YO SOY UN APRENDIZ

»Mi Poeta sugerido: María Rosa Gálvez de Cabrera

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Solo soy yo un aprendiz,
un buen hombre que a la vida
la ha seguido en la partida
como un pollo a una perdiz.
Que hoy se encuentra aquí en Madrid
y mañana dios lo sabe
donde empiece, donde acabe,
ni si acabe tan siquiera
degustando esta quimera
como un niño a un regaliz.

Que ha seguido la corriente
a pesar de sus pesares
y ha nadado por mil mares
y ha caído en la pendiente
embriagado de aguardiente
preguntando por que ha sido
y respuesta no ha obtenido
ni una dada por callada,
y siguió sin saber nada
pues tampoco lo presiente.

Poco más que un tonto el haba
al que dios le plantó un reto
y uso haciendo de un respeto
de alabarle no cesaba.
Dedicó a pelar la pava
aceptando que es un rito
sin saber que él fue maldito
y que leche no meaba.
Que al final todo se acaba
y que pasa rapidito.

Que hasta ayer su chiringuito
de un talante deficiente
se ha tenido consistente
en los versos que hoy recito.
Que ya escaso de palmito
se ha tirado a la bartola
en la cola de la cola
del ciprés del cementerio
demostrando que es muy serio
pues le importa todo un pito.
©donaciano bueno 

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MI POETA SUGERIDO: María Rosa Gálvez de Cabrera

María Rosa Gálvez de Cabrera

A DON MANUEL QUINTANA EN ELOGIO DE SU ODA AL OCÉANO

Quise atrevida del sonoro Pindo
hollar la falda, y el orgullo necio
hasta la cumbre del celeste monte
con vano aplauso mi ambición conduce.

Admiro el brillo de castalio coro,
de Apolo el carro, de su luz el giro,
y más admiro, que el silencio reine,
donde reinaba su divino canto.

El dios me anima, y en su bello rostro
dulce sonrisa plácido me muestra,
y así me dice con afable acento:

“En vano, Amira, con tu lira quieres
en el Parnaso colocar tu nombre;
busca modelo que tu genio guíe;
oye a Quintana, que en su canto pinta
el ancho Ponto las bullentes ondas.
Las nueve musas en su metro vieron
el incesante vividor tumulto,
que el austro agita con airado soplo:
y todas callan, y su voz escuchan,
cuando en la orilla contempló la inmensa
mole argentada, que rugiendo bate
la dura roca y el soberbio escollo.

Ora en la arena deslizada corre,
ciñendo el globo, para ser su tumba;
y antes del plazo sepultó en su seno
vastas regiones de ambición henchidas.

Después al metro dando nuevo giro
celebra al hombre, que en el cielo arranca
el rumbo al polo, y a la ignota gente
lleva el comercio con fecunda mano.

Mas ¡ay!, que luego de furor cubierto
el fiero Marte por las naves gira;
odio y codicia, por do quier le siguen,
estrago y guerra siempre le acompañan.

¡Ah! Vieras como se horroriza y tiembla
oyendo guerra de Quintana el genio;
y como invoca las sañudas olas,
porque en su seno puedan sepultarla.

Vieras Neptuno, cuando oyó su canto
hundir medroso la arrugada frente
en el abismo de su inmenso golfo:
solicitando que Plutón le ceda
el negro cetro que el averno rige,
por el tridente que las aguas manda.

Amira, deja a tu orgulloso intento:
con nuevo estudio mejorar procura
el canto antiguo de tu humilde lira;
y elogia entonces de Quintana el numen,
honor y gloria de la musa hispana.”

En vano, Apolo; mi obediencia quiso
con alabanzas celebrar su metro.
Tú hacerlo puedes, y el festivo coro:
pero yo en tanto tu favor imploro.

A LICIO

Deja, Licio, que el necio maldiciente,
de la envidia inflamado,
con lenguaje insolente
descubra su rencor: nunca el malvado
miró la dicha ajena
con semblante sereno;
y la maledicencia es el veneno,
mísero fruto de su infame pena.

Tu ancianidad dichosa
siempre amó la virtud; tú has procurado
en tu feliz estado
sofocar de la envidia maliciosa
la ponzoñosa lengua,
que al hombre honrado quiere poner mengua.

