IGUAL ME DA OCHO QUE OCHENTA

»Aquí, mi Poeta sugerido: Gaspar Núñez de Arce

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Resulta que yo estaba equivocado
o nunca quise ver lo que veía,
resulta que era un jarro de agua fría
quien vino en mi a caer dejando helado
volviendo a no creer lo que creía.

Resulta que antes yo era un inocente
y hoy creo sigo estando aturullado.
Ni intento comprender qué me ha pasado
pues tanto fue este cántaro a la fuente
que el caño de la misma se ha secado.

Y el cubo de reserva que aun tenía
hoy siento que se ha vuelto boca abajo,
quizás es que él me importa ya un carajo,
que a mi todo me suena a letanía,
los palos ya no caen del sombrajo.

Que todo igual me da, me da lo mismo,
lo mismo sin son ocho o son ochenta,
si el vientre de comer se me revienta.
Tan cerca está la pila del bautismo
y hoy mismo ya hasta el alma pongo en venta.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Gaspar Núñez de Arce

Gaspar Núñez de Arce

 A ESPAÑA

Roto el respeto, la obediencia rota,
de Dios y de la ley perdido el freno,
vas marchando entre lágrimas y cieno,
y aire de tempestad tu rostro azota.

Ni causa oculta, ni razón ignota
busques al mal que te devora el seno;
tu iniquidad, como sutil veneno,
las fuerzas de tus músculos agota.

No esperes en revuelta sacudida
alcanzar el remedio por tu mano
¡oh sociedad rebelde y corrompida!

Perseguirás la libertad en vano,
que cuando un pueblo la virtud olvida,
lleva en sus propios vicios su tirano.

  A LA MUERTE DE DON ANTONIO RÍOS ROSAS

¡Cayó como la piedra en la laguna
con recio golpe en la insondable fosa!
Ya no levantará tormenta alguna
su elocuencia, vibrando en la tribuna,
como el rayo terrible y luminosa.

¡Triste destino de la gloria humana
tan costosa, tan mísera y tan vana!
¡Ayer grandeza, y entusiasmo, y ruido;
hoy tributo de lágrimas; mañana
hondo silencio, y soledad, y olvido!

En la infinita sed que nos aqueja,
¿qué es nuestra vida? El sueño de un momento,
onda que pasa, sombra que se aleja,
ave tímida y muda que no deja
ni el rastro de sus alas en el viento.

¡Cuántas, cuántas memorias arrebata
nuestra viviente y rauda catarata!
¿Qué es el mártir? ¿Qué el genio? ¿Qué el tirano
en el torrente del linaje humano,
que al través de los tiempos se dilata?

La secular encina, siempre verde,
de sus marchitos frutos se despoja
sin que nadie, mirándola, recuerde
ni el seco ramo, ni la inútil hoja
que en su invisible crecimiento pierde.

¡Todo es misterio, vértigo y locura!
La vida frágil, el renombre incierto,
y la tremenda eternidad obscura…
Sólo podemos dar a los que han muerto,
con fe piadosa, honrada sepultura.

El la tendrá con lágrimas regada.
¿Cómo olvidar tan pronto, patria mía,
la imperiosa atracción de su mirada,
su voz, su ardiente voz, rígida espada
que al chocar y al herir resplandecía?

A veces imagino que aún le veo
erguirse reposado y pensativo,
y a un tiempo mismo Tácito y Tirteo,
arrostrar el contrario clamoreo,
cuanto más acosado más altivo.

Con fuerza potentísima y secreta
brotaban de su espíritu fecundo
el dardo agudo, la alusión discreta,
la cólera inspirada del poeta
y la sentencia del varón profundo.

En el peligro, enérgico y valiente,
jamás cedió su varonil denuedo,
ni se dejó arrastrar por la corriente;
nunca dobló su poderosa frente
ante los vanos ídolos del miedo.

Noble y robusto vástago de aquella
viril generación, que al mundo vino
cuando, impulsado por su infausta estrella,
marcó en España su iracunda huella
el rayo de la guerra y del destino;

cuando de su letargo despertaba
la nación de Lepanto y de Pavía,
y en lid ardiente, inextinguible y brava,
mostró con su tesón que no quería
vivir sin honra, ni morir esclava.

