PRIMERA PARTE DE UNA HISTORIA

Poeta sugerido: Serafín Estébanez Calderón

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Es la primera parte de esta historia,
de un hecho que ocurrió en una mañana,
que apenas se refleja en la memoria
de una aldea del norte algo lejana.

Surgió cual surge el toro en una plaza
en medio del fragor de los vitores,
sin pan debajo el brazo, ni una hogaza,
dispuesto a resistir a los sudores.

Abarca lo que abarca un buen suspiro,
dos rosarios, no más, y un padrenuestro,
por mucho que lo intente no lo estiro
algunos hay dirán que fue un secuestro.

Termina cuando el sueño se termina
y dejas de creer pasando a ver,
descorres de un plumazo la cortina
y entiendes que te debes de esconder.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Serafín Estébanez Calderón

Serafín Estébanez Calderón

LETRILLA I

El cantor aldeano
Los trinos
suaves
de los ruiseñores
que amantes requiebran
a la fiel consorte;
el blando susurro
que forma en el bosque
el aire meciendo
los pobos y robles;
El grato murmurio
que al lejos se oye
del terso arroyuelo
que entre juncos corre,
Y el dulce abandono
que infunde en el orbe
la argentada luna
en la media noche,
faustos me inspiraron
las tiernas canciones
que agora repito
al son del albogue.

LETRILLA II

La declaración
En vano, zagala,
podrete ocultar
el fuego en que siento
mi seno abrasar;
que amor en mis ojos
su llama fatal
con trémulas luces
publicando está;
y si a mi despecho
por todo el lugar
se sabe que reinas
en mi voluntad,
Mi labio declare
ante tu beldad
la fe que te he dado,
tu triunfo y mi mal;
Que a no ser tu pecho
duro pedernal,
moverate acaso
mi llanto a piedad.

LETRILLA III

El árbol
Ayer mi Pastora
subió a este manzano
a coger la fruta
de sus verdes ramos;
Mas yo que la huía
celoso y picado,
oculto en la yerba
la estaba mirando:
llenó de las pomas
el lindo canasto,
y quiso contenta
bajarse del árbol;
mas como medrosa
(da risa el contarlo),
inquieta temía1
el dar tan gran salto;
entonces mostreme,
brindele mis brazos,
y bajó entre ellos
mi dueño adorado.

LETRILLA IV

El vaticinio
Desvalido y pobre
el tiempo vendrá
de ser en la aldea
rico mayoral;
un pingüe rebaño
llegaré a juntar,
con mis dos corderas
y mi recental:
Luego entre los chopos
que baña el raudal
una rica choza
haré levantar;
entonces Fileno,
viendo mi caudal,
negarme a su hija1
¡ay Dios!, no podrá;
llegando a su colmo
mi felicidad,
cuando por esposa
la adore en mi hogar.

LETRILLA V

La astucia
En el valle opuesto
por do sale el sol,
tiene al pie de un sauce
su choza mi amor.
La fábrica humilde
con grande primor
de retama y caña
levantela yo;
mas para premiarse
mi tierna pasión,
una ventanilla
oculta dejó.
Allí por las noches
su fuego y mi ardor
con dulces suspiros
contamos los dos:
mas yo lograría
más tierno favor,
si mi bien pudiera
abrir su prisión.

LETRILLA VI

¡Qué travesura!
Riyéndose aleve
Dafne prometió
abrirme su choza
anoche a las dos.
Saltando de gozo
mas no sin pavor,
ansioso aguardaba
gustar tal favor.
Al fin mi amadilla
con turbada voz
me dice que llegue
llena de pudor:
al umbral entonces
acudo veloz,
tropiezo y me caigo
con ronco fragor:
el padre despierta,
clama por su honor,
me fugo medroso…
¡Qué susto me dio!

LETRILLA VII

Los juegos
En la noche clara
del señor san Juan,
las rojas candelas
me puse a saltar.
En vano las llamas
del fuego voraz
me envuelven, pues nunca
causáronme mal.
Así atrevidillo
quise despreciar
la hoguera del joven
de flecha y carcax.
Mas pronto en castigo
de mi vanidad
tornome mi pecho
el dios en volcán,
haciendo que Dafne,
niña celestial,
se hiciera la dueña
de mi voluntad.

LETRILLA VIII

El requiebro
La rosa que al alba
ofreciendo está
sus gratas esencias,
su tez virginal;
la fruta sabrosa
que empieza a pintar
con vivos matices
el fresco peral;
la concha que engendra
en el verde mar,
envuelta entre nácar
la perla oriental;
la gloria del prado
de olor sin igual,
perfume del aire
la flor de azahar,
a ti feudo humilde
deben tributar,
pues todo lo vences
en gracia y beldad.

