SER ÉL MISMO/

Leonardo Boix (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Que ha llegado hasta aquí sin tener casa,
sin nada, ni sustento que alimente,
y ésto ha hecho que él se sienta indiferente,
ignorando en su vida lo que pasa,
si es que debe tomarme todo o guasa

lo que ocurre en la esfera de su mente.
Brotando de la herida a borbotones
sintiendo que la llaga no restaña
ha intentado meterme en la maraña
del arte irracional y apreciaciones.

Y ha bajado y subido a sus mansiones
donde dicen que anida el raciocinio
como aducen que lo hizo el joven Plinio
y ha tratado de hurgar las emociones
sin tener de las mismas su dominio.

Y ha fumado tal cual si fuera un simio
que se atreve a saltar de rama en rama
intentando ascender a alguna cama
desde el árbol humilde al más eximio
soportando lo injusto de su fama.

Y así fuera que no sea el más listo
en las telas de araña se ha enredado
y en la lucha al salir más se ha embrollado
para luego llegar y darse el pisto
así fuera la suerte no ha premiado.

Sólo sabe, hay quien dice, él es un hombre
que ha llegado a arrojarse hacia el abismo,
difícil y el más arduo silogismo,
sólo un ser que no tiene quien le nombre,
quisiera ser quien piensa, ser él mismo.
©donaciano bueno

¿Conoces a Leonardo Boix? Lee/escucha algunos de sus poemas

Leonardo Boix

El infierno de los insectos

En casa jugábamos
con muñecos de madera y la Atari
los suburbios son verdes, el polvo de las verdulerías
crecer junto a las calles
las villas, luces por la noche
Dársena Sur
y el río que no toco
cruzar el puente del Riachuelo
mi mamá nos llevaba a Avellaneda
cada jueves a ver a la abuela en el geriátrico
lleno de gente, a la espera
de su propia muerte
el olor poderoso
a pis, medicamentos, talco rancio
mi abuela era terrorista
ponía bombas debajo de los colectivos
en la época de Perón
la hacía llorar a mamá
anclada en su silla de ruedas, fumaba
cigarrillos de tabaco negro
tosía como una bestia
los chicos jugábamos al tenis en la calle
la red, una línea imaginaria en la vereda
O’Higgins y Magallanes, la casa de la esquina
yo besaba a los chicos en el ático
escondido del mundo afuera
olor a esperma recién formado
hacíamos muñecos de Fin de Año
explosión y fuego
las casitas suburbanas reflejaban luz
después venían las bombitas de febrero
látex en distintos colores
las chicas no querían mojarse
las tardes eternas mirando pájaros
yo me portaba bastante bien de chico
igual torturaba a los insectos
que encontraba en el patio de casa
tenía mucho cuidado en la disección
de los torsos y las antenas
hasta que las partes del conjunto
dejaran de reflejar a los antrópodos.

Los mandados

En el barrio de mi casa
había un vecino torturador
de señoras embarazadas, que usó mucho la picana
en los centros clandestinos
fue médico de la policía
en el Pozo de Banfield
usaba gomina, se cortaba el bigote fino
a Jacobo Timerman
le sostuvo la lengua para que no se ahogara
mientras lo torturaban
cada mañana salía
a hacer muy contento sus mandados
con sus perritos de raza, dálmata, el setter colorado
a buscar el diario, el pan, los cigarrillos
a papá lo invitó incluso a su barco
para navegar por el delta del Tigre
y tomaron mate, peperina
mientras el sol aplastaba los camalotes
con el hijo del torturador
hasta anduvimos en patineta, fumamos Marlboros
venían a nuestros cumpleaños
a soplar las velitas
tenían sillones de pana
y una colección de armas bien ordenadas
que colgaban juntas en la pared de entrada
al torturador finalmente lo encontraron
le dispararon una mañana
20 balazos al cuerpo
querían venganza
por los bebés que había regalado
cuando le apuntaron, el represor usó
como escudo humano
a su esposa
él terminó en silla de ruedas
sin poder decir una palabra
le caía baba de la boca
el ataque ocurrió así como lo cuento
justo en la esquina de mi casa
ahí pintaron la V de la victoria
los agujeros de las balas aún quedan
la calle se llamaba Magallanes, y ahora Madres de Plaza de Mayo
pero yo ya había inmigrado a Inglaterra

Barco de Inmigrantes

A Diana Bellessi

El barco que me trajo
había perdido el rumbo
y en lugar de detenerse
en cada puerto con faro,
como estaba acordado
cuidadosamente,
siguió marcha por los océanos
desparejos, hacia la tormenta,
pasajeros desolados,
primera clase,
todos inquietos,
preguntaron incómodos
el destino asegurado,
la instancia del sueño
desde la cubierta, yo
detenido en el tiempo
miraba las gaviotas
comerse los deshechos
suspendidas del cielo
en la inmensidad sin horizonte.
La gente amagaba
a despegarse del intento
y el viaje siguió por arte de magia,
pero nadie se bajó
porque el ritmo lo marcaba
la tripulación estática,
hasta mi Tía Gracia nació a bordo
y el abuelo Raúl piloteaba,
capitán, eslora, camarotes, ensenada
el bisabuelo Ramón y María la siciliana

venían de Corrales, Zamora y San Mauro,

traían la guitarra y los bolsos

apilados,
los inmigrantes del barco que me trajo
no se detuvieron en ninguna parte
vamos todos juntos,
como náufragos,

por este laberinto de profundidades.

Esta historia tan mía

En la biografía de mi vida
diré cosas como
“Sin poder confesarlo”,
“Morí tan solo”,
“La vida que me fue indiferente”.
El libro tendrá hojas amarillentas,
como escrito en otro siglo,
lo repartiré entre desconocidos,
para que crean que estoy loco,
pondré un puesto en el mercado de los sábados,
y leeré página por página,
aunque nadie me escuche.
En la autobiografía de esta, mi vida
contaré que días antes de su muerte
mamá me dijo: “Recen por mí”.
Y yo le hice caso
y como loco le hablé
a los objetos del más allá,
y una noche de verano y luna llena,
la vi dormir tan quieta,
blanca transparente,
en la habitación de mis hermanas,
le pedí que se quedara,
pero la oscuridad se la llevó
sin importarle.
El libro de mi historia
hablará del pueblo de mi infancia,
del calor de diciembre,
del jazmín del país, de las gardenias
en racimos semi-abiertos,
las calles con olor a mojado,
y el campo con vacas blanco y negro
que veíamos desde la ventana del auto.
Y cuando se agote la autobiografía,
me dedicaré a plantar árboles frutales,
para que la simetría
de lo verde,
me transforme
en jardín exótico
de los trópicos.

Rubén Darío

El ánfora funesta del divino veneno
que ha de ser por la vida la tortura interior,
la consciencia espantable de nuestro humano cieno
y el horror de sentirse pasajero, el horror

de ir a tientas, en interminables espantos,
hacia lo evitable, desconocido, y la
pesadilla brutal de este dormir de llantos
de la cual no hay más que ella que no despertará.

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