QUEMO, TRISTE, LOS DÍAS…

Elena Garro (poeta sugerido)

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Quemo, triste, los restos de mi vida
igual que la pabila en la candela,
consciente que ya nada me consuela,
sin ganas de encontrar una salida
que hiera y que no duela.

Arrastras voy las penas soportando
dejándome llevar por la amargura
sabiendo que mi mal no tiene cura,
a solas preguntándome hasta cuando
se alargue esta tortura.

Convivo con mi angustia y mi congoja
haciendo un lado aparte a la rutina,
sufriendo al observar como culmina
cual árbol que deshoja hoja tras hoja
cavando así su ruina.

No intento sacar fuerzas de flaqueza,
tan solo en escribir ya hallo consuelo.
No creo en Dios. Tampoco espero el cielo.
Me encuentro entre desidia y la pereza
perdido en este duelo.
©donaciano bueno.

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Elena Garro

A  un pescador

Con tu anzuelo de plata,

con las redes tejidas por tus manos
sácame a este pescado frío
que vive adentro de mi estómago.
A la feroz langosta
que tiene en sus tenazas mi corazón.
Al pulpo cenagoso
que  navega en mis venas.
Al sapo que croa
echado en mi silla turca.
Al lagarto ojeroso
que mastica mis vísceras.
A la pequeña sanguijuela
instalada en mis ojos chupando sueño.
La pesca se cotiza en el mercado
y yo dormiré
como antes de la invasión de los monstruos.
O.

Todo el año es invierno junto a ti,
Rey Midas de la nieve.
Huyó la golondrina escondida 
en el pelo.
La lengua no produjo más ríos
atravesando catedrales ni eucaliptos
en las torres.
Huyó por la rendija la ola azul
en cuyo centro se mecía la paloma.     

El cielo blanco bajó para ahogar 
a los árboles.
El lecho es el glaciar que devora
los sueños.
Surgió el puñal de hielo
para cercenar minuciosamente 
la pequeña belleza que defiendo.

El sol se aleja cada día más 
de mi órbita.
Sólo hay invierno junto a ti,
amigo.  

18 de enero de 1955

El llano de huizaches

¡Elena!
Oigo mi nombre, me busco.
¿Sólo esta oreja queda?
¿Ésta que oye mi nombre en un llano de huizaches?
¿Mi nombre, gritado así, a los cuatro vientos,
de noche, en el llano de la muerte?

¡Elena!
Es raro que descuartizados 
mis miembros avancen por el llano de huizaches.
El nombre ya no los une ni los nombra.
Es raro que sigan avanzando 
y que en el centro esté la boca del vacío.
Ahora los llama mi nombre:
¡Ven aquí, nariz de Elena! 
¡Ven aquí, brazo de Elena!
Sólo la bacinica sigue firme cubriendo la cabeza 
que sonámbula rueda en el valle de huizaches. 
¿Hay todavía un puntapié sobrante?
¿Ya nadie llega a jugar a la pelota?
¿Nadie olvidó un buen escupitajo de colmillo 
para la cabeza que rueda entre huizaches?

¡Elena!
Los llama mi nombre:
¡Vengan aquí, mano pierna pescuezo!
Hace años que bailan separados
en la tierra de los escupitajos.
¿Hay alguien que guarde todavía un gargajo 
para ese ojo cerrado a gargajazos?

¡Elena!
La voz viene del centro profundo de mi ombligo.
Hay quien vive adentro del ombligo y me llama.
La voz corre para atrapar los pies que corren 
entre huizaches 
y las manos que bailan el baile loco de los dedos locos 
sin pizarra, sin lápiz, sin niño, sin amante. 
Me busco. Me encuentro. 
Colgado de una rama seca está uno de mis labios. 
Y ahora por allí corre la lengua 
que recitaba las lecciones del colegio: 
Rosa, rosae… 
¿Qué hará allí, tan lejos del pizarrón, 
tirada en el valle de huizaches?   

