CIEN VECES

»El Poeta sugerido: Floridor Pérez

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Son cien veces que he iniciado este poema,
y otras tantas no he llegado hasta el final,
quizás fuera el versar se me da mal
o es posible no encuentre el mejor tema.

Nada es claro, ni incierto, ni es casual,
que la vida no es lo mismo que parece.
Cuece el agua y en el acto ya fenece
para luego renacer en manantial.

Todo fluye mas siempre ella sigue igual,
nace, crece y al final desaparece
en continuo y permanente carnaval.

Lo que siempre permanece es el final,
cada cual disfrutará lo que merece
con remate del que acto criminal.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Floridor Pérez

Floridor Pérez

La escena más triste y tan hermosa

He visto a un hombre arrodillarse sobre un prado.
Jardinero que riega una flor subterránea
no lleva regadera ni agua le falta
como si fluyera de su propio ser.
Estoy cerca de él, pero él
está lejos de todos y de todo.
Y sin embargo habla ¿Con quién habla
este hombre que no habla con nadie?
Habla con alguien que fue él
y ahora es sólo parte de él y de la tierra:
lo increpa, ruega, lo maldice,
le golpea la cabeza con un por qué:
¿por qué / por qué / por qué / por qué?
y no sabe –ni yo— ni nadie sabe
qué decirle a este hombre que una tarde
-domingo en Concepción- riega su hija
y le deja una flor
y un caballito blanco de juguete
para que vuelva a casa por la noche:
caballito blanco
llévame de aquí
llévame a la cuna
donde yo nací.
Y de noche la sueña: y en sueños se levanta
y la cubre, porque llueve en el sur,
–ay, cómo llueve en su lecho de trébol—
y yo sueño con él, lo sueño niño
y en sueños se hace hombre
y se arrodilla sobre un prado
se dobla como herido a bala
–con todo el peso del dolor se alza—
Y en sueños le pregunto ¿cómo? ¿cómo?
Y no sabe –ni yo— ni nadie sabe.

Al finao de Rokha

Aquí donde usted me ve,
en medio del potrero
y en mitad del camino de la vida,
veinte o más años antes de pegarme
como usted un tiro, emberrado, enrabiado
gritándoles ¡carajo!
……………………………..a los pájaros
que me arrancan el trigo,
cojo un grano pensando en la espiga,
en las trillas de antaño
y en la bien llamada dulce chupilca
que hubiéramos tomado juntos.

Pre-epitafio

Aquí ni siquiera yace
pues no ha muerto todavía
un tipo que día a día
cargó la cruz que a Dios pace:
plantó un árbol, hizo clases
le dieron y dio lecciones,
tuvo hijos, publicaciones
y -de serle concedido-
reeditara lo vivido
con dos o tres correcciones.

Imitación de Catulo

Me preguntas, Natacha, cuántos besos
me harían por fin desirte “¡basta y sobra!”
Cuantas arenas hay en Isla Negra
entre la cabaña de Nicanor
y el locomovil anclado en el patio.
Cuántos astros titilan a lo lejos
contemplando a los amantes que graban
corazones en la casa de Pablo.
Tantos besos bastarían, Natacha,
más nunca sobrarán a este loco.
Ya lo sabes tú, pero los intrusos
no sabrán cuántos besos envidiarnos.

Allá no miento

Recorren mis libros como un campo minado.
Saben que un poema puede ser explosivo
pero ignoran que el detonante es el lector

Bayonetean tu jardín, cavan el huerto
pero sólo hallan raíces, semillas
que florecerán cuando se vayan.

Arado herido, palo roto

Dolor de arado herido, palo roto
mordido por la piedra. Surcador
de interminables surcos, en el último
te darás sepultura.

Así también el labrador. El campo
roto por su mano. También surcado
el rostro sudoroso. Hondo surco.
Más hondo cada vez. Tórnase fosa.

Años después

A quién llamar en la casa vacía.
Sólo a las puertas doy la mano. Ellas
dan la manilla y se abren par en par.
Una silla me dice tome asiento.
La mesa puesta espera los amigos
que nunca regresaron. Tanto tiempo
hace que la escalera va y viene
por sus peldaños, que ya no recuerda
si está allí para subir o bajar.
O para que ruede hasta nosotros
el eco de los pasos de la infancia.

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