NIEVA EN SORIA, NIEVA…

»Mi Poeta sugerido: Winston Orrillo

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Nieva en Soria. Invierno. La galbana
se apropia del ambiente. Compungidos,
los pájaros no salen de sus nidos,
el lino dando paso va a la pana.

Nieva en Soria tejiendo en el paisaje
un manto que el insigne costurero
va adornando terreno junto al Duero
vestida y ofreciendo el nuevo traje.

Tanta y tanta es la nieve que ha caído
que incluso al olmo seco de Machado
de un blanco virginal se ha decorado
salvando solo al brote verdecido.

E incluso la tamuja en los pinares
y el alma San Saturio de la ermita
gozando va la nieve tan blanquita
cual fuera a liberar de sus pesares.

Nieva en Soria, despacio, en el ambiente
la incógnita es saber si habrá un mañana,
traslada su penar de mala gana,
designio al que se muestra resistente.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: #Winston Orrillo

Winston Orrillo

TOCO LA FLAUTA

Toco la flauta y encanto a los cretinos.
Voy con mis instrumentos alquilados.
Viajo de plaza en plaza como el viento.
Desvencijado estoy aunque a menudo
brillo como fogata repentina.
¡Oh condición, sistema y albedrío!
En el circo podréis interrogarme.
En mi carpa naufraga el que lo quiera.
No se cobra la entrada, mejor dicho,
ellos cobran (lo siento, no es mi culpa).
Mi labor es cantar de vez en cuando
o silbar viejos aires conocidos.
Y me acompaño siempre con la flauta
para que bailen todos los cretinos.

MAROMAS Y MOHINES

A Manuel Ruano

En no remotos tiempos
los reyes y señores
a su vera tenían,
-ventrudos, rencorosos-
los ásperos bufones.
Muy bien alimentados
-sobrias sobras reales-
almacenaban bilis
al hacer sus mohínes.
Mimados y escupidos,
sus relucientes trajes
vadeaban los imperios:
sus muecas y maromas
socorrían la triste
jaula de los reinados.
Hoy nosotros, en cambio,
asaz enflaquecidos,
sin trajes de colores,
sin reales privilegios,
a no distintos amos
su triste tarea
de encanallar la tierra
seguimos secundando.

EL AMOR

Una vieja
inscripción
pintada
en una vieja
pared, pero
con sangre.

¡ESTE VIEJO TAMBOR!

Mantenga usted
su mano
sobre mi corazón ¿Silencio? ¿No
lo escucha? Es mi
viejo motor
medio averiado. Pero
ahora funciona. Ya,
aproveche. No
sea que
más tarde
se pare, el
muy tozudo. Perdónelo,
es muy torpe. Un
caballo sería
–tal vez–
más diligente. ¡Este
viejo tambor! Si
a veces
hasta temo
que deje
de cantar
sin poder avisarme.

A MIGUEL HERNÁNDEZ

A este Miguel que al barro condecora
a este pastor de célicos rebaños
a este perito en lunas y pesares
enamorado fiel de caracolas

le sobra el corazón: nos los regala.
Recibimos su sangre encarnizada
su herencia de naufragios invisibles
de claros versos puros pedregosos.

Hasta Orihuela va la pluma mía
buscándote, Miguel, entre tu pueblo,
buscando, ruiseñor de las desdichas,

tus huellas en los huertos que erigiste.
La cárcel entre tanto aherrojaba
tu suave surtidor, oh silbo herido,

la cárcel y la muerte jazminero
para tu roja voz enamorada.

CUARTO 211

(De Víctor Humareda)

La muerte vino a buscarte
con su cabellera gualda.
La muerte que tú pintabas
con colores amarillos.

Voz de meseta, altiplano
de tu risa, yo la escucho.
Víctor de sangre y de noche
tu sombrero de hongo llora.

La ciudad encanallada
te dice adiós, sin decirlo.
¿A dónde se irán los sueños
de Marylin y Beethoven

ahora que ya no puedes
abrevar sus soledades?
Víctor, de noche, la muerte
vino a fornicar contigo.

POÉTICA

Déjame
poesía
quiero
volver
al cuarto
alevoso
en que moro
quiero
ser empotrado
en la frente
del día
lancinante
que es mío
quiero
ser desollado
por las horas
iguales
quiero
ser finalmente
decapitado
y luego
que arrojen
mis despojos
a tus pies
poesía.

PROMETEO

A Jorge Rendón Vásquez

Muchas gracias, buen padre,
por estos huesos largos
y estos ojos cansados
que un día me donaste.

Muchas gracias, repito,
por esta cobertura
que, guardando los huesos,
discreta me permite
pasear por la planicie.

Total agradecido por
la voz y el galope
violento de la sangre;
y también por el pelo
y el aire de matrero
que sirve, cuando menos,
para hurtar la tristeza
del ojo del avieso.

Muchas gracias, de veras,
igual por la espesura
del pecho, y la espaciosa
voluntad de estar vivo.

Te agradezco, buen padre,
y al padre de tu padre
y a todas las raíces
que en mi se avecindaron
y hoy azuzan a mi hijo

¡para hacerle que siga
robándonos el fuego!

HEMBRA EN CELO

Cada uno de tus
cabellos tiene
un voltaje
indeterminado. Tu
piel emite
rayos
y ríe
la amansada
medianoche
de marzo.
No sé ya
cuál
tu número
de calle
(o del entalle).

No sé
tampoco
ahora
si llegas
o te
has ido, si
regresas o
vuelas
allende
el equinoccio
de los besos
sin tregua.
Qué edad
tendrán
los astros
que en tu
pecho
conflictan
y cuál
la extrema
aurora
que alumbra
en tus pestañas
que ríen
y silencian
la angostura del verbo.

Que electrónica
línea
conecta
tus pezones
con el centro
del mundo.

Y cuál
la geometría
en que
cabe
la curva
demente
de tu espalda.
Mujer felino-niña
trepada
a mi cogote
te siento
y atraviesas
la edad
las estaciones
y vuelves
y renaces
detrás
de la marea
y tornas
a tu cueva
en el patio
del alba
donde orquestan
las olas
su adagio
submarino.

Del pecho
de la arena
emerges
con tatuajes
de actinias
y la sombra
de galeones
hundidos
el siglo XVII.

Del plexo
de las peñas
te viene
la tormenta
que envuelve
mi balandro
lo arrastra
y lo revuelca
y lo lleva
hacendosa.
–oh nana
de mil
mañas–
a su casa
en el cráter
más plúmbeo
del planeta
para hacer
allí mismo
un suave
vergel
albo
donde puedan
los astros
tomarse una pascana
en su marcha
aburrida
de galaxia
en galaxia.

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