INSPIRACIÓN PEDANTE/

Guillermo Degiovanangelo (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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¿Y qué es lo que hago aquí, inspiración pedante,
si en este mismo instante te llevo hacia el altar,
si estoy pensando en ti y me miro en tu semblante
y siempre tú, distante, me ocultas tu mirar?

Si en esta incertidumbre me acosas con descaro,
me insultas y me ofendes, no te apiadas de mi,
y aunque vuelvo a insistir y en ello no reparo,
sé que tu peaje es caro y no logro resistir.

Si yo vuelvo hacia ti mis ojos encendidos
sintiendo los latidos de aqueste corazón,
perdiendo la razón, mi cuerpo dolorido,
ausente estoy perdido en esta sinrazón.

Reconozco tus méritos y admiro tu belleza
y aquella gran destreza que tienes al plasmar
sobre el fondo del mar aquel lema que reza:
maneja bien tus remos y aprende navegar.

Hoy te pido, te imploro, aquí dejo una hoja,
rasga sobre el papel tu bello pensamiento,
avísame el momento para que los acoja
antes que por azar se esfumen con el viento.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Guillermo Degiovanangelo

Guillermo Degiovanangelo

Elegía sinfónica para Eduardo Fabini

I
Ninguna isla.

Todo unido
por el arco del violín.
– – –
Cuando Eduardo Fabini nació
en un caserío sin nombre
las chircas ennegrecían
su encrespada cabellera
y la marcela aromaba las rocas,

los fresnos amarillos
lloraban eufóricos
el otoño,

los vientos en retorno
sacudían las crecientes humaredas,

y las colas de zorro
como plumas de la tierra
convergían en engañosos remolinos.

Fabini dio un grito,
un llanto sinfónico
anunciándose a la vida;

su grito
partido en dos
quedó rebotando
en la serranía
mientras la otra parte
se perdía en la llanura.

Sus infantiles dedos
que conocían la áspera piedra
encontraron un día
las teclas de un armonio
en una oscura iglesia;
teclas suaves y frescas
como la piel del seno materno
que hacía poco había dejado,
y eso bastó para que
ovulara el gran músico;
la naturaleza haría el resto.

La iglesia era
un rancho lluvioso
con una torre y sin palomas,
y él fue inventando
el loco vuelo
de las aves.

Su hermano Santiago le puso un violín
a la altura del corazón
y el confundió
sus cuerdas vocales
con el tenso cordaje:
todo lo que quería decir
lo expresaba frotando el arco
contra el instrumento.

II
El niño Fabini
sale al campo a jugar
pero no va en busca de amigos,
va en busca de la música
de cada día;

sus sentidos montan guardia
acechando la naturaleza;

escucha lo que le cuenta la cascada
con su tos acuífera;

el barranco está
repleto de chirridos:
las chicharras
lanzan su escándalo
rebotando contra las piedras

(a él le gustó ese juego
de ilusión acústica,
esas trampas
de vibrante armonía).

III
Fabini se va del pueblo
que ya tiene nombre:
Solís de Mataojo;

Montevideo y
Europa
esperan para consagrarlo
virtuoso del violín;

pero él se niega
a hacer giras
en busca de fama;

no quiere vivir
a contravuelo de la golondrina.

Regresó a la tierra
de su infancia,
entre sierras y llanura;
al Cerro del Puma se fue
con su hermano Enrique;
llevó un pequeño piano vertical,
un viejo armonio
y su gastado acordeón;

pero no sólo teclas:
también llevó árboles
y los plantó
en el árido cerro,
llevó pájaros
y los sembró en el aire
para que volaran
como violines vivientes,
de árbol en árbol,
trinando sus melodías.

IV
Hermano mío:
tu vida sencilla y sin
aparentes sobresaltos,
tu cara tranquila
y bondadosa,
esconden el vértigo
de abstracción
que imprimiste a tus
pequeñas sinfonías;

la rotura de la tierra
no es tan simple;
la agria sonoridad
de los violines
viene a herir el silencio
del campo;

esas arrugas de la roca
como los
rostros de los carreros
curtidos por el aire y el sol
no hablan de tranquilidad;

los apelmazamientos orquestales
germinan como
telarañas en la boca;
una pesadilla
al final del sueño;

esas ráfagas de viento
que mueven
el sangrado coágulo
de los ceibos
no son arpegios celestiales:

el candente sonido rojo
huele a infierno;

algo de Lautréamont
se agita en tu obra.

Algo busca sintonía.

FINAL

(Morendo)

A Fabini lo llevan
camino del
Cementerio Central;

el otoño montevideano
va enfriando el cemento
mientras
allá en la sierra
la marcela golpea la roca
aromándola.
– – –
Ninguna isla.

Todo unido
por el arco del violín.

Tren de las 17:20

Crujiendo rítmicamente
el tren lento del atardecer
va adormeciendo a los pasajeros

el ferrugiento otoño
se tambalea en el paisaje

viejos obreros reparten
otra vez
sus gastadas barajas

los mimbres desnudos
son como fogatas salvajes
que huyen a la cañada

tus ojos tan violentos
roban el color del otoño

cantan y juegan ruidosamente
mientras una botella de vino
va uniendo sus bocas

el otoño gesticula en silencio
a la intemperie

mordiendo la distancia
el tren avanza hacia el invierno

un viejo álamo solitario
soporta todo el peso del otoño

tus ojos tan violentos
me roban el paisaje.

otoño de 1987, entre Progreso y Canelones

Acaba de publicar (octubre/1998) “Campo de Maíz con vuelo de Tordos”, Ediciones Trilce.

Invención

Retrato de Guillermo a la luna la inventé
cuando no pude más
de oscuridad

pero tuve que inventar
el pino
el camino con hojarasca

tuve que inventar
la vieja torre de ladrillos
y el charco
donde se reflejara.

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