SOY UN POETA HORTELANO

»Mi Poeta sugerido: Manuel Ángel Vázquez Medel

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Soy un poeta hortelano,
planto pimientos, tomates,
y si crecen disparates
juro a dios que voy al grano;
que los planto con la mano
al igual que hacen los vates
que escriben esos dislates
sobre el mundo y sus miserias
cual fueran monos de ferias
presumiendo ser abates.

Que es el huerto mi esperanza
y el jardín es mi alegría,
los versos ¡quién lo diría!
son que al bailarín la danza.
Y en medio de esta semblanza
gozo y sufro cada día
sin pensar lo que sería
a esta vida resistir
sin oír lo que hay que oír,
de aflicción me moriría.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Manuel Ángel Vázquez Medel

Manuel Ángel Vázquez Medel

Ciudad sumergida: fragmento VII

Algunos me preguntan: ¿dónde está
la ciudad sumergida,
en qué mapan se leen sus coordenadas,
al sur de qué lugar duermen sus avenidas?
No comprenden que tu ámbito es el tiempo,
que un detenido señala el sitio exacto
donde la caracola enmudeció por siempre
y que jamás sus ojos contemplarán sus calles.
Por eso vuelvo a ti cada mañana,
cuando las olas tibias del sol la luz tamizan,
o cuando en primavera los árboles caídos
añoran una flor con qué adornarse. Aquí,
mecido en el silencio,
aromado de sal y sol, de lluvia y cieno,
puedo encontrar la paz que perdí para siempre,
aunque la paz sea nada
y siempre se diluya en un instante eterno.

De Remota luz, Huerga y Fierro Editores (2019)

La memoria es cascada que al mar se precipita

Vamos muriendo —dije—
cuando tu luz nos unge
y ese roce intangible
de muerte y muerte
es vida.

Llamamos vida a cuanto se consume.
Permanece la piedra
y permanece el mar
que nos engaña:
su movimiento es nada
y permanece,
como la piedra,
inmóvil.

Huye la flor.
Las mariposas huyen.
Como huye la tortuga
aunque con paso lento.
Y esa huida es el tiempo.
Mas el tiempo no escapa:
permanece.
Como el mar y la piedra.
Y es movimiento inmóvil,
dinámica quietud.

El tiempo escapa —dije—
mas el tiempo no escapa:
permanece.

Necesitamos luz,
roce de roce y muerte,
para sentir la vida.

Llamamos muerte a cuanto permanece
y el fuego nos fascina
pues se consume: es vida.
El fuego vive y muere
pues permanece y pasa
misterioso.

Pasa el dolor
y el gozo pasa:
Gozo y dolor son vida.
La memoria es la muerte,
pues aprisiona el curso
de cuanto ya es pasado.
Y crece la memoria con nosotros
—crece con nosotros—,
abarca los confines
de cuanto fue vida o gozo, y crece
hasta adueñarse de todo lo vivido
y desemboca en muerte.

Al final,
la memoria es cascada
que al mar se precipita.
Y porque es muerte y muere
nacemos a la vida.

De Pájaro de la noche, Diputación Provincial de Huelva (1994)

Llevan fuego en el pico

Los pájaros que vuelan (¿hacia dónde?)
llevan fuego en el pico, y esa llama
se extiende cuando pasan sobre el pinar dormido.
Acuden hacia el mar: son cientos, miles,
decenas de millares, y pueblan esta orilla.
La tarde está impregnada de una esencia intangible
que convoca en el mar y nos convoca
hacia una luz que ciega. Hacia una luz que llama
al ritmo concertado de las alas
que baten sobre el cielo hasta romperlo en dos.
La sombra del trasmundono hiela las entrañas.

De Pájaro de la noche, Diputación Provincial de Huelva (1994)

Donde el círculo se cierra

Yo quisiera esta tarde perderme por las calles
sin prisas, sin urgencias, hacia ninguna parte.
No ser reconocido. Caminar lentamente
donde nadie me espera.
Detener esta fuga,
decidir mi camino, fijar mi propia meta.
Decidir, sobre todo,
con quién compartiré mis pasos,
hasta llegar al punto temido y deseado
en que el círculo cierra.

De Primera navegación (1974 – 1995). Inédito.

El mar de la palabra
[Una tarde de finales de mayo, en un aula ruidosa de la Facultad de Filología, en la “Fábrica de Tabacos”, los alumnos de “Crítica literaria” comentan “Mar” de Juan Ramón Jiménez]

Náufragos en el mar de la palabra
parece, en vuestra lucha,
que el agua retrocede
y este mar de sentidos os lleva a la deriva,
asidos a la tabla de salvación más frágil.

¿Cuál es el espectáculo,
el completo espectáculo
de su mundo de hoy (que ya es ayer)?
Parece
que en ese darse a luz, que en su encontrarse el mar
—la mar—
nos dejara perdidos…
¡Y es tan fácil!

* * *

El Poeta, una tarde
cualquiera de febrero
(¿o fue marzo tal vez? Mas ya no importa)
Una tarde cualquiera
de febrero —decía—
perdido en la cubierta
del barco que conduce hacia el mágico encuentro
distante de sí mismo, tan inseguro y débil…
El Poeta —decía—
se siente renacer, recreado en sí, vivo.

Amor y mar sanaron su locura.

Y descubre que el mar, la mar, solo o sola
sin compañero, sin compañera,
va rehaciendo desde sí, en sí, mismo o misma,
ahora —como siempre—
las olas que deshace.

Conciencia de un encuentro,
de un rito renacido del amor y del mar
que deja tras de sí la blanca estela,
como olas, del verso.

De Primera navegación (1974 – 1995). Inédito.

Un tiempo inhabitado

La soledad me habita en este tiempo vano.

Herido en la palabra voy sangrando amapolas
por mi abierto costado. Ya no hay lienzo que empape
esta fuga de vida: la muerte aprieta el paso.
Salgo de nuevo al mundo quebrada la armadura,
entregando al acero mis últimos despojos.
Mas venceré al final, en mi última derrota.

De Primera navegación (1974 – 1995). Inédito.

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