HASTA CUANDO/

Reina María Rodríguez (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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Camino sin saber a donde voy
como tú, como aquel, como el de al lado,
quisiera descubrir qué me ha pasado,
por no saber no sé ni donde estoy
y voy acelerado.

Seguro he de llegar, mas no sé a donde,
alguno hay que me dice estar seguro,
me paro a discernir, me fumo un puro,
prefiero me conteste el señor conde,
me saque del apuro.

Que así no haya sabido, no soy tonto,
y no podrán decir que no he estudiado;
las noches de vigilia que he pasado
no pude malgastar, se dice pronto,
que mucho me ha costado.

Y en esta encrucijada me entretengo,
aquí me las den todas, vayan dando,
dudando si es verdad que estoy dudando,
e ignoro a donde voy, de donde vengo
e incluso ni hasta cuando.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Reina María Rodríguez

Reina María Rodríguez

anochece

anochece sobre las tejas de Madrid
pero en las manos traigo la humedad
de las aguas del Báltico.
todavía húmedas,
frías,
me han quemado con esos verdes que no maduran.
es la travesía desde los ojos de los cisnes
tras una fruta opaca. anochece
y estoy tan cerca de tu cuerpo en una casa extraña
contra los pies que en la madera quieren frotar
una textura adormecida sobre un paisaje irreal
(me han devuelto a la conciencia las palabras
que no están donde sueño o donde miro
busco un sueño donde están las sensaciones
porque ya no hay nada que mirar)
y busco algo que querer antes que la noche
irrite mis párpados que sobre las aguas del Báltico
han bebido toda su humedad. porque también anochece
sin prisa sobre las tejas de Madrid y yo miro
por la abertura oblicua de mi piel
la tuya.

cámara secreta

dentro de un cofrecito de ébano
junto a la cama mortuoria de Tutankamen yacen
los fabulosos tesoros del joven rey en el Nilo.
allí encontré una pieza dorada
como una muñeca, o una antigua miniatura india.
alguien me permitió abrir y quizás ver
aquel secreto que soñaba
(en cada sueño perdemos evidentemente
una inocencia) soy otra vez Pigmalión
siempre a la espera de cualquier milagro.
si uno va todo el camino junto a las cosas,
uno puede cubrir todo el camino de ficciones
y ciertamente uno recibe su recompensa
siempre completamente diferente
a la esperada. si alguien,
al menos durmiera sin estar muerto
junto al cofre de un rey
y recibiera un sueño como el mío,
-la miniatura de cristal de Atlántida-
entraríamos de una vez en la inocencia.

dos veces son el mínimo

aquí media luz; afuera, la mañana.
miro por la abertura de la media negra
que hace un ángulo exacto con mi pie que está
arriba. un mundo que me interesa
aparece por la cicatriz: un deseo que me interesa
rehusando la prudencia.
los ruidos bajo el sol entrada la mañana.
por la abertura en triángulo del muslo hasta el pie en tu boca
hay un canal.
la total ausencia de intención de este día,
un día en que uno se expone y luego enferma.
un día formando un gran arco entre el dedo que roza
el labio y la media.
dos veces son el mínimo de confianza
para lograr la ilusión. yo, al amanecer,
estaba junto a la ventana (era la única imagen
en la que podría refugiarme) me acercaba para no llegar
y estar convencida -nunca reafirmada-
«como si, para mí, tú, la otra, te abrieras, o te rompieras,
del modo más suave contra el alféizar».
(las palabras siempre son de algún otro, se prestan
para consolar a la sensación que también
viene de allá afuera, incontrolable) otra cosa
es lo que yo hago con ellas aquí adentro:
las caliento escuchando bien un sonido que me revela la tonalidad
de lo que expongo (una ilusión) de ser aquella
que algo vio en el triángulo cuya cúspide es tu boca
absorbiendo también de la sustancia.
yo sólo me aproximaba a la ventana
-escritora nómada- que mira con devoción
en vez de coger a ciegas (la primera vez) sabe que
dos veces son el mínimo de vida de ser.
júrame que no saldremos del «territorio del poema» esta vez
que si estrujo y pierdo en el cesto de los papeles
este cuerpo
no voy a renacer al espectáculo. estamos juntos
en el diseño con tinta de un día que no es verdadero
Porque osa comprimirse en la línea del encanto.
-de la cintura hacia arriba está la carne, el día.
de la mitad inferior del tronco (abajo) media negra hasta la noche, el fin.
júrame que no saldremos de aquí
una casa prestada con ventanas que miran hacia el mar de papel
donde nos desnudamos, rodamos, prestamos, palabras para lavar
y volver a teñir en el crepúsculo. era mi cuerpo ese
promontorio que tú colocabas al derecho, al revés,
sobre el piso de mármol?
fue esa tumba siempre, los ojillos de los poros
como gusanos olfateando mis pensamientos
para nada?
yo siempre quise ver lo que tú mirabas
por la abertura del triángulo
(ser los dos a la vez) algo doble en el mismo sitio
de los cuerpos y en los pies, longitudes distintas
«para aquel contacto de una suavidad maravillosa».

