EN MEMORIA DE LA MEMORIA

Guillermo Sucre (poeta sugerido)

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Estoy leyendo un libro, no me acuerdo
del nombre de su autor,
y aun menos de la fecha, el editor,
y en medio de la trama ya me pierdo,
dudando si yo fuera un buen lector.

Confundo los distintos personajes
y a veces me aturullo,
me encuentro despistado en tal barullo
y pierdo la atención, sin más ambages,
sintiendo que me afecta hasta el orgullo.

Olvido sin cesar cada secuencia
y tengo que volver
y al texto que he leído releer,
llamando su atención a mi paciencia
pidiéndole perdón a este placer.

No sé que hacer. Me pierdo en la memoria.
Me siento anonadado.
No puedo recordar lo que ha pasado.
Presiento estoy ausente de esa historia.
Y de esto que escribí ya me he olvidado.
©donaciano bueno

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Guillermo Sucre

De Mientras suceden los días (1961)

I

Atado como siempre a tu simetría de oscuro río
que fluye entre mis manos.
Ya no hay girasoles en tu pecho,
sino lágrimas y otras caídas hojas
del árbol de la noche. Y más espesa,
más silenciosa, aferrada a eso pequeños
amuletos que ha destruido el tiempo,

y a las palabras: ¡oh redes vacías!

Una ráfaga de tu olor me precipita, sin embargo;
después un viento grave me atempera.
Herido más tarde como un tigre
Por el celo de la tierra,
me sacudo las mojadas hojas que me dejas.
Tu cabellera y grandes arañas en mis ojos
pervierten luego mi reposo. Y nuevamente

soy el movimiento de los días,
el movimiento de las hojas del otoño
recién extinguido.

V
Cuántos ríos, mares, que el horizonte exila
y que yo reúno en tu corazón;
cuántas auroras, extensiones naturales
del augurio, limbos ensangrentados.
Y las cosas que apaga mi tristeza
cómo fluyen en ti a imagen del fuego.
He aquí las ciudades que atravieso,
poseído de los climas con que te rodeo;
y mi rostro fundido bajo los soles,
mi espíritu arrastrado por las calles

al abrigo de respuestas y revelaciones,
mis pasos al azar del gris o del púrpura,
mi lenguaje sustituido por las lluvias,

el caracol de los días despiadadamente callado
junto a ti que inicias las distancias,
los atributos y las posesiones del amor.

VI

El alba, como un hormiguero gris,
devora nuestros cuerpos, nos distancia.

Nos sobresalta el soplo que atraviesa
las calles, los jardines,
nos enfrenta a los vagos, opacos
vestigios del sueño.

Aún hay noche donde tus ojos
hacen fuego y aún eres vertiginosa
del instinto, anémona deshecha
en un océano triste.

El día irrumpe luego en ti, coronación de reflejos,
y se aviva en tu carne el olor de la tierra
como un nuevo espíritu.
Amanecido en medio de la nada de la sombra,
aún debo jadear entre aguas invisibles,
cenizas implacables,
para conquistar la dura aparición
de tu fulgor.

De los viajes y el Regreso

I

Me esperaban los crepúsculos sobre el mar.
El mar que glorifica los desastres y sella los enigmas
El mar erguido en sus violencias, sus instintos,
inacabado e inabordable en su eternidad.

Debí atravesar sus resonantes dominios, poseído
de silencios y de blasfemias.
Las aves que asumían la distancia me abandonaban
a los destellos de los atardeceres.
Los delfines se cruzaban, sagrados, nupciales,
como espadas: en ellos reconocí
la furia o el amor.

Y el olor de brea de los buques era ya la ausencia:
puertos y ciudades – ¡oh memoriosas
imprecaciones de la piedra!-
que se acumularon en mi corazón.

Ciudades impenetrables o sensibles a la noche que
se ilumina como un hangar.

Entre las duras aguas un orden sistemático moría,
Una raza de lamentos,

Un orgullo de ídolo en el ocaso sobre la faz del
Mundo.
Se esfumaba una red de palabras como una
dinastía de sal.
Había tanta fosforescencia, tantos soles caídos en
las espesas olas,
y luego ese martirio de la luz devorándose a sí
misma,
aquella cadena de sonidos prolongando la muerte.

Oh vigor inmóvil saciado en sus cenizas, límite
más allá de los límites,
materia jadeando de materia,
¿quién me arrojaba en tus parpadeantes sueños,
irisados de lámparas, de vigilias:
el rayo de la muerte rápido como un deseo o las
embriagadoras crisálidas de la vida?

…Más era el tiempo de partir.

El tiempo de arder, oh memoria, en la arboladura
de los navíos,
bajo la constelada dehiscencia de los cielos.

Se abrían los caminos del estupor, los grandes
nacimientos.

Y más lejanos que los sueños, sucumbían los recuerdos,
Mi adolescencia condenada a las espejeantes

Comarcas del estío,

El brillo o el secreto de aquellos seres en una
soledad de abismos y cometas.

Así, en la inminencia de la hora, como en la turbulenta
caída de las sombras,
fui penetrando aquella vastedad…
Me pertenecían aquellas costas desérticas.

Me dilataban aquellas olas salvajes y solemnes.
Y era acaso el destino, semejante a un fuego que
devora sus cenizas.
O la noche que irrumpía entre tantos reflejos.
O el alma ya deshecha entre los errantes reflejos.

Y heredero del futuro, hombre transitorio y volcánico,
dominado por los ademanes del mar,
imaginé entonces la tierra que habría de conocer,
y, evadido de la muerte o de mi propio lamento,
construí la ciudad del exilio:

su multitud de seres que se levantan y se destrozan
en medio de la fugacidad de los días.

Donde el Viento no ha podido vencer

II
Somos, cada uno, toda la historia.
No el espíritu, el éxtasis
que lo embalsama y lo suspende
en sus radiantes jerarquías;
no la gracia de una edad con la púrpura
de su origen, flor ilusoria
como la eternidad;
no la sangre que, sin vivir, extinguida
violencia,
cada día se preserva
del fuego o del desastre,
sino esta cólera cambiante, esta ola
oscura y ardiente de la vida,
más la sal que la devora o la redime,
más las ruinas también,
esas congojas
que se acumulan en el fondo del tiempo.

VIII
Mas en mi corazón como una brasa del estío
de la tierra, en lo más arduo, irreparable
de mi corazón,
en su dura hoguera:
allí te precipitas y ardes y te avivas,
oh incesante, heredera de tantos fuegos
extinguidos y perdidos.

No dejan cenizas tus llamas, no hacen sombra.

Son puro destello como el presente.
No crepitan de nostalgias en el exterminio
del tiempo,
no son requiebros del ayer:
fulgen, crecen, como el Río que lame,
inexorable, nupcial, mi ciudad.

Oh reinante de grandes ojos como los astros
del sur,
aquí todos te evocan más libre
que los sueños, todo te origina, te recrea
en el grave ardimiento de los seres.

Y, desafiante, inminente como una ola
o como un relámpago,
penetras
en el clima de mi corazón y allí de nuevo
eriges la antigua, desterrada columna
de fuego del amor.

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