión, diosa de Gnido!
y si en hora feliz la lira mía
vibro en tu prez, mitiga en mi agonía
el amargor de mi postrer gemido.

¡Hijas de Lesbos! Si mi cuerpo inerte
llevase a vuestros pies la onda traidora,
cubridlo de verbenas y amarantos,

y aplaque en él su cólera mi suerte,
pero el fuego que el mar apague ahora,
rojo esplendor irradiará en mis cantos!

En el baile

Rompe el botón su cáliz de esmeralda
que ostenta al Sol la púrpura olorosa,
y el jardinero la entreabierta rosa
coge y la teje en su mejor guirnalda.

Fresca y prendida en ondulante falda
brilla una noche en danza tumultuosa;
ajan allí su gracia ruborosa
groseros roces, y el calor la espalda.

¡Oh, juventud! No pagas lo que cuesta
la agitación febril que te alucina,
si oyes sonar las copas y la orquesta.

Del lirio virginal, esencia fina;
de la diamela, candidez modesta;
Inocencia y Pudor; ¡ve cuánta ruina!

Cervantes y don Juan de Austria

I
Cesó el combate; el triunfo del guerrero
príncipe, exalta el lustre de su cuna.
¡Cuán otra de Cervantes la fortuna;
manco, herido, olvidado y prisionero!

El Pontífice, el Rey, el Orbe entero
honran al héroe que humilló a la Luna,
y el que a España dio gloria cual ninguna,
baja a ignorada huesa, como Homero.

Corren los siglos, y cambiante gira
también la luz, y la razón s ensancha,
los fallos de otra edad el tiempo trueca,

que a enaltecer la humanidad aspira,
engrandece a «El Hidalgo de la Mancha»
y los laureles de Lepanto seca.

La idea de Cervantes

Me entristezco riéndome, y demando:
¿no erais locos, también, aventureros,
de Arturo inmaculados caballeros,
pares de Carlomagno y de Rolando;

mártires voluntarios en nefando
circo inmolados con suplicios fieros;
paladines andantes y palmeros,
cruzando el pecho, el Asia ensangrentado!

¡Almas sublimes, rica florescencia
de heroica Juventud, cuando rendía
Cervantes culto a la Razón, su mente

no fue apodar vuestra virtud demencia!
Amó el Honor, la Fe, la Poesía,
¡¡Y quién dijere lo contrario, miente!

El alma de Cervantes

Luchó con su infortunio; en el combate,
como en Lepanto, le vejó la suerte;
lo apresó la miseria, y lo halló fuerte
como en Argel, pero faltó el rescate.

Lo abandona el amigo y el magnate;
la Envidia hiel en sus heridas vierte,
¡y el pobre! «con las ansias de la muerte»,
ni maldice, ni llora, ni se abate.

Ve en torno el mundo sordo a su lamento,
y alma viril, bendice la pobreza,
«dádiva santa nunca agradecida».

¡Sí, que ella fue crisol de su pureza
y a su amparo labróse el monumento
que vengó los ultrajes de su vida!

El centenario en América

En tu panteón levántate, y despierto,
recuerda, Rey adusto de Castilla,
aquel soldado que admiro en Sevilla
tu catafalco d esplendor cubierto.

El que evocaba el ánimo del muerto
para gozar de tanta maravilla,
tiene hoy perenne túmulo que humilla
tu Escorial, triste mole en el desierto.

¡Goza en los triunfos del ingenio hispano!
Mira esos pueblos jóvenes, distantes,
de aquel que fue tu americano imperio;

rompieron ya tu cetro soberano;
pero el habla y la gloria de Cervantes,
suyas las siente el índico hemisferio.

Cuba a Cervantes

Prestó a tus huesos mísero hospedaje
tu tierra, adormecida en densa bruma;
orgullosa de ti, ya se consuma
tu desagravio del inciente ultraje.

Y el mundo de Colón, con homenaje
de una y otra región, tu efigie abruma,
desde el solar que fue de Moctezuma
hasta el confín del patagón salvaje.

Tejan los hijos de la ibera raza
coronas para ti. Si entre ellas brilla
torcida rama de laurel cubano,

sean para bien; tu gloria nos abraza!
Así entre España y la remota Antilla
tiende la mar su inmensidad en vano.

Mi ofrenda

Un arpa altisonante con maestra
mano y estro pindárico tañida,
ansiaba consagrarte, embellecida
con un laurel ganado en la palestra,

y el vano esfuerzo mi impotencia muestra;
pero tu fiesta secular convida,
y al ara traen tus fieles la debida
ofrenda, humilde o pródiga, en la diestra.

La que te da mi corazón es pobre,
aunque tu gloria amé desde mi infancia:
grano de mirra, para ti se enciende

en incensario de inesculto cobre;
el humo blanco esparce su fragancia,
roza tus lauros y ondulando asciende.

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