BENDITA INOCENCIA!/

Eliseo Diego (poeta sugerido)

bendita inocencia
* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Saber, lo que es saber, yo nunca supe
lo que era la penuria o la carencia,
ni sangre, ni dolor, ni violencia,
ni tuve yo esa rabia que se escupe
si acaba la paciencia.

Que incluso hubiera guerra lo ignoraba,
el ruido no llegaba de cañones.
Yo andaba siempre absorto en mis canciones
contento al disfrutar lo que se daba
y dando bendiciones.

No pude comprobar si la desdicha
al resto de la gente le azotaba
ni traumas tuve yo, pues que estudiaba
buscando obedecer sin mover ficha
a aquel al que mandaba.

Tampoco de tragedias naturales,
de un tiemblo que bailara bajo tierra
yo pude percibir cuando se aferra.
Y aun menos que existieran arrabales
donde la vida es perra.

Ajeno a las penurias y desgracias
fui fruto del cariño y la ternura
pensando en el amor y la mesura
al rey y siempre a Dios dando las gracias.
pues Dios todo lo cura.

Que fui un niño feliz, todo tenía,
pues nada no tuviera deseaba,
soñaba con jugar mientras jugaba
pues solo allí en jugar me entretenía,
al tiempo que soñaba.
©donaciano bueno

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Eliseo Diego

Testamento

Habiendo llegado al tiempo en que
la penumbra ya no me consuela más
y me apocan los presagios pequeños;

habiendo llegado a este tiempo;

y como las heces del café
abren de pronto ahora para mí
sus redondas bocas amargas;

habiendo llegado a este tiempo;

y perdida ya toda esperanza de
algún merecido ascenso, de
ver el mar sereno de la sombra;

y no poseyendo más que este tiempo;

no poseyendo más, en fin,
que mi memoria de las noches y
su vibrante delicadeza enorme;

no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;

decido hacer mi testamento.
Es
éste: les dejo

el tiempo, todo el tiempo.

Mujer cosiendo

Afuera está el escándalo
del sol,
y la garganta
de la cal desollada que responde
bramando de terror:

la zarabanda
maníaca de la luz
-la quema grande.

Y adentro, fresca, la penumbra
como un baño de paz
-agua del bosque
de la eterna delicia-
la penumbra

en que tu aguja salta
-leve
pececillo de lumbre
y a la tela
vuelve otra vez
iluminándonos.

Fracaso

El piano al mediodía, solo,
de álamo en álamo la música,
de resol en penumbra,
no se levanta, no remonta,
se cae del ala, pía, la música,
vuelve otra vez, anhela,
sube, sube, de pronto
la dicha cruza en una ráfaga,
tropieza con la luz,
no puede,
tiembla, quisiera
ser, la música.

Artesanos

Pules y pules, ves, el duro verde
hasta que al fin brota. Le has querido
forma de pétalo.
(Más tarde
alguien, sagaz, dirá: el hacha
tiene forma de pétalo.)

A solas
pules y pules en la luz de octubre
hasta que asoma el alma de la piedra
en un hoy sonriente.
Lejos
está mañana, como lejos
ayer quedó contigo.

Sólo el alma
sonriente de la piedra verde
brilla en el hoy de siempre.

Viajes

Un patio de la Víbora
donde la sombra crece hasta el silencio
en árboles y hierbas y amarguras
y llagas del adobe, tiene
también palmeras de otro mundo
grabadas en el aire quieto.
Salir al patio, entrar en el aroma
ruinoso de los años, es un poco
viajar al otro extremo de la vida
y estar como no estando,
en la penumbra
de donde todo viene, adonde
todo se va, por fin, a ser silencio.

Quietud

Casi no roza la palabra
siquiera el borde de la luz
bajo la sombra de los mangos.
Todo

está inmóvil ahora, como a salvo
del tiempo que se va
-sesgado, a oscuras-
por el secreto de tus venas.

Esta mujer

Esta mujer que reclinada
junto a la borda inmóvil de su casa
soporta con las manos arrugadas
el peso dócil de su tedio,
sólo escuchando el tiempo que le pasa
sin gracia ni remedio.
Esta mujer, desde la borda
blanca de su balcón, que el patio encierra,
mira correr, ansiosa y sorda,
la estela irrestrañable de la tierra.

El oscuro esplendor

Juega el niño con unas pocas piedras inocentes
en el cantero gastado y roto
como paño de vieja.

Yo pregunto:
qué irremediable catástrofe separa
sus manos de mi frente de arena,
su boca de mis ojos impasibles.

Y suplico
al menudo señor que sabe conmover
la tranquila tristeza de las flores, la sagrada
costumbre de los árboles dormidos.

Sin quererlo
el niño distraídamente solitario empuja
la domada furia de las cosas, olvidando
el oscuro esplendor que me ciega y él desdeña.

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