LETRILLA IX

La fantasma pastoril
Por burla me cubro
la frente con hojas,
y la rubia cara
me pinto con moras:
el talle me afeo
con una corcova,
y me lanzo al prado
en pos de mi novia:
me acerco callando,
y miro reposa,
soñando en el día
feliz de la boda:
la llamo, y al verme
afligida llora,
y yo más me río
de mi traza loca:
la máscara tiro,
mi bien se alboroza,
se enlaza a mis brazos
y acaba la historia.

LETRILLA X

El baño
En el claro estanque
del fresco vergel,
a mi adoradilla
bañándose hallé.
Entre enredaderas
y tras de un ciprés,
contemplarla quise
a todo placer.
Sus formas de nieve,
del agua al través,
en tibios celajes
dejábanse ver.
Por su alba garganta
y rosada tez
mil hilos de perlas
se vían descender…
Pero su belleza
más no pintaré,
no sepa un profano
lo que callo y sé.

LETRILLA XI

La corderilla
La blanca cordera
que mi pastorcilla
me dio por regalo
al cumplir su día,
miradla cual viene
sonando la esquila,
triscando en la yerba
con loca alegría;
su vellón parece
seda la más fina,
do prenden en moños
coloradas cintas:
las otras ovejas
se comen de envidia
al verla tan blanca,
sin mancha y tan linda:
sin duda es la Reina
del hato en que trisca,
así cual su ama
dueña es de mi vida.

LETRILLA XII

El pañuelo
¡Oh don de mi amada,
regalo sin precio,
prenda de mi vida,
oh fino pañuelo!
En tu hermosa orla
imprimo mil besos,
y adoro la mano
que bordó tu asiento.
Enjugas piadoso
el llanto que vierto,
y oyes de mis labios
mi amor indiscreto.
Cuando con sus ojos
mis ojos encuentro
cubres con tu holanda
mi rostro bermejo…
Si acaso entre rosas
¡oh cándido lienzo!,
a mi amante vuelves,
dila mi secreto.

LETRILLA XIII

El ramillete
¡Oh blanca azucena
honor de vergeles,
del amor más puro
emblema inocente!
¡Oh rosa encarnada
gloria de Citeres,
que con tus colores
ser firme prometes!
¡Oh lirio morado,
cifra de donceles,
que en pasión rendida
tímidos fallecen!
¡Oh azules jacintos!
¡Oh verdes laureles
que esperanza o celos
pedís elocuentes!
Formad un variado
lindo ramillete,
con cuyos matices
mis cuitas exprese.

LETRILLA XIV

El columpio
Entre un alto roble
y un verde nogal
un columpio hermoso
solemos colgar;
aquí las pastoras
de todo el lugar
vienen a mecerse
en grato solaz.
A la que más quiera
la impelo fugaz
y va hendiendo el aire
como una deidad;
y en graciosa risa
quiere sujetar
la fina arandela
del rico sayal:
se rompe el columpio,
ella una voz da,
y al salto, en mis brazos
logrela estrechar.

LETRILLA XV

La ilusión del retrato
Como un inocente
estaba mirando
la corriente tersa
del arroyo manso;
y sin que la viese,
mi Pastora en tanto
me echaba en los hombros
lirios deshojados.
Al punto diviso
su hermoso retrato
pintarse en las aguas
con fúlgidos rayos;
perdido y sin seso
quiero despechado
la celeste imagen
besar con mis labios;
sin tino en el agua
me deslizo y caigo,
y mi aleve aplaude
tan súbito baño.

LETRILLA XVI

Las paces
Si de hacer las paces
que es tiempo ya juzgo,
al soto desciendo
y a un árbol me subo.
Mi Dafne me sigue
con celo y disgusto,
relato me haciendo
de azares y sustos;
mas yo de sus cuentos
rapaz no me curo,
y alcanzo más frutas
y más nidos busco.
Allá en lo mas alto
finjo que me turbo,
y troncho las ramas
con gran disimulo:
se asusta, y me ruega
que baje en el punto,
y al obedecerla
las paces concluyo.

LETRILLA XVII

El juego
Vendados los ojos
de un blanco cendal,
con las pastorcillas
me salgo a jugar;
de la mano asidas,
al ver el disfraz,
en torno del ciego
pónense a danzar:
y alegres en rueda
se vienen y van,
sin que a las aleves
yo pueda atrapar;
ya alcanzo, mas huye,
un fino sayal,
ya prendo un pellico,
mas vuelve a escapar:
y al fin de la burla,
por feliz azar,
logré a mi adorada
absorto abrazar.

LETRILLA XVIII

El baile
Ayer en el baile
me encontré a Damón,
alegre triscando
con Dafne mi amor.
Picome de celos
tan cruel sinrazón,
y este mal al punto
mi bien conoció.
Y por más herirme,
con ardid traidor
prendada se hacía
del tierno amador.
Mas luego en despique,
sin pensarlo yo,
la rueda deshizo
y al galán dejó.
Se vino a mí ufana,
bailamos los dos,
quedando yo alegre
y triste el pastor.

