SE ME ROMPIÓ UN POEMA

Poeta sugerido: Juan Ángel Asensio

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Se me rompió un poema y cayó al suelo,
hecho trizas quedó allí. Su alma intacta,
furiosa le afeó falta de celo
a éste que lo inspiró y así se jacta.
A reparar se puso con anhelo,
del hecho ahora aquí levanta el acta.

Las palabras armaron gran revuelo,
las letras resbalando desmadradas,
una tilde elevar quería el vuelo
mas a su alma gemela no encontraba.
¿las ideas? quizás fueran de duelo
pues por más que indagué no las hallaba.

Quise buscar tu nombre entre los restos,
suavemente yo recité tu nombre.
Ni un susurro se percibió, ni un gesto.
No te extrañe por ello, no te asombre,
guardado está en mi corazón, mi tiesto,
la flor verás en cuando desescombre.

Dolido sigo en esta travesía
esperando decir abracadabra,
arreglándolo me hallo todavía,
aún me queda la última palabra.
¡Al fin repararé mi felonía!
pues la suerte sólo es de quien la labra.
©donaciano bueno.

POETA SUGERIDO: Juan Ángel Asensio

Juan Ángel Asensio

HORAS TRANQUILAS Y FELICES

Calentábamos café en el hornillo viejo
fuera hacía frío
oscurecía
y la vida sobrevolaba el relieve de lo mítico /
dentro silbaban los radiadores
como incomprensibles fantasmas de plomo /
la noche iluminaba biografías submarinas
todas menos la tuya
tu biografía aún es jóven como el aburrimiento
como todo lo que es frágil
y apenas puede remontar su imagen /
una sospecha de olores nuevos
atravesaba la cocina
impulsando un bucle narrativo
desconocido hasta entonces
»ya no fumo marihuana» me dijiste
»me conformo con una birra fría
a estas horas de la tarde
y un viaje de vez en cuando»
en aquel entonces siempre estabas hablando de tus viajes /
de aquel país poblado de ojos
donde el tabaco era más dulce,
donde los hombres cantaban lento
para ahuyentar a la muerte,
donde mujeres enormes con el sexo inflamado por los ríos y la geografía
cocinaban solamente aquello que eran capaces de cazar
con la desnudez templada de sus manos /
yo te escuchaba con la sencillez del templo en calma
fumando suave los últimos cigarrillos que podía permitirme
sin llegar a pasar hambre /
aquello era todo lo que tenía
todo
horas tranquilas y felices
en la última frontera.

 – – –

I

mamá dame la mano
dámela ahora
nadie nos quiere en este mundo vuestro de
cuerpos y síntomas
mamá dame la mano
su olor a jaula masculina
y guárdame en la cruel anatomía del trigo
cubre mis tímidos huesos con los huesos
de los perros ciegos de mi infancia
que tu mano venga con un instinto de larva
al borde esférico
de la herida
muéstrame de nuevo
el color paciente de los membrillos
la cúspide sanguínea
que profundiza en las madrigueras
mamá dame la mano
quizá así
consiga
olvidar
el sabor
de la nieve

II

entregamos la juventud, la onomatopeya
silenciada, la partícula sublime
del mundo. todo los dejamos
bien apilado, al margen, lo uno
sobre lo otro como glándulas hinchadas o
primitivos estómagos heredados,
cadáveres en fila con todas las
palabras y los hielos de los hombres
cosidos en la boca

así como enumeramos, somos.
así como invocamos al venado
y descansamos sobre el pasto nuestros
tiernos esqueletos

así como no cabemos en noche
alguna sin que los ojos
de otros revelen en nuestro rostro
un sonoro golpe de horror sísmico

así desde el principio, nuestra
especie. antes que la gacela,
el cuenco
y los reactores

antes que la edad
y
los primeros huesos de ballena

III
tengo las manos llenas de altura. mi abuelo recoge la entraña de la higuera / con sus
pies espanta a las gallinas mientras yo me hundo en el barro enfermo del bancal.
tan solo un niño secreto tras una cáscara de cal detenida. el hombre tiene que
adornarse el pecho con la sangre incansable de la res el hombre tiene que
despellejar con navaja al cordero el hombre es capaz de contener la respiración
primera del mundo en sus músculos. nunca alcancé la herida de la higuera pero
supe detenerme a tiempo para hacer de su raíz una íntima búsqueda de infancia. la
metamorfosis del cuerpo no alcanzó a ocultar la meseta de uralita ni la formación
mamífera de la pesadilla. al volver de la era mi abuela alimentaba la lumbre con su
rostro. no volvimos a escuchar la escritura del caballo. los tiestos dejaban asomar
su tierra protectora cuando la nieve se cubría con el azufre de los hombres & las
crías de erizo habitaban otras formas. nueve personas en una casa muda. pan para
ocho
(Huesos de ballena, Ed. Esdrújula 2019)

INÉDITOS

I
aprendí a hacer fardos
pequeñitos primero cabían
en mi mano de pájaro asustado
más grandes después cada vez más
grandes necesaria una espalda instruida
para cargalos amontonarlos junto
al zahurdón

fardos de paja primero
más grandes después cada vez más
grandes de ramas de avellano nogal
castaño trenzando el bosque entero
con mis dedos donde iban a beber
las heridas como peces rojísimos
nacidos en los pernales allí donde
nacieron también las heridas de mi abuela
brazos y piernas escondidos tras las mieses
unidos ahora por el desgarro y la piel herida
unidos ahora por la sombra cerrada

de la misma sierra.

II
cuando res
ba
la la fuente y es
de noche y el agua no quiere venir
a regarnos los muertos y se retiran
las mujeres y los hombres a sus casas
en penumbra herida y sin cauce
yo digo yo guardo el tierno
cráneo del trigo en estas manos de lluvia
cuando se queda sin sombra la fuente y es
de noche y el viento no quiere venir
a arroparnos los muertos

III
ofréceme renovada una altura
que dure y se haga
concha / lámpara de cloro / magma
endurecido cáscara de cal que no tiembla
y allí conténme doblégame como si fuera
un arbolito de metal sonoro humíllame
como si fuera más que un sacrificio /dios/
he probado todo he probado la asfixia de
la flor en nuevas cumbres el vientre submarino
de la sed / en cuál de tus rostros en cuál de tus
movimientos telúricos he de olvidar los míos?
/dios/ no es nueva para ti esta súplica:

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