LA PRIMERA Y LA ÚLTIMA VEZ

»Mi Poeta sugerido: Jorge Arbeleche

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Recuerdo aquella cita, fue en otoño,
tú andabas preguntándome quien era,
atónita, al oír no lo supiera
pues hube de inventar, como el bisoño
se encuentra en una espera.

Después de aquella cita, la primera,
jamás otra hubo fuera la siguiente,
y hoy sigo preguntándome insistente
qué tuvo que impulsarme a que mintiera
y ser tan inocente.

Y en cambio, qué me hubiera sucedido
si armado de malicia y artimañas
hubiera penetrado en tus entrañas
haciéndolas cual roto a un descosido
usando malas mañas.

Preguntas que hoy no encuentran la respuesta
ni asisten cuando apelo a la razón,
quizás es que no existe explicación,
inútil recrearse en una apuesta
si atañe al corazón.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Jorge Arbeleche

Jorge Arbeleche

Rapiña

La Ausencia es una rapiña
un arrancón un hueco un arrebato
es el sordo alarido de los mudos
es un relincho ciego un niño muerto
un ángel quemándose en el aire
es un caballo desbocado sin corcel ni jinete
es una araña roja pespunteada de negro
es el lugar donde existió un latido
un corazón en redoblante
un estallido de campanas
un huracán una tormenta
una brisa una caricia una voz
y luego
ahora
un eco sin comienzo sin fin y sin sonido.

Trazos

Mirar el horizonte cuando
la tarde se arrodilla camino
a la oración, arropar
el ojo en el oro de ese cuenco
donde nace
el bálsamo morado de los higos

porque el día
a veces
muere
en una raya roja
a veces
en una raya blanca y
a veces
no se ve

entonces trazarla
desde el enjambre en ascuas
donde germina
exacta
la semilla del aire.

Helena

Cuando vieron a Helena, que hacia
ellos se encaminaba, dijéronse unos
a otros, hablando quedo, estas
aladas palabras “No es reprensible
que los troyanos y los aqueos,
sufran males por una mujer como
esta, cuyo rostro se parece al de las
diosas inmortales”
La Ilíada, canto III

Helena

Soy Helena.
La más odiada de todas las mujeres.
La más amada.
Por mi pasión se derrumbaron
murallas y guerreros. Torres erguidas
invencibles, mordieron el olvido. Yo,
sola, les salvé la memoria.
Con el polvo se confundieron
el trono la corona y el cetro.
Todo el orgullo cedió a la pasión bella.
Voló con el humo la ciudad poderosa
la más alta la que ostentaba
la indestructible almena.
Me culparon de todo. Me otorgaron de todo.
Me privaron de todo. De nada me arrepiento
de aquello que me acusan. Fui la única
que amó con desmesura. Soy la que más amó.
Y fui la más amada. Preferí
la gloria del tálamo a la ternura de mis hijos.
De nada me arrepiento. Soy la más puta,
y acaso la más santa. Ofrendé a mis dioses
mi gracia y mi desgracia.
Mi amante fue el más bello cobarde
que Troya me brindara. Plantó en medio
de mi lecho el árbol del jazmín. Y floreció.
Él es el más hermoso,
más aún que la espuma del mar.
Igual a un dios en la batalla o en su sueño.
Mató al tiempo cuando duerme,
en el jardín de su vigilia lo detiene,
mientras yo tejo cuentos y canciones que luego
cantarán los niños y pastores
entre riscos y cabras montañeras.
El juicio de los siglos tal vez me absolverá.
Fui tan perdida así como ganada.
De nada me arrepiento.
Soy la que más amó.
Y fui la más amada.

El entrevero

feroz
es el abrazo el nudo el entrevero
no se sabe dónde empieza
o termina el dedo alargándose
en la pierna uno es todo
todo es uno arriba el pie
la boca la cabeza abajo
en vuelo lengua y labio
en combustión los nervios erizados
de estreno la piel ya desgastada
vuelta virgen carcomida a veces
a veces renacida en ritual de inocencia
u oficio de blasfemia escándalo sagrado
de lujuria en vértice y caída
en boda bestial o sacramento
en aire aspirado como hostia bendita
o masticada a dentelladas de manjar
furtivo fugaz furioso fugitivo
iguales uno u otro apenas un espejo
los separa de un lado parecen ángeles
portadores de la misericordia del otro
dos fieras desgarradas en desposorio de delirio
en ascenso y descenso por la cuesta
empinada de una cópula
culpable de inocencia

Arquitectura

Si magro el cuerpo para tanto gozo
el alma ¿adónde si no es en el cuerpo?

El de perfecta ingeniería de células y venas
el de la sinfonía coral de linfa y sangre
navegando la red fluvial de las arterias
desde la baba del bebé hasta el jugo
menstrual que al ritmo de la luna danza.
La gota en el pezón desborda
la blanca leche de la gloria.

Y el alto jazminero se derrama.

El cuerpo de púbicas llanuras
el que relumbra como el que se pudre
el cofre donde se pliega el alma
como la seda fina con el aroma
del azahar de pie. El del diseño
exacto aún para los feos. Templo
donde amantes y amados tejen el mudo
inaugural de los enigmas. El de la fiesta.
El que la anuncia y el que la despide.
El que le guarda el eco. El que camina
derecho hacia la niebla y la penetra
con todas sus antorchas encendidas.

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