LETRILLA XIX

La infidelidad
En pos de mi amada
salí al manantial,
y hallé otra pastora
¡ay Dios!, por mi mal.
Gracia tan cumplida
no la vi jamás,
ni tanta apostura,
ni tanta beldad.
Sus mejillas rosas,
el seno azahar,
los ojos dos soles,
la boca coral.
Infiel con mis labios
quísela besar,
rindiéndose ella
cual cera a mi afán…
Mas tú, fuente clara,
testigo fatal,
por Dios no reveles
mi infidelidad.

LETRILLA XX

La lección
Por ver en la aldea
mi ingenio lucir,
quiso mi bien darme
lección de escribir:
en la ancha corteza
de una haya gentil,
las letras y rasgos
me hacía distinguir;
después tales cifras
mi amante buril
remedaba atento
con gracia feliz;
y en pocos ensayos
llegué a conseguir
grabar este mote
en álamos mil:
«Discreción e ingenio
te lo debo a ti,
pero a tierno amante
yo solo aprendí.»

LETRILLA XXI

El encarecimiento
Los silbos agudos
del furioso viento,
que indómito arranca
los robles y cedros;
el río caudaloso
que hinchado en hibierno
las vegas arrasa
y anega los huertos;
la horrible tormenta
que en el crudo enero
destruye el sembrado
con granizo y hielo;
y el feroz rugido
de espantoso trueno
que ahuyenta al rebaño
del fiel ganadero,
no me dan, bien mío,
más pena por cierto,
como si me miran
tus ojos con celo.

LETRILLA XXII

La fiesta en el río
Ir suele en la siesta
mi dueño querido
a perder las horas
jugando en el río.
En tan claro espejo
su rostro divino
se adorna la esquiva
con rico atavío;
y a veces ufana
prende de sus rizos
las flores que coge
del margen florido:
mas yo por ajarle
tocado tan lindo,
dos guijas le arrojo
desde el verde aliso;
en el agua caen
con grato sonido,
salpicando a Dafne
de humor cristalino.

LETRILLA XXIII

La turbación
Id, mansas ovejas,
a templar la sed
al abrevadero
del fresco vergel:
las yerbas del margen
golosas paced,
mientras que a la cita
parece mi bien;
y a Dafne ultrajada
¡ay Dios! ¿Qué diré
si sabe que he sido
a su amor infiel?
Sin duda más vale
negar con doblez,
quejándome luego
de tanto desdén.
Mas ¡ah!, que ya llega,
cesó mi altivez,
y ni aun disculparme
conturbado sé.

LETRILLA XXIV

El arroyo
Arroyuelo manso,
raudal cristalino,
¡oh cuánto me agrada
tu inquieto bullicio!
Tú riegas las flores
del borde florido,
que en cambio te ofrecen
perfume el más rico;
el prado paseas
con sutiles giros,
derramando en torno
tu influjo benigno…
Mas yo de tus dichas
sólo triste envidio
el ver sin cadenas
tu libre albedrío,
y el que entre mil juegos,
el dulce bien mío,
imprime en tus aguas
sus labios divinos.

Lunavitque genu
sinuosum fortiter arcum:
Quodque canas, Vates, accipe, dixit, opus.
P. OVID.

A LA EXCMA. SEÑORA MARQUESA DE LAMBRANO

Mis tímidos versos
concede, Señora,
que a tu fausto amparo
rendidos se acojan:
que la flor humilde
sin matiz ni pompa,
cuya gala es solo
vaporoso aroma,
dos veces ufana
parece y hermosa
si al búcaro rico
pagar feudo logra:
y el fúlgido llanto
de la clara Aurora,
descendiendo en copos
cual líquido aljófar,
del vergel desdeña
pimpollos y hojas,
Por bordar el cáliz
de la blanca rosa.
De alegres zagales
el festivo idioma
oirás, cuando juegan
en la edad dichosa:
también los cantares
de la gente mora,
que de Alhambra dicen
las tristes historias:
o ya los cuidados
y dulces zozobras,
del rapaz que hiere,
e hiriendo se mofa;
y en sus alas de oro
de infiel mariposa,
por bálsamo lleva
la más cruel ponzoña
y al mar cristalino
verás en sus ondas
mecer verdes listas
entre azules zonas:
o en la blanca espuma
sulcar alias proas,
y flámulas leves
que el Céfiro azota:
marinos palacios
se pintan, do moran
los locos Tritones,
las Ninfas y diosas;
que en urnas de nácar,
con ámbar de Etiopía,
te dan en ofrenda
corales y conchas
que si el don acoges
triscarán gozosas,
mas que si en sus sienes
ciñeran coronas;
cual yo, si mis cantos
te halagan, Señora,
no ansiaré mas nunca,
mayor prez ni gloria.

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