CAERSE SI, PERO NO DE UN GUINDO

»Aquí, mi Poeta sugerido: Juan José Saer

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Caerse alguna vez. Tres, cuatro, cinco.
Caerse y por supuesto levantarse,
mirando hacia el culpable y revelarse
y hacer como si no, pegando un brinco.

Caerse, yo mil veces me he caído,
y creo nunca ya me espabilado,
andando como lo hago con cuidado
y alguna vez incluso me he perdido.

Caerse viendo que alguien se ha reído,
buscando que la tierra me tragara,
creyendo que una flecha se dispara,
culpando al empedrado por qué ha sido.

Alguna vez andando a trompicones,
borracho, yo he perdido la mesura,
sufriendo algunos puntos de sutura.
Distinto es lo de darse de morrones.

Mas nunca ante la duda yo me rindo,
tampoco yo he seguido ningún credo,
ni, deben de saber, me chupo el dedo
y nunca me he caído de algún guindo.
©donaciano bueno

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Los guindos o guindales tienen las ramas muy endebles de forma que agarrarse a ellas para coger las guindas asegura una caída. Se utiliza habitualmente la expresión ‘caerse de un guindo’ (o sus formas ‘se ha caído de un guindo’, ‘caer del guindo’…) para referirse a la ignorancia y/o credulidad que, inocentemente, muestra alguien sobre un asunto.

MI POETA SUGERIDO: Juan José Saer

Juan José Saer

A los pecados capitales

Por nuestra fantasía, nos liberan
de la materia pura, pero caemos en la red
de la esperanza. Pecados, vicios, y hasta
las débiles virtudes, nos separan
del cuerpo único del caos.
nos arrancan
de la madera y de los mares.
Guardianes en el umbral de la nada.

Para cantar

La tarde está limpia como una hoja vacía.
A veces, como una mano que escribe, la borronea el viento.
La carcome, como a una esperanza que se enfría
por ráfagas de remordimiento.
Tarde carcomida de octubre, desaforada luz del día.
No tengo paz y estoy contento.
(Serodino, Argentina, 1937-París, 2005),
El arte de narrar, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1988

El arte de narrar

Cada uno crea
de las astillas que recibe
la lengua a su manera
con las reglas de su pasión
-y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento

Vecindad de Logroño

Anotar: en la siesta que arde
la noche voluntaria hace señas,
desde lejos, ubicua,
en la constancia amarilla. Anotar:
viñas verdes sobre tierra roja. Anotar que
la liebre, presa y escándalo,
desea al faro que la inmoviliza.
Anotar: abismos soleados
en días cuyo nombre es legión.

Leche de la Underwood

Por delicadas que sean, las mañanas
envilecen; lo destructible vacila
y lo que pareciera, frente a nosotros, perdurar,
no nos acoge, menos cruel que indiferente. Animal
anónimo, por más que grites, nadie escucha,
y ni por lejos la lengua es la que conviene.
Existe, tal vez, en alguna parte, un idioma,
nadie niega, pero habría que desandar,
salir, si fuese posible, del centro de la noche,
y empezar de nuevo con otra clase de balbuceo.
Tantas tardes que resbalan:
ya no se sabe
en qué mundo se está, y sobre todo si se está
en un mundo. Se muerde
un fantasma de manzana, mientras sigue merodeando,
como desde un principio, lo oscuro. Destellos
de un sol de invierno en la ciudad
transparente; brillos, rápidos o lentos,
que algunos blanden como pruebas
abandonándose, soñadores, su tibieza. Entre tantas
estrellas, esperanzas: relentes
de un reino animal.

EL ESTADO POÉTICO

Estás en la ventana y cuando creías
haber perdido todo olvidado todo
he aquí que suena el llamado y oyes la voz
y anochece en un cielo verde como un árbol.
1966

EL BALCÓN

Llegó un punto en el cual estaba
ciego y enloquecido en un camino
vacío, bajo un cielo amarillo, contra
un árbol seco. Creí que iba a morir.
En plena madrugada, me eché a llorar,
odié mi vida, encendí la luz.
Y con una camisa blanca, los pies desnudos,
caminé hasta el balcón y contemplé
la ciudad diminuta desde el décimo piso.
Después volví a mi cama y el sol me despertó.
Porque la altura, pasado el trepidante vértigo,
da -si uno no es demasiado orgulloso- serenidad.

Los higos de Lacoste

Mal maduros, los higos,
en la proximidad
de las ruinas, secos desde
dentro, blandos pero duros
al mismo tiempo por fuera, enanos,
van cayendo, uno a uno,
hacia la tierra imposible,
inútiles,
antes de su estación.

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