OTRO DÍA, OTRA SEMANA Y OTRO MES

»Mi Poeta aquí sugerido: Otto René Castillo

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Otro día, otra semana y otro mes,
otro espacio de mi tiempo que ya ha muerto
cual calceta que se ha vuelto del revés,
la distancia que rodando da un traspiés,
y no encuentra por delante nada cierto.

Otro paso, otro eslabón y otro peldaño,
pareciera yo naciera, que fue ayer,
y otro lapsus que he perdido año tras año
en que deba soportar a este rebaño,
y no pueda ya decir hasta más ver.

Y otro sueño inacabado y otro olvido
que me acerca hacia el final y que se esfuma,
un lamento de un paisano resentido
el que avanza sin saber a qué ha venido
pues se encuentra ya perdido entre la bruma.
©donaciano bueno.

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MI POETA SUGERIDO: Otto René Castillo

Otto René Castillo

Nunca estoy solo

De veras, nunca estoy solo. 
Tan solo estoy triste 
cuando tus ojos 
huyen 
del sitio 
en que debimos 
encontrarnos 
por la tarde. 
Ahora 
se pudre la espera 
debajo del tiempo
del tiempo que se ríe 
de mí, gran amador, 
desprovisto de amada 
en búsqueda siempre

Respuesta

Si me preguntaras
qué es lo que más quiero
sobre la anchura de la tierra,
yo te contestaría:
a ti, amor mío, y a la gente
sencilla de mi pueblo.

Dulce eres, como la tierra.
Como ella frutal y hermosa.

Pero a ti te quiero.

No por lo bella que eres.
Ni por lo fluvial de tus ojos,
cuando ven que voy y vengo,
buscando, como un ciego, el color
que se me ha perdido en la memoria.
Ni por lo salvaje de tu cuerpo indomable.
Ni por la rosa de fuego, que se entrega
cuando la levanto del fondo de la sangre
con las manos jardineras de mis besos.
A ti te quiero, porque eres la mía.
La compañera que la vida me dio,
para ir luchando por el mundo.

Amo a la gente sencilla de mi pueblo,
porque son sangre que necesito
cuando sufro y me desangro;
hombres que me necesitan cuando sufren.
Porque nosotros somos los más fuertes,
pero también los más débiles. Somos la lágrima.
La sonrisa. Lo dolorosamente humano. La unidad
de lo mejor y de lo más deplorable. Lo que canta
sobre la tierra y lo que llora sobre ella.
De ellos recibí esta vez, este corazón inquieto,
que me apoya y me fortalece y tt1e lleva consigo.

Por eso los amo como son
y también como serán.
Porque ellos son buenos
y serán mejores.
Y juntos nos jugamos
el destino, con nuestras
manos que todo lo construyen.

Así amo yo la vida
y amo a la humanidad,
amor mío,
cuando te amo y amo
a los hombres sencillos
de mi bello y horrendo país.

Comunicado

Nada
podrá
contra esta avalancha
del amor.
Contra este rearme del hombre
en sus más nobles estructuras.
Nada
podrá
contra la fe del pueblo
en la sola potencia de sus manos.
Nada
podrá
contra la vida.
Y nada
podrá
contra la vida,
porque nada
pudo
jamás
contra la vida.

LIBERTAD

Tenemos
por ti
tantos golpes
acumulados
en la piel,
que ya ni de pie
cabemos en la muerte.

En mi país,
la libertad no es sólo
un delicado viento del alma,
sino también un coraje de piel.
En cada milímetro
de su llanura infinita
está tu nombre escrito:
libertad.
En las manos torturadas.
En los ojos,
abiertos al asombro
del luto.
En la frente,
cuando ella aletea dignidad.
En el pecho,
donde un aguante varón
nos crece en grande.
En la espalda y los pies
que sufren tanto.
En los testículos,
orgullecidos de sí.
Ahí tu nombre,
tu suave y tierno nombre,
cantando en esperanza y coraje.

Hemos sufrido
en tantas partes
los golpes del verdugo
y escrito en tan poca piel
tantas veces su nombre,
que ya no podemos morir,
porque la libertad
no tiene muerte.

Nos pueden
seguir golpeando,
que conste, si pueden.
Tú siempre serás la victoriosa,
libertad.
Y cuando nosotros
disparemos
el último cartucho,
tú serás la primera
que cante en la garganta
de mis compatriotas,
libertad.
Porque
nada hay más bello
sobre la anchura
de la tierra,
que un pueblo libre,
gallardo pie,
sobre un sistema
que concluye.

La libertad,
entonces,
vigila y sueña
cuando nosotros
entramos a la noche
o Ilegamos al día,
suavemente enamorados
de su nombre tan bello:
libertad.

Sabor a luto

Tú no sabes, 
mi delicada bailarina, 
el amargo sabor a luto 
que tiene la tierra 
donde mi corazón humea. 
Si alguien toca a la puerta, 
nunca sabes si es la vida 
o la muerte 
la que pide una limosna. 
Si sales a la calle, 
puede que nunca más 
regresen los pasos 
a cruzar el umbral 
de la casa donde vives. 
Si escribes un poema
puede que mañana 
te sirva de epitafio. 
Si el día está hermoso 
y ríes, 
puede que la noche 
te encuentre en una celda. 
Si besas a la luna, 
que acaricia tu hombro, 
puede que un cuchillo 
de sal 
nazca de madrugada 
en tus pupilas. 
Amargo sabor a luto 
tiene la tierra donde vivo, 
mi dulce bailarina. 

