DON SIMÓN/

Roque Javier Laurenza (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Tenía un triste semblante,
alto, enjuto, cabizbajo,
mandaba al mundo al carajo,
con la hiel como garante.

Era un tipo sin talante
con el pelo almidonao,
el cigarro a medio lao,
lo que se dice un farsante.

De ganado era un tratante,
charlatán empedernido,
un malaje, mal nacido,
un impostor, un tunante.

Amante de las esquelas,
sinvergüenza y marrullero,
capaz de decir te quiero
mientras te saca las muelas.

Embustero, socarrón
adulador y pedante,
presumido, fanfarrón,
de las mujeres galante.

Así era este don Simón.
Digo era porque fue,
pues muriera el muy bribón,
tal como vivió sin fe.

Y habida esta condición
el cura decidió que
en vez de echarle un sermón
le mandaría al mamón
al infierno sin perdón
pegándole un puntapié. .
©donaciano bueno

Don Simón en esta sátira es representativo de aquellos seres humanos que nacen ya con la maldad en su ADN asi como de los estraperlistas de conciencias ajenas, obsesos religiosos, identitarios (nacionalistas)…etc..con el agravante de que éstos cuando se van al otro mundo lo hacen con la conciencia tranquila, sin importarles los cadáveres que han ido dejando en su camino.

POETA SUGERIDO: Roque Javier Laurenza

Roque Javier Laurenza

Oda simple

Parcus dorum cultor….
Horacio: Odas, 1-34

A tu claro caudal vuelven mis aguas
después de las tormentas. Sometidas,
las olas apaciguan
hasta ser un rumor de caracoles;
un rumor de recuerdos musicales,
de rostros y palabras,
que me llega del fondo de los años
en el Morse preciso de las venas.

No eres vino fuerte del orgullo
de los viejos blasones
que amarillos guardianes funerarios
conservan, cuidadosos,
entre sedas y sables de museo.

Eres lo que me dice la memoria
y el ritmo de la sangre:
la fraterna presencia del amigo,
la sencilla bondad del pan seguro
y la virtud elemental del agua.

Eres la rumorosa, la constante
colmena de las plazas
y los terribles odios pasajeros
de los ásperos diálogos civiles.
Y eres también dolor de litorales,
de campos y caminos
al destino del mar encadenados,
donde la voz del viento se convierte
en sonoro silencio de prisiones.

Ahora siento los ecos de tu nombre
en un libro de cármenes latinos,
cantando, repitiendo
la verdad que los años olvidaron
bajo el polvo de tierras extranjeras.
Y otra vez mis lebreles reconocen
el rostro de su dueño,
los morenos perfiles de sus flancos,
el ademán resuelto que domina
por la ley del amor irrevocable,
y de nuevo sujetos
a los perennes númenes nativos,
humildemente lamen,
para calmar la sed de su destierro,
un recuerdo de mieles y tinajas
con sabor de tamal y tamarindo.

(Otros dirán los himnos consagrados
a tus posibles glorias
y otros también te ofrecerán guirnaldas
de sáficos cantantes y rotundos,
exámetros soberbios,
pero mi voz no tiene tal adorno
de ritmos ni se viste
de rutilantes vestes ditirámbicas,
sino del pobre manto de nostalgias
con que vuelve cubierto el hijo pródigo.)

Quiero, pues, las más simples y propicias
palabras de cristal para brindarte,
Patria de sol y palmas coronada,
mis sílabas filiales.
Una ofrenda de amores mantenidos
en el aire más puro de mi vida
y que vienen volando por mis sueños
con temblor de palomas mensajeras.
Revista Lotería, Noviembre 1962, No. 84

Declaraciones

I
¡Oh efímera artificio de los ritos,
débil columna para tanto cielo!

II
Arder, arder como la llama pura
sin temor de la sombra y la ceniza.

III
Ni reposados causes de palomas,
ni angélicas visiones inefables,
ni mármoles invictos me conmueven.

IV
Yo quiero la pasión, quiero la vida,
las amargas raíces de la sangre
y la roca de Sísifo del sueño.

V
Nadie vive sin mancha. No conoce
la verdad de los frutos quien no sabe
del barro elemental que los sustenta.

VI
Todo queda lejano si no tiene
una voz milagrosa que lo nombre
con los roncos acentos del deseo.

VII
Lejos de mí la lumbrera de la estrella,
los intactos cabellos de Herodías,
las cimas del suspiro y las promesas
que no alcanzan las manos redentoras.

VIII
Dame el instante, vida. No prometas
azules espejismos a quien siente
rodar las estaciones presurosas
sobre escombros de frutas y pasiones.

IX
Lagunas de silencio, densas nubes
de amarillo desdén forman la gloria.
Adornarán la frente de la estatua
las lianas de los años, y el cenizo
polvo de tantos sueños y palabras
cubrirá la derrota de los mármoles.

X
No ganarán la palma del recuerdo
los apacibles ángeles que forman
el coro sin pecados. La corona
será para los huérfanos del júbilo,
para los foscos siervos de la ira,
para los tristes huéspedes del llanto.