¡Elena!
Me busco. Me encuentro. 
Nadie levanta la bacinica que cubre paisajes, 
pájaros vistos en deslumbrantes copas, 
el pico de la estrella de la cual colgaba yo 
y las sílabas de mi nombre meciéndome hacia un pasado 
y un futuro los dos de oro 
antes de estar aquí, gritándote a ti mismo 
en los huizaches. 
Tampoco hay que mirar por el agujero de la aorta. 
¡Señores, un mecate para ligarlo bien!, 
para que nunca más se llegue al centro de ese corazón 
que yace luna roja caída en el llano de huizaches
¿Les gustará a las damas y a los caballeros 
tumbado, iluminando de rojo a los huizaches 
en el valle en el que rueda mi ombligo 
como antes rodaron canicas llamándome? 
¡Clic! !Clic! !Clic!

¡Elena!
Mi espinazo blanco avanza como víbora 
hacia el pozo negro del vacío. 
¿Hay algún tacón de raso, 
de esos piadosos tacones de raso que llevan las señoras 
para que aplaste su cabeza? 
¡Rosario y decencia en mano, hubo damas! 
¡Chequera y decencia en mano, hubo caballeros! 
El llano, este llano, es para los pelados. 
Las damas y los caballeros viven en avenidas 
de cartón y beben sangre de indio. 

¡Elena!
Me busco. Hay tiempo, el pozo está lejos todavía. 
Los dientes separados de la encía avanzan a saltitos. 
Hasta que caiga el último de ellos, 
hasta que caiga la solemne campanilla que presidió 
al paladar y a la palabra, no podré responderte.

¡Elena!
Te digo que me busco, que me encuentro. 
Espera hasta que llegue al pozo negro la última de las uñas. 
¡Es largo el llano de huizaches! 
¡Es ancho el llano de huizaches! 
¡Se tarda uno siglos en cruzarlo!      

El extranjero

Allá donde encontramos lo perdido
Allá donde se va lo que se tuvo
Allá donde los muertos están muertos
y hay días en que renacen y repiten 
los actos anteriores a su muerte
Allá donde lloradas lágrimas se vuelven 
a llorar sin llanto
y en donde labios intangibles se buscan 
y se encuentran ya sin cuerpo
Allá donde pronto somos niños 
y tenemos casa
y en donde las ciudades son fotografías 
y sus monumentos residen en el aire
y hay pedazos de jardines atados a unos ojos
Allá donde los árboles están en el vacío
donde hay amores y parientes mezclados
con objetos familiares 
Allá donde las fiestas suceden a los duelos
los nacimientos a las muertes 
los días de lluvia 
a los días de sol
Allá, solitario, sin tiempo, sin infancia,
cometa sin orígenes, extranjero al paisaje
paseándote entre extraños 
Allá resides tú,
donde reside la memoria.      

París, 1951

A A.B.C. 

Que cada una de mis lágrimas
ahogue en sal cada uno de tus días
y cada uno se te convierta en roca
y cuando sueñes sólo seas tú solo
perdido en las salinas,
muerto bajo un viento de sal.  
Que mires los ojos de la muerte
en los ojos que mires y te miren 
y los caminos intrincados de mis lágrimas
de aquel viernes
se hundan en tu piel
hasta volverte una máscara tatuada. 
Que ellas tengan la virtud
de borrarte la memoria de la dicha
y días vacíos encadenen tu tedio.
Baste una sola
para amargar el más dulce de los frutos 
y otra para cegarte a la belleza.
Una, ligera, leve,
se te convierta en roca
y todas en río caudaloso 
en el que nades a contracorriente 
por todas las edades venideras 
persiguiendo un punto luminoso 
engañosa estrella fija
como esta inexplicable desdicha
de perseguir aquel viernes
aquel balcón de piedra
aquel adiós 
aquel árbol flotando solo en el aire nocturno
alejándose más a medida que avanzo
en la memoria. 

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