dos veces son el mínimo de la vida de ser.
yo, una vez más, ensayo la posibilidad de renacer
(de la posteridad ya no me inquieta nada).

edgar, las muchachas y la lluvia

ha vuelto a ser noviembre
y alrededor del ojo profunda otra rayita.
empieza ya el invierno y a veces
no sé dónde guardarme.
tu madre ha sido loca
y de remate amante de cosas imposibles.
no aprendió a cocinar las hormigas
les roban los objetos del cuarto
aún le teme a las tataguas
y al amor.

faltan 20 años o 20 segundos
para que termine el siglo mientras
hacemos amuletos con formas de palomas
que cuelgo en las ventanas contra los bombardeos
20 años o 20 segundos
para que termine este siglo y
sólo te deseo que puedas siempre
admirar las estrellas porque a veces
temo que no podamos contemplar más las estrellas.

tú vivirás en el 2000
y verás árboles cosmódromos mariposas
esa fauna y flora diferente que estamos creando
y vivirás como todos los niños
dentro de un hombre.

pero acuéstate siempre como ahora
entre destornilladores y latas vacías
aunque te asalten las muchachas
y la lluvia.

el retrato de un hombre joven (Dresde) 1521

sentado sobre un bloque de madera
ante un fondo caliente, rojo
está ebrio o está dormido
mientras yo trazo un círculo en el punto
de intersección con el eje central que constituye su ombligo
-igual que para el pecho o la cadera estrecha-
que traza también un eje con su pelvis y mi mano.
tengo un modelo señor
el tono claro de sus manos y la carta a punto de caer atrae mirada
la luminosa claridad de la camisa, el rostro
como una cúpula sobre la pirámide del tronco
que, dentro de una estructura formada por diagonales
me hace sentir su frialdad, las raras líneas
que le conceden una presencia inmediata
pero no es verdad. la cabeza que está modelada de adentro
hacia afuera donde resalta el retrato de un joven en madera
siguió en la galería de los Viejos Maestros.
su composición es sencillamente clásica
sólo el blanco luminoso hasta el negro de las botas
llena este cuadro de vida. tenemos ante nosotros a un joven
-que no es Durero- él ya se ha ido. y que consciente de sí mismo, yace
(pluma y pincel sobre fondo verde blanqueado y lavado)

