SEÑORES DE LAS GUERRAS

Poeta sugerido: Marcelo Díaz

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Desde mi atalaya observo al mundo,
abro la mirilla, miro y veo
gentes que van entrando en el aseo
descargando su lastre en un segundo.

Todos, sin excepción, son temporeros,
ilusos, ciegos, sordos o impotentes,
-de estos hay a montones- que esas gentes
ligeras de equipaje van de arrieros.

Hombres del mal, señores de las guerras
que dedican sus vidas, sus esfuerzos
y van descuartizando como escuerzos
afilando sus odios como sierras.

Algunos van inanes, desnortados,
que avanzan, sin saber a donde ir,
incapaces de abrirse a discernir
qué les mueve a luchar cual desalmados.

Morir por dios, morir por ideales,
morir por lo que sea, hay que morir,
morir, lo que conmina a deducir
que el mundo lleno está de criminales.
©donaciano bueno

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¿Qué le incita a un ser humano a matar y morir por lo que sea, a sabiendas de que él está de paso y más pronto que tarde deberá abandonar este mundo? La respuesta hay que buscarla en el adoctrinamiento (lavado del cerebro) en la infancia.

POETA SUGERIDO: Marcelo Díaz

Marcelo Díaz García

Vivo

Antes que el proyecto de mis actos,
vivo.
Antes de que se cumpla mañana,
vivo.
Antes que el recuerdo,
vivo.

Deseo al atardecer
Que llegues al ágora y estés con sonrisa de magnolia.
Que acerques tu mano y roces el agua,
la luz tendida,
el instante infinito y pequeño de tu crecimiento.

Se aman

Desde el tallo, la flor,
pináculo en cielo.
En el ábside, abrazo.
La luz seminal.
Así el tiempo cabalga sobre el músculo terso.
Domina la carne en su mandato sin tregua
y perpetúa los cuerpos en su instante sin reposo.
El débito del curso de la sangre,
el placer rompiéndonos en voz primitiva.
Cadena donde no cabe otra escritura.
Ignorancia insertada.
Así cabrá en mi mano el puente de tu cuerpo,
la línea de magia que dibujas con tu aliento.
El salto que pones en mi vientre
y de súbito ya es viaje
a la tierra ilimitada que siempre presentimos.
El tiempo de la cima es vuelo con nosotros.

Barrio del sur

La ciudad no llegaba a aquellas casas.
Casas medidas con el nombre del hambre,
vasallaje proletario del pan comprado caro
con las horas extras del amanecer y de la noche.
Pero
abrigo mejor que el de otros tiempos umbríos.
La ciudad era aquello:
el final de la urbe.
El campo
arrancaba ante el escalón recién hecho del último portal.
La ciudad crecía,
cobijaba a los que tenían miedo y hambre.
Y los hacía anónimos, pobres y grandes.
Estaba a dos pasos de la puesta de sol,
la lluvia,
la sequía del campo.
Y un puente de palabras, de vecindad importada,
traída, importada también con ellos,
los unía y comunicaba
como un último camino de extinción de aquello que eran.

Invitación

Si mi mano tiene su hueco lleno de riqueza, pongo la mesa y te llamo,
comparto contigo, no las sobras sino el venero de la luz.
Es a este lado azul de una esfera inatrapable,
tendida minúscula
en el Universo desmedido,
donde la ofrenda ocurre como forma de riqueza.
Siéntate y come
del hálito intemporal de la Tierra y el Hombre.
Regresa a tu hueco.
Ya sabes que al otro lado te queman la tierra
y hablan solo del orden del dinero.

La noticia del hambre, la miseria, la muerte, la guerra…
adornan la sobremesa como una página de inevitables sucesos.
Elige tu ágape y tu silla.

Cronología de la memoria

No elegí tantas cosas con que me veis
como un árbol ya definitivo.
No elegí el dolor con que matan los malos.
No elegí el día de mi llegada,
ni del regreso al polvo.
No evoco alimentando la panza de los días alargados
porque vivo en las sendas camineras
sobre andamios constructores.
Aunque arranco las páginas del crimen,
de opresores, tiranos, actores del mentir.
Con un trazo humano lo tacho.
Y abro su erial y traigo a su mantel
pan en palabra de los vivos buenos.

Proa de esperanza

Contra el viento.
Ando,
navego,
creo.
No deshago el trayecto de mis ojos,
aunque otros malditos tuerzan los caminos.

Crecimiento interior
Crecer deviene de muertes,
de luces perdidas y apagadas,
de heridas deformes
que te amplían los muros del alma,
de elegidas renuncias,
de cimas rodeadas.
Deviene de pasos sin línea recta.
Deviene de amor.

Homenaje a los disidentes
Siempre hay una voz que habla desde el tiempo oscuro.
Desde la caja armada sin ventanas.
Armada desde fuera como un contenedor maldito,
con las razones deshechas y expropiadas.
Con sus razones donde no hay ser humano.
Los que administran dioses
dicen que te dan la vida eterna, si obedeces.
El dinero compra las muros y te da miseria.
Siempre fueron de la mano
para encajarnos sumisos.
Pero
siempre hay una voz que abre la luz
con sus gritos de raíz
que dice que hay sol,
que en el tiempo caben todas las palabras.
Marcelo Díaz. A tiempo II. 2013

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