Nacida entre el tumulto y el fracaso
de una lucha titánica y suprema,
esa generación que hacia su ocaso
dirige el triste y vacilante paso,
es el himno triunfal de aquel poema.

Arrojada y resuelta cual ninguna,
como engendrada en tan heroico empeño,
templola en sus rigores la fortuna,
la ronca tempestad meció su cuna
y el eco del cañón la arrulló el sueño.

Siempre en la brecha y siempre enardecida,
sin temor al destierro ni al verdugo,
con estoico desprecio de la vida
rompió, lidiando, el ominoso yugo
que soportaba España envilecida.

De su entusiasta afán en los extremos
amasó con la sangre de sus venas
la libertad que a su valor debemos.
¡Hoy nosotros, sus hijos, no tenemos
ni esperanza, ni fe, ni patria apenas!

El genio nacional, antes dormido
en la profunda noche del olvido,
llenó los aires con su voz sonora,
como el alegre pájaro en el nido
cuando le llama la rosada aurora.

¡Qué espontáneo y feliz renacimiento!
¡Qué pléyada de artistas y escritores!
En la luz, en las ondas, en el viento
hallaba inspiración el pensamiento,
gloria el soldado y el pintor colores.

¡Larra, Pacheco, Rivas, Espronceda,
Olózaga, Donoso, Avellaneda,
y cien nombres, orgullo de la historia,
ya son polvo no más! ¡Ya su memoria
sólo en el pueblo que ilustraron queda!

¡Su memoria mortal, que se derrumba
al impulso del siglo! Eco postrero
de su apagada voz, sordo retumba
en el helado mármol de la tumba,
y se pierde en los ámbitos ligero.

Cuando, vertiendo silencioso llanto,
vuelvo a mi Edad la vista atribulada,
siento a la vez indignación y espanto.
¡Cómo pensar, generación menguada,
que en pocos lustros descendieras tanto!

Nuestros padres con ánimo sereno
hallaron en los campos de pelea
algo fecundo, provechoso y bueno.
Nosotros, sumergidos en el cieno,
no encontramos un hombre ni una idea.

Su aliento generoso y esforzado,
de Cádiz a las cumbres del Pirene
avivó el fuego del honor sagrado.
Hoy la estéril república no tiene
ni un cantor, ni un artista, ni un soldado.

Ni nos defiende ya, ni el golpe embota
partido en mil pedazos nuestro escudo.
El vulgo, el necio vulgo nos azota:
yace el arte decrépito, está mudo
el genio, el arpa destemplada y rota.

Alguien con torpe y mentiroso halago,
en busca del aplauso apetecido,
agitó el fondo del impuro lago,
¡ay! y el vapor del fango removido
sólo engendra la peste y el estrago.

Tú dormirás en paz ¡oh varón fuerte!
con el sol de la patria que declina.
Y es venturosa y envidiable suerte
reposar en los brazos de la muerte,
cuando todo es dolor, vergüenza y ruina.

Tú de este triste y borrascoso drama
sacaste el puro corazón ileso.
Otros, que el pueblo alborotado aclama,
no dormirán tranquilos bajo el peso,
bajo el peso terrible de su fama.

A Voltaire

Eres ariete formidable: nada
Resiste a tu satánica ironía.
Al través del sepulcro todavía
Resuena tu estridente carcajada.

Cayó bajo tu sátira acerada
Cuanto la humana estupidez creía,
Y hoy la razón no más sirve de guía
A la prole de Adán regenerada.

Ya sólo influye en su inmortal destino
La libre religión de las ideas;
Ya la fe miserable a tierra vino;

Ya el Cristo se desploma; ya las teas
Alumbran los misterios del camino;
Ya venciste, Voltaire. ¡Maldito seas!

¡Amor!