ella volvía

ella volvía de su estéril landa,
bajaba las piedras antes de que aquella intensidad
se convirtiera en sangre;
y todo aquel amor se convertía en sangre
bajaba por sus muslos (el camino que lleva al centro
es un camino difícil) es el reto del paso
de lo profundo a lo sagrado
de lo efímero a lo eterno,
porque esa intensidad se convertía en sangre
por su necesidad de ser libada en febrero
justo antes de la primavera
-de color apergaminado también sus muslos,
lo que llamaba a olvidar cualquier cosa
para ser un cuerpo también, un camino.
que uno atraviesa con las flores del vestido
convertidas en piedras
porque nada puede durar -ella lo sabía-
si no está dotado por un sacrificio.
la tierra está recientemente sembrada
(era la tierra de sus ancestros)
es el rito que se ejecuta cuando se construye un día
el deseo primordial de representarlo,
como si ese fuego y esas piedras
repitieran ademanes antiguos
y ella pagara con su flujo sobre la tierra estéril
para ser fecundada.

en pleno mediodía

en pleno mediodía, las palomas
reacias al sol han bajado por sombra
y las parejas se abrazan tiradas en la hierba
húmeda y reseca del verano.
yo espero por ti que no eres nadie,
que no eres alguno,
bajo este mediodía cálido junto a la fuente
y comprendo la necesidad del querer
como los escalares
uno encima debajo del otro
en esta pecera sin fondo de la realidad.
(el loco de ayer ha vuelto -son recurrentes
los locos, los poetas-)
yo, con la misma ansiedad
también he vuelto a buscar mi sombra diurna
todavía puedo quedarme aquí
y no volver a otro sitio donde
una vez arriba, otra abajo,
intente derrumbarte contra la hierba
húmeda y reseca del verano.

he venido

he venido a la Plaza de España sólo para ver
a la anciana de negro que se agacha
junto a la fuente
y acurrucando su cuerpo
contra el viento de abril en un gesto de actor que reduce
toda la compasión en su rigidez.
doblando
levemente las rodillas antes de actuar
antes de caer
ha traído ese alpiste blanco de los pájaros
que vuelven sucios
morbosamente a mí. he venido a la
Plaza de España sólo para recoger
lo que sobra de un gesto.

la diferencia

yo que he visto la diferencia,
en la sombra que aún proyectan los objetos en mis ojos
-esa pasión de reconstruir la pérdida;
el despilfarro de la sensación-
del único país que no es lejano
a donde vas. donde te quedas.
sé que en la tablilla de terracota
que data del reinado de algún rey,
con caligrafía japonesa en forma de surcos
están marcados tus días.
los días son el lugar donde vivimos
no hay otro espacio que la franja que traspasan
tus ojos al crepúsculo.
no podrás escoger otro lugar que
el sirio de los días,
su diferencia.
Yen esa rajadura entre dos mundos
renacer a una especie (más estética)
donde podamos vivir otra conciencia de los días
sin los despilfarros de cada conquista.

la elegida

en esta tierra de polvo verde el Taj Mahal
es el guardián de la muerte
el sepulcro de la bienamada fallecida de parto
una mañana de invierno en el Agrá.
la luminosidad de mármol atrae
a los peregrinos que acuden en la estación de las lluvias
cuando el resto de la tierra está seca
y sólo queda no reflejo
sobre las aguas (no sabemos hacia dónde movemos
si la superficie de la realidad es líquida,
o está sumergida; si la descifraremos de atrás hacia
adelante, para que todavía podamos significar
y en que sentido significaremos o esperar,
sobre esta tierra de polvo verde que es la vida
a que el clima haga el primer movimiento
en aquel lugar, donde fallecida de parto
una mañana de invierno en el Agrá
hay una estatua, no la lucidez de un día;
hay una sombra, una falsificación,
que se parece a la verdad.