Tu noble empeño es vano:
son del necio perpetuas, compañeras
la envidia y la malicia:
así el orgullo insano
acompaña las almas altaneras,
y sus virtudes vicia:

sírvales de castigo a su delito
vivir abominados,
y aun de sus semejantes detestados:
si en la pobre morada, donde habito,
sus voces penetraron,
compasión y desprecio sólo hallaron.

Sale de la montaña el agua pura,
y lleva su corriente por el prado;
bebe de ella el ganado;
y el animal inmundo antes procura,
que beber, enturbiarla,
y en sus hediondas cerdas empaparla.

Después el pasajero
en busca del cristal llega cansado,
y aunque desanimado
mira turbio su curso lisonjero,
bebe, y se satisface
buscando la corriente donde nace.

Así el hombre sensato
de la envidia el rumor sabio desprecia;
y aunque sienta el infame desacato,
perdón concede a la malicia necia,
y compasivo dice:

¡Oh cuánto es infelice
el mortal, que ocupado
en la mordaz censura,
de sí mismo olvidado,
mira el ajeno bien con amargura!

Bien sabes, Licio tú, cuánto granjea
un corazón sensible y bondadoso,
que su piedad recrea
viendo a su semejante más dichoso:
y aunque sin más riqueza,
que este don que le dio naturaleza,
por sí solo es amado,
feliz en cualquier clase y respetado.

Por esta prenda la amistad sencilla,
el placer, los amores,
a tu mansión llevaron sus favores;
y a tu vista se humilla
temblando el envidioso,
respetando tu asilo venturoso.

Con insensible vuelo
va la tierra girando en torno al día;
y aunque la niebla y hielo
empañen de la esfera la alegría,
nosotros no dudamos,
que siempre alumbra el sol cual deseamos.

Compadécete, pues, del envidioso,
que mira despechado
sus rayos fecundar el monte y prado;
y siempre generoso,
si mi amistad aprecias,
no merezcan tu enojo almas tan necias.

Despedida real del Sitio de Aranjuez

Fértiles bosques de Aranjuez florido,
por donde se desliza el Tajo undoso;
prado de mil colores guarnecido,
do siempre halló mi corazón reposo;
felices avecillas, que a mi oído
halagabais con canto melodioso,
voy a dejaros ya; pero mi acento
antes os mostrará mi sentimiento.

En vuestras agradables espesuras
a mi voz inspiró naturaleza;
en ellas olvidé las amarguras
de mi suerte cruel; vuestra belleza,
mi corazón llenando de dulzuras,
ha cambiado en placeres mi tristeza;
y en vuestro mudo y plácido sosiego
desprecié altiva el amoroso fuego.

Esta tranquilidad, que ha recobrado
en vuestra soledad el alma mía;
la razón, que mi espíritu ha elevado,
para lograr vencer la suerte impía;
y en fin, el tierno metro que ha inspirado
a mi genio la dulce poesía;
a ti lo debo, sitio delicioso,
donde mi corazón fue venturoso.

A Dios quedad, llanuras agradables,
montes, jardines, selvas y cascadas;
mientras respire, me seréis amables,
pues me dieron alivio estas moradas:
el sosiego y la paz, inestimables
tesoros de las horas ya pasadas,
vivan siempre y habiten vuestro seno,
de mil placeres y hermosura lleno.

Quédate a Dios, oh gruta deliciosa,
donde su curso unió Tajo y Jarama;
nunca el verdor de tu arboleda hermosa
destruya el sol con ardorosa llama:
vuestra corriente bañe silenciosa
del verde prado la naciente grama;
y en su llanura las pintadas flores
den al suelo esplendor y al viento olores.

En tu elogio, Aranjuez, se oirán en tanto
los olvidados ecos de mi lira,
sin que la vanidad mueva mi canto,
pues es la gratitud la que me inspira:
aquí cesó la causa de mi llanto;
de mi persecución calmó la ira;
y pues del hado aquí logré victoria,
siempre me será grata tu memoria.

LA VANIDAD DE LOS PLACERES

Oigo del mundo el eco lisonjero
sonar gozoso en torno de mi mente,
y la insensata gente
veo correr en vano
sin poder halagar ningún sentido:
¿será, que la fortuna a los mortales
jamás otorgue algún placer cumplido;
o que el fastidio siga a las pasiones,
que no pueden saciar sus corazones?

