YO SÉ QUE LA DISTANCIA ES EL OLVIDO

Francisco Javier Larios (poeta sugerido)

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Yo sé que la distancia es el olvido,
que el día en que me muera olvidaré
las buenas tantas cosas que aquí amé,
y sé que aunque quisiera ya hacer ruido
ya nunca más lo haré.

Pues sé también que el tiempo y la distancia
un salto harán mortal en el vacío,
sufriendo en ese ambiente tan sombrío.
No arriendo ya el recuerdo la ganancia,
no existe el albedrío.

Y entiendo que ese tiempo de locura
que empieza cuando el ojo no ve nada,
pondrá el punto final a esa jornada
-no sirven ya los puntos de sutura-,
dibujo a mano alzada.

Que aquí queda el morlaco ya hecho astillas
a pachas con su intriga y con su historia,
a expensas venga un viento a la memoria
la queme como el fuego a las gavillas,
y ya quede su escoria.
©donaciano bueno

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Francisco Javier Larios

(Premio Estatal de Poesía en 1981)

Elegía de aniversario

Sé –mi hermosa Cinthia– que tengo los días contados
que ya no podré ser el mismo hombre
que acariciaba la tersura de tu cuerpo
con una constancia viril y apasionada.

Sé que los demonios del amor inconfesable
por fin me han alcanzado.

Sé que de hoy en adelante
cada paso que dé será difícil
como un vía crucis solitario, humillante y silencioso.

Sé que ya no habrá agua en tus fuentes
para mis sedientos labios.

Ni una posada abierta, ni un mendrugo de pan,
ni siquiera unas migajas de cariño sobornable.

Todo será polvo, todo será sombra, todo será olvido.

Sé que todo está por terminar –mi apasionada Cintia–
Y sin embargo me resisto a aceptar
ese destino fatal e inevitable.

Para conjurarlo conservo algunos amuletos:
Tu voz conversando en un idioma hermano.
La sonrisa radiante de nuestra pequeña flor.
Algunas cartas que juntos escribimos.
Y el recuerdo inolvidable de tantas noches compartidas
en las que ardieron nuestros cuerpos
como una hoguera de fuego inextinguible.

LA CAÍDA DEL ÁNGEL

(A la memoria de Ángel Ganivet García (1865-1898).Precursor simbólico de la Generación del 98).

I
Viajo hacia el norte, siempre hacia el norte,
hacia las tierras frías y brumosas.
Dejo atrás a mis aldeas
bañadas de un sol que enceguece
y a un país, que se va oscureciendo poco a poco.
Voy huyendo del fracaso
y la debacle inevitables,
perseguido por los feroces
demonios de la melancolía;
que ya están a punto de alcanzarme.

II
Soy un hombre enfermo de tristeza.
Soy barro, lágrimas, olvidos
y un extraño dolor que no dice su nombre.
Sólo tengo de ángel el agua bautismal
que no logra lavarme los pecados,
“mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo”,
y el sueño impreciso de un edén subvertido,
bautizado antaño por beduinos sedentarios
como la erizada perla de los califas,
también llamada luego, aldea o patria de ceniza.

III
Voy buscando el fin de la tragedia
en el libro ignoto de los días,
con un desenlace que ya se había escrito.
Sobre las heladas aguas del río Dvina
puedo escuchar el canto seductor
de esa sirena que me llama,
inevitablemente a su regazo.

IV
Con el agua hasta el cuello
y al filo del naufragio
rememoro una infancia tan lejana y sombría.
Filigranas acuosas, estrellas doblegadas
ante el mentiroso reflejo de su brillo.
Tiempo líquido que fluye inevitable…
Ladrón de la tibieza perdida en aquellas manos
que maternas y amorosas me arrullaron…
Soledades maduras para cosechar de tajo.
Recuerdos que agitan el río
para dejarlo finalmente, calmo.
Agonía reveladora del instante: espasmos y fracasos;
caigo y me sumerge la pesada carga de la vida
y atado al cuerpo llevo el lastre
de inumerables sueños que no fructificaron.
Pero este suicidio será el único proyecto no frustrado.
La realidad es apariencia
y todo lenguaje, un engaño.

ÉXODO

Cerca de la soledad
en cuya esquina
esperan hacinadas
a que llegue
la mariposa de turno,
paredes de queso cuelgan
de la indolencia.

Es así como este poema
se ríe del interpretador de sueños,
y como, a salvo del estruendo,
florece vengativa la criatura de sal
que vendieran viejos autores
al precio de una fábula

Que no se envanezca Egipto con su Nilo,
pues mil de ellos hay
en el Sannil de Granada (2)

Por uno escaparemos mientras duerme el interpretador
un silencio feliz con su largo bostezo.

¿Adónde ir? A andar. A robar tumbas
A arrancarle
pulgas a las momias.

Que alguien
se atreva a denunciarnos
que acuda al lugar de los deshechos
y que esculque
la mentira.
Encontrará nada más
nuestros huesos
ociosos, llenos
hasta la saciedad de escape.

El interpretador de sueños
verá la hamaca inmóvil moverse y el sol
acuchillar su arena.

Pero ya iremos lejos. Lejos de toda adversidad. ¿O lejos
de toda libertad?
La piel de la pregunta infructuosa es ¡tan cantable!
Flores de sal la besan en amores sin templo.
Mueven sus pervertidos cuellos,
sus sodómicos tallos
en el centro del polen.

Esto no lo entiende el interpretador.
He ahí nuestra indescifrable victoria.
Nos ha hecho y ha extraviado
el mapa de su intento.

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