ACERCA DE MÍ

»Mi Poeta sugerido: Rosa Berbel

MI POEMA… de medio pelo Lee otros poemas de FAMILIA

 

Os cuento que yo un día vine aquí
como tú, como aquel y ese que pasa,
sin saber para qué, ¡menuda guasa!,
y hoy son tantas las dudas que sufrí,
tanto tiempo pasé pensando en mi
que al ir a recordar me sobrepasa.

Tengo un cuerpo, conozco su argamasa,
la siento, la presiento, me presiona,
hay veces que diría me abandona
y otras, ¡ay!, me parece que se pasa
¡cómo duele, jodida, esa carcasa!
me quejo, caso no hace, ni perdona.

Y hasta un alma hay quien dice que yo tengo,
si es verdad te diré que no la he visto,
nadie piense que al hecho me resisto,
que soy ciego o dudando me entretengo,
si ella existe es el fruto del devengo
que pactaron mis padres y el modisto.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Rosa Berbel

Rosa Berbel

JUSTICIA POÉTICA    

Quiero conocer a todas mis madres
reconstruir mi linaje y mi conciencia
a partir de los versos las renuncias
las huellas de todas las mujeres
que he sido al mismo tiempo.

Quiero una larga estirpe de mujeres valientes
que han escrito poemas
después de hacer la cena
y han vivido el exilio
dentro del dormitorio.
Reconocerlas libres brillantes y caóticas
retratando monarcas
sublevando las formas
componiendo sonetos
en una Europa en llamas.

Quiero sobrellevar la carga de la historia
convertirme en relevo
nombrarlas
sin esfuerzo.
Pronunciar con propiedad
el término familia.

(En Supernova, Bandaàparte Editores, 2016)

PLANES DE FUTURO

Tenemos cuarenta años y un trabajo que odiamos
que nos hace pagar las facturas
llegar a fin de mes
tener eso que llaman dignidad
y que se siente igual que la tristeza.

Tenemos un trabajo y un piso en la playa
pero ante el mar soñamos
un milagro
nuestra ropa en la arena como entonces
y quedarnos así a la intemperie
uno enfrente del otro
con toda la extrañeza de los cuerpos
desnudos con esta luz precaria
con un amor que existe y no nos basta.

Tenemos cuarenta años y dos hijos que corren
que gritan y que lloran
porque la arena está demasiado caliente
porque nosotros discutimos
porque no hay nada aquí que nos divierta.

Tenemos casa hijos y demasiado miedo
a la muerte el cáncer de pulmón
a los contratos temporales
como la gente normal
miedos de gente feliz miedos felices
como este insomnio dulce de los días
laborables esta nostalgia común
y rutinaria.

Tenemos cuarenta años y un país que no nos nombra
no cogemos aviones
porque hemos olvidado
cómo decir te quiero en otras lenguas
la violencia del viaje las alturas
cómo dormir tranquilos en hoteles lejanos
donde nadie nos llama por las noches.

Tenemos cuarenta años y una vida feliz
sin contratiempos
una vida segura
equilibrada.

Pero después del amor de la rutina
de la clase media
la propiedad particular
la realidad regresa inconformista.

PRECUELA

En aquel tiempo extraño,
los amigos se habían mudado lejos,
los lugares antiguos de la infancia
se habían transformado para siempre
con la prisa salvaje de los años perdidos.

Dejábamos de usar los verbos en plural
por pereza de ser ya demasiados.

De nada nos sirvieron los recuerdos,
heredados y antiguos,
sonriendo de verdad o de mentira,
porque nada supimos de los otros.

En aquel tiempo extraño y fariseo,
tuvimos muchos hijos
a los que no quisimos poner nombre.

Aunque quizá todo esto
ahora no nos baste.

Pero en aquel momento,
tan niños y tan sabios,

esperábamos ya la plenitud
de agosto, y de las playas llenas,
las discusiones tristes,
los besos de puntillas,

de este futuro que era impermeable.

NUNCA NADA NADIE *

Me pregunto con cuánta de esta gente
volveremos a estar o cuál será su nombre
si tendrán esta rabia común
por las malas jugadas de la vida
o esta felicidad momentánea
y dorada
que atraviesa los parques y las manos
si este espacio que ahora compartimos
será mañana otro si mañana seremos
quizá otros y nos conoceremos desde cero
y no recordaremos el momento
en que pisamos juntos estas plazas
la canción que sonaba en aquel saxo
aquel niño perdido que lloraba en el suelo
o la belleza fugaz
de los semáforos
en los que todo el mundo se besaba.

*Nunca, nada, nadie. Tres palabras terribles, sobre todo la última.
Antonio Machado

PRIMER AMOR

Era verano entonces y a nosotros
nos picaban las piernas del sudor
y la euforia.

Desde aquel día parece que los demás
tan tibios
se quieren siempre menos.

MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA SALIR DEL NIDO

1. Hablar más de la cuenta. La calidad
sucede en la abundancia.
Cuídate del silencio de los otros.
2. Acumular tarjetas de visita
como valiosos restos arqueológicos.
Nunca sabes qué pueden revelarte.
3. No perdonar jamás a quien olvida
tus fechas importantes.
No acumules amores sin memoria.
(No olvidar este punto).
4. No simular congoja ni tristeza
cuando olvides las fechas importantes.
No acumules amores rencorosos.
5. Al menos una vez cada dos meses,
redescubrir objetos olvidados.
¿Sigue siendo posible, todavía,
la ilusión fantasmal de los descubrimientos?
6. No olvidar tus orígenes.
Escarba, si es preciso, la tierra de los parques
con manos de urbanita.
7. Mantener intachables los prejuicios.
Las cosas suelen ser, salvo excepciones,
igual que parecían.
8. Cuidar la superficie.
Líbrate de quien teme las fachadas.
El interior real de las cosas reales
provoca claustrofobia.
9. No tener nunca ganas de marcharse.
Decir adiós es triste y es mentira.
10. Dejar que entre la luz.
Deja que entre la luz
y te despierte.

CRECER ES

Andar más, con más miedo,
por calles más vacías,
no creer en otros mundos
posibles o imposibles,
hacer daño a los otros sin palabras,
comprar cosas usadas por el placer
extraño de su tacto,
vender cosas,
romper cosas que nunca hemos tenido,
arrojarlas al fuego como quien cambia
la hora
de todos los relojes de la casa
para poder perder un poco el tiempo.

QUEMAR EL BOSQUE

Nos observo en la calle un día nublado,
como niños muy viejos jugando sin permiso
junto a máquinas sucias de conservas.

Estamos en el centro de la imagen,
nuestros rostros pequeños en el centro de todo,
con una luz encima.

Todo está muerto aquí, y sin embargo,
la basura expandía los límites del mundo,
como una geografía improvisada.

Inventamos un juego,
que consistía primero en pedir algo,
en estricto silencio.
Un deseo, tal vez,
una idea primera de la suerte.

¿No era esto madurar: elegir cosas
y esconder la elección a los demás?

Girábamos después sobre nosotros,
distraídos y torpes,
con todas nuestras ganas, una vuelta
tras otra,
el máximo posible de minutos.
Ganaba el que aguantara
por más tiempo,
esquivando el mareo o el cansancio.

Tú y yo siempre perdíamos.
Hemos vuelto a perder en esta escena.

Pero el hallazgo era nuestra suerte:
descubrir que los trazos del cuerpo y sus excusas
condicionan el resto del paisaje.

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