¡Oh eterno Amor, que en tu inmortal carrera,
das a los seres vida y movimiento,
con qué entusiasta admiración te siento,
aunque invisible, palpitar doquiera!
Esclava tuya la creación entera,
se estremece y anima con tu aliento,
y es tu grandeza tal, que el pensamiento
te proclamara Dios, si Dios no hubiera.
Los impalpables átomos combinas
con tu soplo magnético y fecundo:
tú creas, tú transformas, tú iluminas,
y en el cielo infinito, en el profundo
mar, en la tierra atónita dominas,
¡Amor, eterno Amor, alma del mundo!
Septiembre de 1872

Crepúsculo

El Sol tocaba en su ocaso,
y la luz tibia y dudosa
del crepúsculo envolvía
la naturaleza toda.
Los dos estábamos solos,
mudos de amor y zozobra,
con las manos enlazadas,
trémulas y abrasadoras,
contemplando cómo el valle,
el mar y apacible costa,
lentamente iban perdiendo
color, transparencia y forma.
A medida que la noche
adelantaba medrosa,
nuestra tristeza se hacía
más invencible y más honda.
Hasta que al fin, no sé cómo,
yo trastornado, tú loca,
estalló en ardiente beso
nuestra pasión silenciosa.
¡Ay! al volver suspirando
de aquel éxtasis de gloria,
¿qué vimos? sombra en el cielo
y en nuestra conciencia sombra.
Marzo de 1863

  A UN TRAIDOR AFORTUNADO

¡Goza, goza en tu infamia! La serena
y osada faz levanta satisfecho:
insulta la virtud, huella el derecho,
y arrostra la opinión que te condena.

Como lugar de crímenes que llena
de cruces la piedad, muestra tu pecho,
si para el vil a las perfidias hecho
son premio los honores y no pena.

¡Alienta puesl La multitud olvida,
el tiempo envuelve la verdad en dudas,
la historia engaña, el éxito sanciona.

Únicamente amargará tu vida
la implacable conciencia, el juez de Judas,
que ni olvida, ni miente, ni perdona.

A Darwin

I
¡Gloria al genio inmortal! Gloria
al profundo
Darwin, que de este mundo
penetra el hondo y pavoroso arcano!
¡Que, removiendo lo pasado incierto,
sagaz ha descubierto
el abolengo del linaje humano.

II
Puede el necio exclamar en su locura:
«¡Yo soy de Dios hechura!»
y con tan alto origen darse tono.
¿Quién, que estime su crédito y su nombre,
no sabe que es el hombre
la natural transformación del mono?

III
Con meditada calma y paso a paso,
cual reclamaba el caso,
llegó a tal perfección un mono viejo;
y la vivaz materia por sí sola
le suprimió la cola,
le ensanchó el cráneo y le afeitó el pellejo.

IV
Esa invisible fuerza creadora,
siempre viva y sonora,
música, verbo, pensamiento alado;
ese trémulo acento en que la idea
palpita y centellea
como el soplo de Dios en lo creado;

V
hablo de Dios, porque lo exige el metro,
mas tu perdón impetro
(¡oh formidable secta darviniana!)
Ese sonido como el sol fecundo,
que vibra en todo el mundo
y resplandece en la palabra humana;

VI
esa voz, llena de poder y encanto,
ese misterio santo,
lazo de amor, espíritu de vida,
ha sido el grito de la bestia hirsuta,
en la cóncava gruta
de los ásperos bosques escondida.

VII
¡Ay! Si es verdad lo que la ciencia enseña,
¿por qué se agita y sueña
el hombre, de su paz fiero enemigo?
¿A qué aspira? ¿Qué anhela? ¿Qué es, en suma,
el genio que le abruma?
¿Fuerza o debilidad? ¿Premio o castigo?

VIII
Honor, virtud, ardientes devaneos,
imposibles deseos,
loca ambición, estéril esperanza;
horrible tempestad que eternamente
perturbas nuestra mente,
con acentos de amor o de venganza;

IX
conciencia del deber que nos oprimes,
ilusiones sublimes
que a más alta región tendéis el vuelo:
¿Qué sois? ¿Adónde vais? ¿Por qué os sentimos?
¿Por qué crimen perdimos
la inocencia brutal de nuestro abuelo?

