NACER PARA MORIR (Tragicomedia)

Abigail Lozano (poeta sugerido)

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De niño con la pluma yo escribía
tratando de seguir bien los renglones,
cuidando no salirme de la vía,
huyendo de borrones y tachones.
Si acaso el evitar no conseguía
y aquel que me enseñaba lo veía 
me daba dos capones.

Después, algo más tarde, adolescente,
la pluma se murió. Y el escribir
se tuvo que adaptar. Y el escribiente
a máquinas no pudo resistir.
Mas ésta ya nació para morir,
cual muere el sol naciente.

Pues poco esto duró, solo unos años,
que al tiempo apareció el ordenador,
y a muchos nos pilló sin travesaños;
haciendo gala fiel de su esplendor
la máquina y la pluma sin fulgor
quedaron como extraños.

Y aquí no he de mentir a mi lector,
presiento que un buen día ha de llegar
un dios que se declare el Escritor,
el único, el Poeta, el Profesor
que acaba un algoritmo de inventar,
el sumo y gran Señor.
©donaciano bueno

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Abigail Lozano

DIOS

¡Señor!, en el murmullo lejano de los mares
Oí de tu palabra la augusta majestad;
Oíla susurrando del monte en los pinares
Y en la de los desiertos callada soledad.

Tu voz cruza en las brisas, y en el perfume leve
Que brota a los columpios de la silvestre flor;
Tu sombra entre las aguas magnifica se mueve;
¡Tu sombra, que es tan sólo la inmensidad, Señor!

Tú diste a la esperanza las formas de una fada;
Purísima inocencia le diste a la niñez;
Si diste sed al hombre, le diste la cascada;
Si el hambre, en cada espiga la aprisionada mies.

Tú diste a la montaña su soledad augusta,
Su sombra gigantesca, su religiosa paz;
El estampido al trueno, que el corazón asusta;
Su brillo a las estrellas, reflejo de tu faz.

Y diste al hombre acentos para cantar tu Hosanna
Cuando la negra noche le pide una oración;
Mas calla el hombre entonces; por eso en la montaña
Los pájaros te ofrecen universal canción.

Tú hicistes esas playas que ciñen los contornos
Del mar, que en vano intenta salir de su nivel;
Y diste al Cotopaxi sus inflamados hornos
Que imitan los horrores del antro de Luzbel.

Tu nombre en el espacio lo escriben los cometas
Con cifras misteriosas que el hombre no leyó,
Porque jamás supieron ni sabios ni poetas
El inmortal arcano que en ellas se encerró.

-¡Jehová!… dicen las brisas; ¡Jehová!… dice el torrente;
¡Jehová! dicen los Andes, y el huracán, ¡Jehová!
Y todas las criaturas te llevan en su mente.
Porque doquier impreso tu santo nombre está.

Yo sé que tú inflamaste los soles del vacío;
Que sólo el derramado, sonoro y ancho mar.
Con sus gigantes voces podrá, no yo, Dios mío,
Al son de las borrascas tu gloria celebrar.

¡Señor! cuando en mis horas de soledad y duelo
Se bañe en sus tristezas mi pobre corazón,
Aleja tú las nubes, mientras remonta el vuelo
Hacia tu santo alcázar, mi férvida oración.

LA BIBLIA

Yo he leído ese libro misterioso
que por el mismo cielo fué dictado;
del Profeta y del Ángel he escuchado
de nube en nube retronar la voz.
He asistido al festín de las ciudades,
y de sus copas al hirviente ruido,
he escuchado el horrísono chasquido
de las llamas coléricas de Dios.
Mas ni el Ángel, ni el fuego, ni el Profeta
han dejado un recuerdo en mi memoria,
como una triste y dolorosa historia
que vive en ese Libro inmemorial.
Es la historia de un NIÑO que en el cielo
durmió el sueño primero de la vida,
y al abrazar una ilusión querida,
despertó en este valle terrenal.
Mas despertó en los brazos cariñosos
de una Virgen purísima y divina,
hermosa cual la estrella matutina,
más pura que el radiante serafín.
Cada letra del nombre de esa Virgen
es en el cielo un canto, una armonía:
la tierra misma al pronunciar MARIA
exhala el dulce aroma del jazmín.
A ese nombre Luzbel en sus abismos
tiembla… ve el cielo y brilla suspendida
en su pupila cárdena, encendida,
una lágrima hirviente de dolor.
Porque ese nombre lo llevó en la tierra
una mujer que alimentó en su seno
al Dios que guarda entre la nube el trueno,
el relámpago, el rayo abrasador.
Del sagrado Jordán las aguas puras,
de aquel NIÑO la imagen retrataron;
sus playas solitarias escucharon
el beatífico nombre de Enmanuel,
a esa voz se inclinaron con respeto
los árboles del bosque y las montañas;
y del Jordán las olvidadas cañas
humillaron su rústico dosel.
Aquel NIÑO creció… Mas unos hombres
le escupieron el rostro y le mofaron,
y en sus hombros sagrados colocaron
una pesada y vergonzosa cruz.
Él la llevó hasta el Gólgota bendito,
y en ella con furor le suspendieron,
y de espinas, sacrílegos, ciñeron
la sien del genio que formó la luz.
La MADRE estaba allí.., y en su abandono
la salpicó la sangre del Calvario…
¿Quién enjugó sus llantos? El sudario,
prenda de amor del NIÑO que perdió…
La MADRE estaba allí.. . Flor solitaria
que brota en la maleza del desierto,
y que cierra su cáliz entreabierto,
cuando huye el sol que su calor le dio.
Sí; ni el Ángel, ni el Santo, ni el Profeta
han dejado un recuerdo en mi memoria,
como la triste y dolorosa historia
que vive en ese Libro inmemorial.
Los siglos rugirán sobre las torres
que levanta a las nubes el orgullo;
mas su potente y colosal murmullo
respetará esa página inmortal.

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Recuerdo de pequeño, que elegirallí no se estilaba,y había que coger lo que se daba,tampoco se podía discutirpues pronto algún sopapo se escapaba.
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Hola! ¿amas la poesía? ya eres mi amigo. Te adelanto que mis poemas pueden ser reproducidos sin previo aviso siempre que me cites. ¿hay algo que te gusta/no te gusta/sugerencias? Anda, dímelo. Te escucho!
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