»CAÍA, CAÍA, CAÍA LA NIEVE

Sugerencia: Claribel Alegría
Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail
EL POEMA Lee otros poemas de HUMOR

 

Caía la nieve, lenta, suavemente,
cubriendo el tejado, sobre las iglesias,
los huertos hirsutos y los cementerios,
caía sin ruido, volando indolente,
saltando al vacío, sufriendo de amnesias,
en cúpulas grises de los monasterios,
pidiendo clemencia como un penitente.

Caía, caía, pues no se cansaba,
sin nadie lo impida, sirviendo de adorno,
llenando de copos, brindando caricias.
Caía la nieve, nevaba y nevaba
pintando de blanco a todo el entorno
calcando el atuendo de níveas novicias,
obviando a la tierra que se resignaba.

Y a la carretera cubría de nieve
sobre los barrancos y las torrenteras,
sin prisa y sin pausa dejando sus huellas,
y entre los arbustos matando el relieve,
se fue aposentando firme en las praderas
desnuda sin ropa cual bellas doncellas
a cuya mancilla nadie ya se atreve. 

Caía, caía, con su fantasía,
que, fértil, baldía, la tierra inundaba,
y allí se mostraba cual tapa de un cuento.
Yo a solas mostraba la melancolía
de aquella belleza que allí contemplaba
a dios dando gracias por tal sentimiento.
Y fue en un momento que el cielo se abría.
©donaciano bueno

¡Qué bonito es ver nevar! Clic para tuitear

Claribel Alegría

(XXVI Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana de la Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional de España.

Carta al tiempo

Estimado señor:
Esta carta la escribo en mi cumpleaños.
Recibí su regalo. No me gusta.
Siempre y siempre lo mismo.
Cuando niña, impaciente lo esperaba;
me vestía de fiesta
y salía a la calle a pregonarlo.
No sea usted tenaz.
Todavía lo veo
jugando ajedrez con el abuelo.
Al principio eran sueltas sus visitas;
se volvieron muy pronto cotidianas
y la voz del abuelo
fue perdiendo su brillo.
Y usted insistía
y no respetaba la humildad
de su carácter dulce
y sus zapatos.
Después me cortejaba.
Era yo adolescente
y usted con ese rostro que no cambia.
Amigo de mi padre
para ganarme a mí.
Pobrecito el abuelo.
En su lecho de muerte
estaba usted presente,
esperando el final.
Un aire insospechado
flotaba entre los muebles
Parecían más blancas las paredes.
Y había alguien más,
usted le hacía señas.
El le cerró los ojos al abuelo
y se detuvo un rato a contemplarme
Le prohíbo que vuelva.
Cada vez que los veo
me recorre las vértebras el frío.
No me persiga más,
se lo suplico.
Hace años que amo a otro
y ya no me interesan sus ofrendas.
¿Por qué me espera siempre en las vitrinas,
en la boca del sueño,
bajo el cielo indeciso del domingo?
Sabe a cuarto cerrado su saludo.
Lo he visto con los niños.
Reconocí su traje:
el mismo tweed de entonces
cuando era yo estudiante
y usted amigo de mi padre.
Su ridículo traje de entretiempo.
No vuelva,
le repito.
No se detenga más en mi jardín.
Se asustarán los niños
y las hojas se caen:
las he visto.
¿De qué sirve todo esto?
Se va a reír un rato
con esa risa eterna
y seguirá saliéndome al encuentro.
Los niños,
mi rostro,
las hojas,
todo extraviado en sus pupilas.
Ganará sin remedio.
Al comenzar mi carta lo sabía.

No te pierdas todas las Noticias de hoy sobre Literatura
poesía-versos-poetas-poemas-literatura-escritores-cultura-libros-editoriales-formación escritores-asociaciones literarias-webs-noticias literarias-premios-concursos-talleres escritura-poética