LA ABUELA

»Mi Poeta sugerido: Pedro Andreu

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La abuela vive sola. Nadie sabe
cómo llegó hasta allí, de dónde vino,
no tiene relación con el vecino
y nunca en su felpudo ocultó llave
temiéndole al destino.

La abuela es educada, no molesta,
no hace fiestas ni ruido por las noches
ni objeto es de protestas o reproches,
ni parte forma ya de alguna encuesta
que mida los derroches.

La abuela ya no vive, sobrevive,
al lado de su gata y su paciencia,
por no tener no tiene ya conciencia
y empieza a meditar para qué vive,
y excusa su presencia.

No tiene algún cartero que la escriba
pues que su dirección se ha hecho desbroce,
hace mucho olvidó lo que es el goce,
sólo espera del cielo una misiva
mas cuándo desconoce.

Sentada ahora en su silla balancín
siguiendo en la mirada el balanceo,
se deja acompasar del devaneo,
dispuesta con su gorro y su batín
que es su único recreo.

Quizás sea mañana que a la cita
no encuentre quien la llore y nadie acuda.
Se irá cual ella vino ayer, desnuda,
mustia, rosa arrugada, chiquitita,
y sin cambiar de muda.
©donaciano bueno.

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MI POETA SUGERIDO: Pedro Andreu

Pedro Andreu

(Cuarentena)

El mar arrastra a la arena de la playa
sirenas con la ropa arañada, desnucadas.
Sale el sol y las moscas desovan
sobre carne y escamas futuras epidemias.
Los curiosos han ido invadiendo la arena.
Después llegan gaviotas, albatros, algún perro
asilvestrado que mastica los huesos.
Toda la noche fueron varando cuerpos.
Desde el pasado miércoles
no parte ningún buque de los muelles.
Hay cientos de sirenas desnucadas:
una canción borracha las atrae a la costa.
En las islas más grandes el hedor de las muertas
propaga ciertas pestes que han diezmado el turismo.
Has oído en la tele a un médico forense;
no sabe qué decir tras las autopsias.
Por las calles murmuran los vecinos
que hay suelto un asesino en serie.
Y guardan a sus hijas en los sótanos
y fuman más que antes
y se han comprado rifles y practican
disparando a latas de cerveza en sus jardines.

(Al final del verano)

Trabajar en algo que nunca nos gustó.
Ganar lo justo para estos quince días de descanso.
Ir publicando, a veces, cada bastantes años,
un libro de poemas. Sentarnos a las tardes
a pensar qué le haríamos a la vida
si supiéramos, si nos quedaran fuerzas.
Darse un baño en la playa, ya de noche,
para sentirse al menos menos muerto.
Nadar hasta quedar sin brazos
y distinguir apenas las toallas
en la orilla. Adivinarla a ella
entre las sombras, desnuda como un juego.
Saber que haremos el amor,
que nos revolcaremos en la arena,
como perros mojados.
No precisamos más. Ahora es agosto.
Y la vida, por un breve momento,
es algo cierto que no nos sabe a poco.

Un callejón a solas con el viejo
que te espera a ti mismo
dentro de treinta años.

De la vida me acuerdo.
Calzaba tus sandalias, iba en bici
conmigo hasta los faros vacíos.
Decía que era el mundo
una cosa sin frenos
donde poder perdernos.
Pero le fallamos. Nos cansamos
de tanto pedalear.
De Alquiler a las afueras-Ediciones La Baragaña

De hormigas y cigarras

Te dijeron: trabaja, sé oveja y buey y yugo,
cómprate una casa, odia a las cigarras,
olvida el arpa en un rincón oscuro,
haz dinero, calla, córtate la melena,
mantente al margen de la vida, no llores,
o que nadie te vea, fuma menos o nada.
Y aquí estás, sin embargo,
declarado enemigo
de los hombres hormiga, amante
de los desnudos ciclos de la luna,
jardinero de plagas, de pie ante el mundo.
A solas con tu cuaderno y tus plastidecores:
aplastando tu corazón de niño
contra esta puta realidad de hombre.

(inmigración)

martina decía cosas como
[si hubiera nacido en usa yo sería
la poeta más grande de toda la tierra] cosas como
[ habría sido tan grande como anne sexton
hubiera dejado mis pulmones doblados sobre el cuero
del auto en mi garaje para que el dióxido de carbono
los lamiera despacio hasta la muerte] y su acento chicano le dejaba en la boca retazos de desierto
y en las latas de cerveza vacías parecía que agonizaba dios
[yo no he nacido en usa] confesaba martina
[pero he estado en el baño de una gasolinera de arkansas
con sean penn comiéndome las tetas tras un rodaje] y yo me quedaba callado escuchándola
su acento mexicano poblado por coyotes
[eso también es poesía eso también] afirmaba martina
antes de que folláramos sobre el suelo de linóleo de su cocina
y dejáramos perdido todo de palabras obscenas
en español de hermosillo sonora méxico e inglés de pensacola florida usa.

Bosquejo

Bosquejo de una biografía cualquiera
A los cuatro, me escapé de la guardería
para perseguir gatos abandonados en el parque.
A los diez le abrí la cabeza a mi mejor amigo
con un ladrillo: cien puntos. Y gracias que está vivo.
A los doce nos desahuciaron del piso
y mi padre ocupó un motel abandonado a las afueras.
Nos daba de comer latas que calentaba
en un hornillo en el aparcamiento.
A los trece descubrí que la literatura
era un pájaro negro que devoraba por dentro
mis gusanos. A los quince me largué a Barcelona.
Y la guardia civil llevándome de vuelta a los seis días.
Y mi madre llorando. Y la única vez que me pegó mi padre.
Nunca me olvidaré del cinturón de cuero entre sus manos.
Hecho en España a mitad de los ochenta.
A los diecisiete conocí las drogas y el amor,
que corría sin cabeza por el patio, como el pavo
de navidad al que mi abuelo cortó el cuello
de un tajo con un hacha.
A los veinte abandoné una carrera y me largué
catorce meses a las playas de Bali a fumar marihuana
y a pensar que la vida era una catarata
interminable, llamándome.
A los veintiséis plantamos a mi padre
debajo de una higuera que el mismo había plantado.
A los treinta he vivido con la mujer más rubia
que nunca había imaginado.
A los cuarenta visito cada sábado a mi madre,
que vive en una residencia para ancianos.
Me la llevo a comer a restaurantes baratos
y dejo que me hable de la vida como si desde las afueras
todo fuera más nítido y lejano,
y a momentos parece
un perro que persigue su cola hacia el alzhéimer.
A los cincuenta, el futuro me espera.
No sé si llegaré jamás a los sesenta.
Nadie quiere tener setenta y siete años,
cuando los días han de ser una escopeta
descargando cada vez más cerca de tus pies.
Mi abuela vivió ciento catorce años.
Parece que a la muerte le temblaban las manos con ella.
Y que tardó bastante en acertar de lleno
su viejo corazón de porcelana roja.

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EL ABUELO

(Vital Aza)

Padre, si se va el abuelo
no le dé entera la manta.
Coja usted el cuchillo y corte
que con la mitad le basta.
¡Ten compasión hijo mío!
Mira que está vieja y mala.
No importa padre, no importa
otras peores se gastan y…
la otra mitad restante,
así podrá usted guardarla
para cuando sea abuelo
por si acaso lo despachan.
Lloró abrazándole el padre
y el abuelo, quedó en casa.
Más, no espere buenos frutos
quien da malas enseñanzas.

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