XI

La sangre es la verdad, y las orillas
de sus terrestres límites de fuego
son la Tule postrera de mis manos.
Última Tule de los sueños. Tierra,
fatal nodriza de punzantes mimos,
hacia tu piel de larvas y luceros
vuelven mis manos su pación de tacto.
¡Tú eres la paz y el reino de los hombres,
tú la victoria, y el laurel, y el cielo,
y la secreta envidia de los dioses¡
Tierra Firme, Nº 3.

Elegía

Hija de Alcestes. resignada y dócil
al sacrificio de tu diaria muerte,
pozo en que vuelcan sueños y deseos
las dominantes venas de los hombres,
¿qué flecha de crueldades renovadas
¿hirió tu corazón de corza leve?
¿Qué Dios de voluntad inapelable,
sordo a tu queja y a tu rostro ciego,
te castigó, terrible, con la dura
cadena del amor que no se nombra?

En tus insomnes ojos se reflejan
horas sin nombre, rostros sin futuro,
amargos simulacros donde el alma
muere del mismo bien que la sustenta.
Y tu cuerpo, que pródigo se ofrece
al anónimo tacto de las sombras,
como estatua de arena deleznable
al tocarlo y gozarlo se consume.

¡Oh la perenne sed y la tortura
de tus ardientes labios dolorosos
al borde de la fuente donde nace,
sin brotar nunca, el agua codiciada!
Ninguna boca buscará la tuya
lejos del rito inmemorial del lecho,
espejo de tinieblas luminosas
donde rostro ninguno se contempla.

Tú no tendrás quien baje a los infiernos
a rescatar del fuego tu memoria,
ni lograrás, Eurídice salvada,
perdones de los dioses por la lira.
No llorarán los ojos de los castos
la repetida muerte de tus sueños,
ni una corona de palabras puras
te ofrecerán los otros, lujuriosos.

¡Oh milenaria víctima de Admeto,
cordero de callados sacrificios,
perpetua pasajera, te conozco!
En el silencio elemental del goce,
yo supe tu verdad irrevocable.

Llora por ti, ruega por ti. Las mieles,
los recónditos frutos de tu seno,
el jugo de la sangre detenido
sin llegar a los surcos de tu vientre
__ricos mendigos de sus propios dones,
de tus tesoros imposibles, ávidos__,
se agotarán, inútiles, intactos.

¡Adiós¡ Tu sombra fugitiva queda
un instante no más en la memoria
como el ala del pájaro en el lago,
como canción que volverá mañana
sin que podamos recordar en dónde
su conocida música aprendimos.
“Sur”, Buenos Aires, N° 160

Dos sonetos a Rogelio Sinán

Como respuesta a otro de agresivas rimas.
(Hace unos veinte años, el poeta Rogelio Sinán no pudo soporta una broma de su viejo compañero de luchas literarias, hecha con motivo de unas moscas que invadieron a Panamá, y respondió con un soneto cuyas difíciles rimas –las mismas que se emplean aquí- le obligaron a ser más duro de lo que se proponía).

I
Dejo la chanza y sigo mi provecho.
Quevedo.
Tomo la rica rima con que inicia
tu numen ofensor golpe derecho
que alcanza y hiere mi desnudo pecho
y lo deja a merced de tu sevicia.

Item más, ya descubro tu malicia
al hacerme salir por tan estrecho
canal donde, si bogo con provecho,
debo remar -rimar- con gran pericia.

Mas valga lo ocasión propiciadora
si el díptero tenaz, que martiriza
tu frente de laureles coronada,

Cesa su vuelo. iY queda la jornada
en llama de rencor vuelta ceniza
y en Caja de amistad la de Pandora!

II
Si cual Góngora y Lope sinanizas
con retóricos áspides mordientes,
si me clavas tus férreos fieros dientes
y en barroco soneto me eternizas,

Gracias te doy, Sinán, porque suavizas
mis duras soledades inclementes,
haciéndome murmullo de las gentes
por el asta verbal donde me izas.

y en pago de tan pródiga clemencia,
convoco a son de trompa las ligeras
legiones del moscón y el moscareto.

¡Y dejo con galana reverencia,
al pie de tus gongóricas banderas,
los catorce moscones de un soneto!
Del libro: Campo de Juegos

Epitafio para un Humanista

(Tal vez el último endecasílabo de este soneto puede hacer perdonar la rabelesiana grosería del tema. Ese verso, en efecto, es algo así como un caballero de evidente prosapia clásica que se encanallece en hampesca compañía. El humanista se llamó Fabio Cordero, hombre que pasó por el mundo en silencio, como si dijéramos en puntillas, y a quien largos años de vida en puertos del Egeo le dieron, junto con el amor por las humanidades, la afición por la Afrodita Calipigia).

Este de mármol túmulo severo,
no de piedad, de miedo monumento,
es sitio de terror, duro momento,
de quien, si tigre, se llamó Cordero.

Gozóse en el lascivo estercolero.
y no es lanzar metáforas al viento,
que fue contra natura su contento
y su gloria mayor un sol postrero.

¡Oh, tú, que llegas solo, caminante,
pasa de prisa y cauteloso cubre
tus fofos flancos contra dura suerte!

¡Ay de tu pobre cuerpo provocante
si Cordero despierta y lo descubre
después del largo ayuno de la muerte!
1948. Río de Janeiro.
Del libro: Campo de Juegos

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