EL RESENTIDO

Mi Poeta sugerido: »Yunier Mena Benavides

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A su sombra el resentido va incordiando
cual si fuera que la culpa ella tuviera,
no comprende que el que espera desespera,
ni pregunta y se responde así hasta cuando
por qué fue que todo aquello sucediera.

Lleva siempre a sus espaldas la congoja
del que sufre de un dolor incomprendido,
despechado con el tiempo que ha vivido,
incapaz, que del rencor no se despoja,
y no puede despeñarlo hacia el olvido.

Lleva el duelo restañado en sus entrañas
y aunque quiera despegar no halla consuelo,
derramando va sus lágrimas al suelo,
que en sus ojos lleva impresas telarañas
que aconsejan no escupir mirando al cielo.

Pues que el rictus es del alma un fiel reflejo
de esa hiel de una amargura putrefacta,
que horadando persistente en él impacta
mas no admite que haya nadie dé un consejo
pues, obseso, él está preso. Alea jacta.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Yunier Mena Benavides

Yunier Mena Benavides

La espiga en el delta

Me complace la espiga enraizada en el delta,
La abeja muriente en la corola
Después de haber besado la claridad del polen.
Me complace el arado de madera que fabricó mi abuelo,
La sabia paloma de la tarde
Que no ha inventado un dios para temer el rayo.
Albura y corazón las manos del abuelo
Ayudaron a engendrar otros verdes en el delta,
Verdes que fácilmente mecían los agostos.
¿Cómo nacen y mueren los valles,
Las melenas de los bravos leones;
Las garzas,
Cómo retoñan las garzas su blanco en el almendro?
Me complace la vida que corre en las patas del lobo y canta en la ballena,
La vida en los ojos de una mujer que amo.
Los jardines que las madres irrigan bajo el alero
Tienen muchos hermanos en los arrecifes
Y en el cuadruplicado vientre de los animales que rumian.
En cada reino viviente la espiga es numerosa,
Es lo que cruje en los aserraderos y en la boca de los comensales,
Es lo que debiera crujir en la boca de los que no comen.
Todo o casi todo está vivo,
La piedra que ha tocado el artista,
Los astros que son cirios en la noche del poeta.
Me complazco largamente palpándome la cara,
Las uñas me crecen y me palpo la cara,
El cerebro,
Los bíceps que pensarán algún día junto a mi cerebro.
Estoy vivo como las berenjenas que se dan en la desembocadura,
A su par gusto de la luz y del agua.
Mis raíces de hombre apresurado se esparcen a tumbos por la tierra.

De La espiga en el delta (Inédito).

Ahora

No es bueno
quedarse en la orilla,
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente
imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran
corazón de los hombres palpita extendido
VICENTE ALEIXANDRE

Algo pasa que ansío encontrarme con el mundo.
Si antes me establecí en los márgenes del río
Ahora quiero barca o nado,
Situarme al centro del flujo de manos y voces que la corriente arrastra.
Hola mano amiga, voz amiga,
Háblenme del hombre diario, de sus colinas verdes
?Tierra tomada de insectos y demás formas vivientes?,
Del hombre en las plazas y en las noches citadinas,
Del hombre en intemperies confortables y entre paredes confortables.
Háblenme del hombre vivo que se mueve en el espacio y el tiempo sin recato.
Él ha transitado los mares y los bosques en sus carruajes,
En sus rostros del hombre que transita aguas, labios, tierras
Con el pecho bien arriba para ser venerado u ofendido.
Avanzo por un camino estrecho,
Por una cuerda en la que el viento repica sus tambores y amenaza,
Pero morderé las arenas con orgullo
Cuando me acerque al próximo mar y su faz cruce
A golpes de brazos, de párpados, de sílabas;
A golpes de otros mares pequeños que aguardan en mí.
Morder la arena es asirse a los íntimos laureles,
tenerlos para asirse a ellos,
Jamás dormirse en la costa.
Algo pasa. Llévenme al parque al que los niños empujan sus trompetas,
A los patios donde se canta con guitarra
Y una mujer se equivoca de futuro.
Llévenme a las plazas, al encuentro con la luz infinita de la noche.
Ahora es mío este mar.
Contiene bondad y flaqueza, herrumbre y fe,
Liebres que silban en delgados montículos.
Ellas avisan, avisan, avisan.
Mientras sonrío y duermo las liebres colocan su aviso en mis oídos
Como las plumas desplegadas de la cola de un pavo.
Ahora es mío este mar,
No dejaré que se escurra imitando el aguacero,
No hay hombre sin mar hondo al que pueda lanzarse.
Mi mejor armadura es el salto,
Ese que aún no doy
O sí doy con mis fuegos, mis palabras y mi desnudez.
Salto hacia mí y hacia el mundo,
Hacia la noche salto, hacia ti;
Desde una colina sin verde que me queda
Y voy plantando bajo mi pecho en rechazo a la renuncia,
Y en rechazo a los soles que se apagan.
De La espiga en el delta (Inédito).

El último poema

¿Dónde espera mi poema final?
He pasado la vista o rodado los ojos
Por las sienes calladas de la noche,
Por sus muslos y dedos luminosos.
¡Oh cantadas llanuras de la noche!
Intuyo las piernas y pétalos rodantes
De las floras y las faunas ocultas,
Figuras que aspiran las rocas molidas del inicio.
¿En qué pico de volantes colores
Aguarda mi sílaba final?
¿Tendrá la misma fuerza de los Andes en pie
O temblará incrustada en un frío triángulo?
Me dan sonoro espanto los muertos y los vivos,
Las largas carreteras a través de los desiertos,
Morirme sin un canto o un arma que traiga el comunismo.
Cuando me echen encima la tierra y las estrellas
Me abrigaré de mares, cítaras, albahacas.
En mi último poema
Habrá un caballo libre de arneses tallados en magníficos oros
Y un colibrí escalando las brisas del planeta.

Ministerio

Ríos, palmas, cordilleras,
Torres donde el acero se aprieta entre el cristal como las piedras desnudas bajo tierra.
Noches que los planetas innumerados y el corazón de los grandes cetáceos no pueden llenar.
Cuerpos enormes girando, fluyendo, irguiéndose ante el cosmos dentado de silencio.
Y saliendo de la épica eternas armaduras,
Pesadas armaduras,
Espadas en brazos del orgullo,
Relinchos de gran tórax.
El terror se sube a mis párpados,
¡Oh mis párpados!,
Y es la gravedad cerrándome la vista.
¿Cómo lograría sentirme tranquilo en mis zapatos?
¿Cómo lograría sentirme tranquilo en estos hombros,
En estas piernas, en estos puños delante de la fiera,
A espaldas de la fiera, al flanco de la fiera?
¿Cómo cambiaría de sitio la estrella con mis manos,
Cómo rajaría de un golpe el tórax de la estrella?
¡Oh una muerte tan grande como los ríos juntos,
Como las noches juntas,
Como el bullicioso corazón de los cetáceos!
¡Oh, una vida tan grande!
Habré de consagrarme a mi tamaño.
De La espiga en el delta (Inédito).

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