X
Ajeno a todo inescrutable arcano,
nuestro Adán cuadrumano
en las selvas perdido y en los montes,
de fijo no estudiaba ni entendía
esta filosofía
que abre al dolor tan vastos horizontes.

XI
Independiente y libre en la espesura,
no sufrió la amargura
que nos quema y devora las entrañas.
Dábanle el bosque entretejidas frondas,
el río claras ondas,
aire sutil y puro las montañas;

XII
la tierra, a su elección, como en tributo
dulce y sabroso fruto,
música el viento susurrante y vago;
su luz fecunda el sol esplendoroso,
la noche su reposo
y limpio espejo el cristalino lago.

XIII
En su pelliza natural envuelto,
gozaba alegre y suelto
de su querida libertad salvaje.
Aún no grababa figurines Francia,
y en su rústica estancia
lo que la vida le duraba el traje.

XIV
Desconoció la púrpura y la seda
no inventó la moneda
para adorarla envilecido y ciego,
ni se dejó coger, como un idiota,
por una infame sota
en la red del amor o en la del juego.

XV
No turbaron su paz ni su apetito
este anhelo infinito,
esta pena tan honda como aguda.
¡Ay! ni a pedazos le arrancó del alma
su candorosa calma,
el demonio implacable de la duda.

XVI
Y en esas lentas y nocturnas horas
negras, abrumadoras,
en que la angustia nos desgarra el pecho,
con tu mirada impenetrable y triste
nunca te apareciste
¡oh desesperación! junto a su lecho.

XVII
No buscó los laureles del poeta,
ni en su ambición inquieta
alzó sobre cadáveres un trono.
No le acosó remordimiento alguno.
No fue rey, ni tribuno,
¡ni siquiera elector!… ¡Dichoso mono!

XVIII
En la copa de un árbol suspendido
y con la cola asido,
extraño a los halagos de la fama,
sin pensar en la tierra ni en el cielo,
nuestro inocente abuelo
la vida se pasó de rama en rama.

XIX
Tal vez enardecida y juguetona,
alguna virgen mona
prendiole astuta en sus amantes lazos,
y más fiel que su nieta pervertida,
ni le amargó la vida,
ni le hirió el corazón con sus abrazos.

XX
Y allí, bajo la bóveda azulada,
en la verde enramada,
a la sonora margen de los ríos,
adormecidos con los trinos suaves
de las canoras aves,
ocultas en los árboles sombríos;

XXI
allí donde la gran Naturaleza
descubre la belleza
de su seno inmortal, siempre fecundo,
en deliquios ardientes y amorosos,
los dos tiernos esposos
engendraron al árbitro del mundo.

XXII
¡Al árbitro del mundo!… ¡Qué sarcasmo!
Perdido el entusiasmo,
sin esperanza en Dios, sin fe en sí mismo,
cuando le borre su divino emblema,
esa ciencia blasfema,
como la piedra rodará al abismo.

XXIII
Caerá de sus altares el Derecho
por el turbión deshecho;
la Libertad sucumbirá arrollada.
Que cuando el alma humana se obscurece,
sólo prospera y crece
la fuerza audaz, de crímenes cargada.

XXIV
¡Ay, si al romper su religioso yugo,
gusta el pueblo del jugo
que en esa ciencia pérfida se esconde!
¡Ay, si olvidando la celeste esfera,
el hijo de la fiera
sólo a su instinto natural responde!

XXV
¡Ay, si recuerda que en la selva umbría
la bestia no tenía
ni Dios, ni ley, ni patria, ni heredades!
Entonces la revuelta muchedumbre
quizás, Europa, alumbre
con el voraz incendio tus ciudades.

XXVI
¡Batid gozosos las sangrientas manos
déspotas y tiranos!
Ya entre el tumulto vuestra faz asoma.
Que el hombre a la razón dobla su frente;
mas sólo el hierro ardiente
la hambrienta rabia de las fieras doma.

24 de diciembre de 1872

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