VIRUS A MONTONES

Poeta sugerido: Antón Arrufat

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Contra el Covid pues ponte mascarilla,
contra el Covid pues lávate las manos,
contra el Covid pues ¡que les den morcilla!
contra el Covid ¡maldita esos gusanos!

Contra el virus rechaza a los villanos
que presumen de inmunes y presumen
de ignorancia, mas nunca de cacumen,
de su suerte pues que ellos están sanos.

Esperpentos de gentes que egoïstas
solo piensan dar rienda a sus deseos,
pregonando pues que ellos son ateos
se divierten jugando a ser turistas.

Contra el virus pues lávate las manos
contra el virus enjuágate la boca,
repensando al hablar que es lo que toca,
evitando intervengan cirujanos.

La ocasión ya se sabe pintan calva,
a mansalva existen virus por doquier,
esos virus que ignoran qué hay que hacer
y de empeño e incordiar nadie se salva.

Pues que virus existen a montones
hay algunos malicia no aparentan,
que te engañan si ves lo que te cuentan ,
tan pequeños y en cambio tan matones.

A ese hombre, ese tipo prepotente
que la fuerza en la boca se le escapa,
al que observas y ves como derrapa
el que engaña pues no es tan buena gente.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Antón Arrufat

Antón Arrufat

“A LA BELLEZA”

¡Oh, divina belleza! Visión casta
de incógnito santuario,
ya muero de buscarte por el mundo
sin haberte encontrado.
Nunca te han visto mis inquietos ojos,
pero en el alma guardo
intuición poderosa de la esencia
que anima tus encantos.
Ignoro en qué lenguaje tú me hablas,
pero, en idioma vago,
percibo tus palabras misteriosas
y te envío mis cantos.
Tal vez sobre la tierra no te encuentre,
pero febril te aguardo,
como el enfermo, en la nocturna sombra,
del sol el primer rayo.
Yo sé que eres más blanca que los cisnes,
más pura que los astros,
fría como las vírgenes y amarga
cual corrosivos ácidos.
Ven a calmar las ansias infinitas
que, como mar airado,
impulsan el esquife de mi alma
hacia país extraño.
Yo sólo ansío, al pie de tus altares,
brindarte en holocausto
la sangre que circula por mis venas
y mis ensueños castos.
En las horas dolientes de la vida
tu protección demando,
como el niño que marcha entre zarzales
tiende al viento los brazos.
Quizás como te sueña mi deseo
estés en mí reinando,
mientras voy persiguiendo por el mundo
las huellas de tu paso.
Yo te busqué en el fondo de las almas
que el mal no ha mancillado
y surgen del estiércol de la vida
cual lirios de un pantano.
En el seno tranquilo de la ciencia
que, cual tumba de mármol,
guarda tras la bruñida superficie
podredumbre y gusanos.
En brazos de la gran Naturaleza,
de los que huí temblando
cual del regazo de la madre infame
huye el hijo azorado.
En la infinita calma que se aspira
en los templos cristianos
como el aroma sacro de incienso
en ardiente incensario.
En las ruinas humeantes de los siglos,
del dolor en los antros
y en el fulgor que irradian las proezas
del heroísmo humano.
Ascendiendo del Arte a las regiones
sólo encontré tus rasgos
de un pintor en los lienzos inmortales
y en las rimas de un bardo.
Mas como nunca en mi áspero sendero
cual te soñé te hallo,
moriré de buscarte por el mundo
sin haberte encontrado.

El temeroso amor

La noche se abre sobre el cine.
Estamos juntos y te siento respirar.
Las oleadas últimas de sombra
corrompen las amarras ajenas.
Miramos aturdidos la pantalla,
sé que la miramos en busca del momento
en que la Bestia enseña sus dominios,
y agoniza en la yerba
para mostrar la forma de su amor.

Nos gustaba ese momento, esa frase.
Yo la repetía despacio en tu oído,
un poco inclinado sobre tu carne pálida.
Esa frase, la intensidad del gesto, la mirada
postrera del que sabe que pierde,
se unían a nuestro amor. Nos servíamos
de las cosas ajenas, de lo que otros soñaron,
tal vez, en la butaca de otro cine del mundo.

Te siento respirar, aletear levemente,
buscar en la sombra las pastillas del asma.
“Anoche dormí dos horas, con el pecho
oprimido.”
Y tus manos fulguran y las acaricio calmado,
sin presión, para descubrir el nacimiento
del amor en mi pecho, en la sangre.

La aparición dolorosa del amor, el temeroso
amor, siempre jugando su partida,
siempre en el pavor de perderla.
Crece en mis venas. Parece
que tú entras en mí y yo salgo,
dejo reinar tu presencia oscura
y busco, en la penumbra de la sangre,
pasarme suavemente a tus venas.
El temeroso amor emprende el viaje,
y conoce, por su propia lucidez, el fin.
Tú quedarás indescifrable,
tu carne pálida por siempre ajena.
Yo quedaré en mi soledad, apartado,
en mi butaca sombría.
Pero no importa, el amor
juega su perenne partida.

Hablamos de tener ojos
en la punta de los dedos,
ojos que conocieran el color de tu carne,
el cambio de la luz en tu carne, fragmentos
del film, el resplandor de los candelabros
en la casa de la Bestia,
y no estos torpes dedos, que avanzan
sin mirar, percibiéndote apenas.

De pronto se encienden las luces
y queda blanca la pantalla.
Me pierdo solo en la calle.

AL FILO DE LA MAÑANA

En una cama en penumbras,
hay dos cuerpos tendidos.
Respiran y libremente fluyen
como el agua muy pura.
Uno al otro se vuelven, y vagan remotos
por sus propias llanuras.
Sin relojes ni prisas, habitantes de sueños
que no logran compartir,
y ambos sienten su lejanía, y al sentirla
se palpan con la mirada.
Luego acuden las manos buscadoras,
dos manos que en la cama forman algo distinto,
algo que no les pertenece, y abre
un espacio sin dueño, vivo organismo
latiendo desprendido en un enlace efímero.
Diez dedos como diez ojos quieren trazar un puente,
por el que nadie pasa ni pasar puede.
La luz del mundo duda todavía en comenzar,
y sólo es cierto, y quizá real,
el calor inseguro de sus cuerpos tendidos.

El nuevo poderío

Si puedes andar varias horas,
conversar, reírte a carcajadas,
sin preocuparte del reloj,
de que se hace tarde, muy tarde,
sin temer el arribo de la medianoche…

Si puedes ver la mitad vacía de tu cama
sin desvelarte,
con el teléfono y el fax desconectados…

Si puedes sentir la alegría
carente de motivo, la alegría pura,
y no temes al miedo de aceptar
la relación de tu cuerpo
con el espejo del cuarto al levantarte…

Si con dócil euforia
conjeturas el porvenir,
y puedes mirar sin ver
realmente, las ciudades y los puentes,
el paisaje que conociste,
y recordar antiguos caminos
sin severidad ni nostálgico…

Si puedes llegar a creer
que serás -o ya eres-
displicente, tranquilo,
de un modo sabio…

Podrás, siendo así,
sin lamento, rubor
ni autoengaño,
podrás decir:
finalmente, estoy solo.

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