Sabes, 
creo 
que he retornado 
a mi país 
tan solo para morir. 

Y en verdad, 
no lo comprendo todavía.

LOS AMANTES

Se habían
encontrado hace poco.
Y hace pronto
se habían separado,
llevándose
cada uno consigo
su nunca o su jamás
su afirmación de olvido,
su golpeador dolor.

Pero el último beso
que volara de sus bocas,
era un planeta azul.
Girando
en torno a su ausencia.
Y ellos
vivían de su luz
igual que de su recuerdo.

El amor imposible

Largos años
ha guardado el mar
debajo de su corazón azul
nuestro amor invencible.

Ni tú ni yo
supimos cómo y cuándo
encendimos esta llamarada,
tan sólo tus labios y los míos.
tan sólo nuestros cuerpos
de violentos amantes
lo supieron.

Fuego y tormenta nos unieron.
Nos separaron fuego y tormenta.
Para no destruirnos mutuamente
destruimos todos los puentes,
quemamos todos los caminos
que tenían nuestras vidas.

Lentamente fuimos acercándonos uno al otro,
para apagar todo recuerdo,
para cerrar todo camino,
para impedir todo retorno
a lo que aún ardía de otros tiempos
en nosotros.
Duros meses, amargos días,
momentos de dolor infinito,
teníamos que atravesar
para destruir la obra
que en un segundo luminoso
surgía de nosotros más sólida y más fuerte.

Y sin embargo, debimos separarnos.
Paso a paso, golpe a golpe
fuimos derribando todo,
hasta que nos separamos
aquella tarde de invierno,
junto al, mar, al sur marítimo
de tu país que amo todavía.

Juntos entregamos nuestro amor al mar
para que lo guardara
en su pecho
de viejo enamorado.

Hoy estoy frente al Báltico.
Es un día cualquiera del otoño
más dulce y más triste de la tierra.
En sus mareas solitarias
oigo que me nombran tristemente
tus palabras lejanas,
mientras a los grandes ojos negros
de la noche que sufro
asciende nuestro amor
como una simple y clara llamarada
que nos busca ciegamente todavía.
De “Poesía” Casa de las Américas, 1989

En invierno, una mañana

Juntos
hemos despertado
esta mañana de febrero,
y nos ha sorprendido
tanto el nupcial
andar de las horas,
que ambos exclamamos,
¡está nevando recio!
Y luego sonreím0s
un beso.

Ha nevado
toda la noche,
dices, y seguirá
nevando
en mí
toda la vida.
El invierno
comienza a envejecer
y suavemente bella
es su blancura,
pero ya nunca,
será bella para mí la nieve,
si con ella se acerca
un solo segundo
tu partida.

Tu rostro es, entonces,
más hermoso que nunca
y a él cae, hondamente
mi ternura,
esta mañana de febrero,
en la ciudad nevada
de Berlín.
De “Poesía” Casa de las Américas, 1989

En tus ojos el Elba, todavía

Todo el día
ha agitado
el viento
tus cabellos,
vida mía.

Yo, mientras tanto,
veo cómo el Elba
fluye largamente
en tus pupilas.
Gris es el agua
del río,
y él baña
este día
la ribera callada
de tu vida y la mía,
fundando el recuerdo
de una tarde
que habrá de llegar
mucho después.
Gris es, sin duda,
el curso
anchuroso del Elba,
pero en tus ojos,
amor mío,
el río es azul,
azul,
azul ternura.

En lo alto,
las gaviotas
son la libertad.
Desde tu rostro
las miro
girar y volver,
ascender y descender,
y, a veces, se quedan
en un sitio cualquiera
oyendo un largo monólogo
que clama por el mar.

Yo las sigo
viendo
en el fondo
de tus gestos,
por costumbre,
muchos meses después.

El viento
no te deja en paz
los cabellos,
vida mía.

Tú, mientras tanto,
ignoras
lo mucho
que te amo
este día
junto al Elba.
Es tal vez
la última jornada
que estemos
junto a él.
Y tú, sin embargo,
hablas de nosotros,
como de algo
que estuviera todavía
por llegar.
Así de grande
ha de ser
tu deseo
de tenerme siempre
contigo.
Yo, como por descuido,
sigo viendo
el río en tus ojos,
amor mío,
y así hubiera querido
verlo todos los días
de mi vida.

Ahora hemos
llegado.
El viento
se desespera afuera,
amargamente.

Mis manos son,
entonces,
una voluntaria
acción de ternura
en tus cabellos.

Ya el Elba
quedó atrás.
Y ahora
estamos
bajo techo,
pero cuando te inclinas
sobre mí,
preguntando:
“¿Dime, qué te pasa?”,
mi rostro
se hunde sin respuesta
en el agua azul
que fluye de tus ojos
todavía.

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