QUÉ TRISTE ES ESTAR TRISTE

Alicia Saliva (poeta sugerido)
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Que triste es el sentirte incomprendido
y ver se te hace un nudo en la garganta
creyendo que tu sombra al bien espanta,
y así quedarte solo y dolorido
sin nada a que arropar ya con tu manta.

Pensar que nada aquí se te ha perdido,
vagando como un pollo sin cabeza,
y hacer votos piadosos de pereza
echando perspectivas al olvido
en medio de ese mar que es la tristeza.

Sentir que no eres nadie, no eres nada,
pues todo lo que hiciste fue un fracaso,
mirar si has de dormir al cielo raso
consciente que él te ha dado una patada,
pensando que el futuro es el ocaso.

Y así llegar al fin del recorrido
sufriendo pues que arrecia la tormenta,
dudando si el vivir te trae a cuenta,
que el trozo de la misma te has comido
a solas sin la sal y la pimienta.
©donaciano bueno

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Alicia Saliva

Relevé

querer en puntas
de pié
este aleteo
ante la inminencia
este pálpito a destiempo
y el respiro a bocanadas
ante el rumor del regreso
esta fuerza en los talones
leves de gacela
para subir cuestas al mediodía
para atar hermosas tipas de otoño
y girar galerías
ante el asomo leve e incierto
se me inclina el cuerpo
y un atropello de lanzas
suelta su disparo
no las detengas
te atravesarían los ojos
es una tropilla entre pajonales
cuando te intuyo
(De Aleteos)

Víspera en las márgenes del río

Callan las cuerdas.
La música sabía lo que yo siento.
Jorge Luis Borges

el canto espera
se sabe poco lejos de las arpas
que cuelgan sus cuerdas
en ramas de árboles extraños
y la lengua de los sauces
de sus lágrimas
verdes y largas como caricias en el río
hoy dejan que el aire escuche
sólo el roce del viento en el agua
manos tejedoras
mezclaban la canción de sus hilos
-va bien ese rojo estridente sobre la piel apagada-
con tonos soleados
de las cuerdas de las arpas
ahora
en una vera donde la noche trae
oscuro silencio de luces
enmudecieron las agujas
no se oye ni un choque de metales
en el vasto número de los mundos
/que el canto esperan
(De Las veredas del agua)

Las costas

poniéndose detrás, a los pies de él,
comenzó a llorar…
Lc. 7, 36

¿Ves a esta mujer?
no sabe de largos mares ni desiertos
hundimientos, atracos, bonanzas
que trajeron perfumes y frascos de alabastro
ella sólo recibe la abundancia
sus cabellos descuidados
negros como el olor amargo de su vida
enmarañada entre mis pies
sus cabellos que no terminan
tanto deseo
apenas mojado
entre lágrimas y perfumes
ese amor aroma
oferente
¿dónde tuvo crianza, quién pudo nutrirlo?
si lleva siempre la piel vieja y sucia como humareda
ajena el alma y el cuerpo al placer del agua
¿La ves?
cómo no verla
si se entrecierran las ventanas porque huele y grita cuando pasa
sólo el viento se le queda
enredándose un poco con el polvo, el frasco, los cabellos, las sandalias
ella no imagina
no sabe dónde algo le arde
para derramar su deseo fresco
de humedecer la carne y el aire amados
que oliera a nardo y el bálsamo le entrara en el alma
¿Pero no ves a esta mujer?
no,
no viste nada de lo que ella viera
callada como las costas
trae perfumes, collares, cabellos
habla la lengua del infinito
una gota fragante mezclada en su cuello
atraviesa la mata de pelo con que frota el suelo
se escapa del charco de pies y de lágrimas
y no se evapora
ni siquiera entre estos versos
(De Las costas)

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