Genio, que inspiras sin cesar mi canto,
yo me abandono a ti; guía mi acento;
vuela en pos del contento
que el hombre te presenta en su grandeza,
cuando engañado su vivir fatiga,
y sus tesoros por gozar prodiga.

Jamás el espectáculo pomposo
vio del sol al nacer, ni sus oídos
el canto de las aves melodioso
gozaron, cuando el orbe se ilumina;
sumido en ocio, de velar cansado,
la noche se avecina
cuando el lecho dejando lentamente,
torna de los placeres al bullicio,
con que el mundo le encubre el precipicio.

Piensa que puede amar, y ser amado;
y los deleites del amor siguiendo,
un instante engañado
vivió de su ilusión encantadora;
pero nunca gozó: desconfianzas,
ingratitud, traiciones le atormentan;
celos devoradores
le acosan sin cesar con sus furores;
y si en la variedad busca delicias,
el interés le vende sus caricias.

El lujo le previene los banquetes
que la gula inventó; soberbio en ellos
adula su deseo caprichoso
con viandas exquisitas:
naturaleza de su seno hermoso,
los dones le presenta, que cultiva
bañado de sudor el desvalido,
allí desvanecido,
de falaces amigos rodeado,
con extraños licores lisonjea
su apetito estragado,
hasta que en el desorden ya beodo
pierde con la razón el placer todo.

Envilecido entonces, degradado
del nombre racional corre aturdido
del circo al espectáculo sangriento,
en él, igual a las sañudas fieras,
del hombre perseguidas,
tranquilo goza el bárbaro contento
de ver los inocentes animales
rabiando de perecer; y si la suerte
no protege los diestros lidiadores
también sin susto ve llegar su muerte.

Si asiste del teatro a las delicias,
sólo es por vanidad; su entendimiento
desconoce del arte los encantos:
el vano lucimiento
ocupa su atención; no las pasiones
que ve representar; no las desgracias,
ni el castigo, que alcanza el vicio impío,
su corazón movieron,
de sentimientos y virtud vacío.

Alguna vez de estruendo venatorio
seguido al campo sale;
y en el placer de muerte embebecido
las libres aves su rigor destruye;
que el privilegio de volar no vale
contra el ronco estallido
de la pólvora atroz; ni el manso ciervo,
ni la tímida liebre,
ni el veloz gamo su vivir libraron;
todos perecen: ¡ay!, cuando se aleja,
rastros de sangre por el valle deja.

Corre luego al festín; el atractivo
de la danza le ofrece sus deleites;
allí en tropel festivo
los mortales alegres se abandonan:
quien, en vueltas acá y allá girando,
en sus brazos conduce la doncella;
quien, rápido saltando,
del bello sexo la pasión excita;
quien, por danzar se agita,
y a los espectadores atropella:
los ojos se deleitan, los oídos;
y el tacto encanta los demás sentidos.

En vano este delirio pasajero
su languidez desvela,
mas poderoso objeto necesita,
para gozar placer; al juego vuela,
al juego destructor; en él consume
su tiempo y su riqueza:
en sus falaces suertes pierde el oro,
que socorrer pudiera cien familias,
deja entre las manos de un malvado,
lo que aliviar debiera al desdichado.

Si honoríficos puestos solicita,
¡cuánto a su orgullo que sufrir le espera!
La brillante carrera
de los premios emprende,
sin merecer ninguno; en ella ansioso
teme desaires, humillado ruega,
lisonjea, importuna,
y si acaso concede la fortuna
a su anhelar la injusta recompensa,
llega la senectud, y en pos la muerte
se presenta, seguida
del atormentador remordimiento,
de dolencia y terror; en vano entonces
remedios busca, por alivio clama;
el sepulcro lo llama;
baja a su seno, y su memoria en tanto
de nadie logra compasión ni llanto.

¿Y qué placer gozó? Todos huyeron
fugaces, del destino a la inconstancia;
todos en aflicción se convirtieron
cuando llegó su fin. ¿Acaso existe
algún placer durable cual la vida?
¿Acaso el mundo los consuelos niega
de recordar la dicha, aunque perdida?

No, débiles mortales;
la sagrada virtud en nuestros males
brilla, como la luz en las tinieblas;
ella conforta el corazón humano
contra la adversidad; y el poderoso,
que al triste socorrió con larga mano,
consigue venturoso
el supremo placer de hacer felices:
este es solo el deleite duradero
hasta el instante de vivir postrero.

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