la foto del invernadero

fue la que siempre quisimos y faltó.
el invernadero estaba junto al parque
con sus cristales húmedos bajo el sol que entraba
en la tarde, o en la mañana, a colorear sus plantas.
yo me paseaba contigo de la mano -eras
de estatura un poco más bajo que yo-
y así alcanzaba a ver, desde esa altura,
los tallos quebrados por mi madre
que componía y podaba las macetas de bunganvillas.
nunca entramos, éramos demasiado pequeños
para invadir la zona de confianza de esos seres extraños
que permanecían dentro. estábamos afuera.
saltando con nuestra energía sin razón
excluidos de la paciencia de las manos de mi madre
pero es allí donde quisiera vivir…
en el lugar inexacto de una foto que falta
para que no imites otra vez, o intente imitar el ser que soy.
el paisaje prohibido donde pondríamos el amor
con exclusividad.
el paisaje del deseo, que no se suponía o se reproducía a cada instante
y que permaneció oculto para nosotros
-la algarabía de ser niños no nos dejaba ver
“todos andábamos a la caza de una flora insectívora”.
éramos suspicaces. ahora, acomodo en mi mente
la mente del invernadero. su llama tibia
en el centro de las imágenes haciéndonos creer que algo temblaba
o que podría no ser alcanzable.
esa incertidumbre del temblor donde cruje la madera
y la realidad se distorsiona y parte en dos lenguajes.
fue la que siempre quisimos y faltó.

la isla de wight

yo era como aquella chica de la isla de Wight
-el poema no estaba terminado
era el centro del poema lo que nunca estaba terminado-
ella había buscado
desesperadamente
ese indicio de la arboladura.
había buscado…
hasta no tener respuestas ni preguntas
y ser lo mismo que cualquiera
bajo esa indiferencia de la materia
a su necesidad, el yo se agrieta.
(un yo criminal y lúdico que la abraza
a través de los pastos ocres y resecos del verano).
ella había buscado “la infinitud azul del universo en el ser”.
-lo que dicen gira en torno a sus primeros años
cuando el padre murió sin haber tenido demasiado
conocimiento del poema-.
sé que esa mentira que ha buscado
obtiene algún sentido al derretirse
en sus ojos oscuros, ha buscado el abrupto sentido del sentir
que la rodea.
(un poema es lo justo, lo exacto, lo irrepetible,
dentro del caos que uno intenta ordenar y ser)
y lo ha ordenado para que el poema no sea necesario.
despojada del poema y de mí
va buscando con su pasión de perseguir
la dualidad. ha perdido, ha buscado.
ha contrapuesto animales antagónicos que han venido a morir
bajo mi aparente neutralidad de especie,
un gato, un pez, un pájaro… sólo provocaciones.
-te digo que los mires-
para hallar otra cosa entre esa línea demoledora de las formas
que chocan al sentir su resonancia.
-también aquí se trata del paso del tiempo,
de la travesía del mar por el poema-
a donde ellos iban, los poemas no habían llegado todavía.
yo era como aquella chica de la isla de Wight
había buscado en lo advenedizo
la fuga y la permanencia de lo fijo y me hallo
dispuesta a compartir con ella a través de las tachaduras
si el poema había existido alguna vez materialmente
si había sido escrito ese papel
para conservar el lugar de una espera.

le couple (1931)

un escultor francés de origen ruso,
esculpió tu rostro en el yeso
(escogió este instante y no otro; escogió este cuadro,
o ninguno) el triángulo del mentón, el gesto
que se inclina para ofrecer la boca
el alcohol almacenado en las venas del cuello
azules blancas ácidas
el deseo, el ángulo de la clavícula alojo
una fortificación (un puente) al beso.
delante, hacia la izquierda de la sombra de mi rostro, vaga
-el fondo siempre es negro-
el relieve de tu belleza, la oquedad de mis ojos
(yo observaba las sombras, luego descubrí que esas sombras
poseían luz, o cierto resplandor que hería si no inclinaba
los párpados para verte)
quedamos eternamente allí, en la pareja de Ossip Zadkin
un escultor francés de origen ruso
que no nos conoció.

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Yo soy un retratista. Mis retratos se venden como churros. Me fijo en los humanos…
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