MUJER

Poeta sugerido: Luis Armenta Malpica

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Piedra angular a veces esquiva o silenciosa,
siempre tan predispuesta al quite en mis maldades,
base fundamental de mis debilidades,
más que losa tú eres apoyo de una diosa.

Templo al que yo recurro en el último momento
lanzándo un SOS, lamento, solicitud, plegaria,
solícita esa llama pintada con tu aliento
sin demandar a cambio una letra cambiaría.

A ti, mujer, mi alma ofrezco hoy en sacrificio
como compensación a lo mucho que mereces,
por ayudar derecho a crecer a este novicio

constructora del firme y espléndido edificio.
Porque lo que deseo lo recibí con creces
aquí te bendigo. Eres, mujer, mi luz, mi vicio.
©donaciano bueno

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POETA SUGERIDO: Luis Armenta Malpica

Luis Armenta Malpica

EL PEZ INMERSO

El pez será una ausencia cuando ya no lo nombren
mientras no puedan verlo las arañas
ni se le dé por muerto
en algún nido.
El pez será el asombro que se finja
cuando al ir al zoológico
en la sección de historia se le mire
disecado
encima de una ficha:
Pez
extinto.
Entonces se le echará de menos.
Más de alguno dirá que él sí lo conocía:
era dueño de un par de poderosos alerones
cubierto con escamas de metal
y en la punta del cuerpo
en el timón de mando
una cortina de humo
ensombrecía
su avance.
Y otro dirá que no
que el pez era un antiguo rascacielos
especie de pirámide de vidrio y argamasa
en donde los muchachos escondían las monedas
robadas a sus padres.
Y una anciana gloriosa
(lo que denotará su estirpe y sexo)
abrirá los olanes de su blusa
desarmará su torso
y enseñará en la aréola
el cuerpo inconfundible del pez
en sus costillas.
Y ella no dirá el nombre que una vez fue
la herencia del agua
no dirá que malagua fue un invento de ancianos
y que no existe otro animal que el hombre…
Se quedará
desnuda
tan pez
como hace ya
muchísimo
estuviera
al acecho
de un nuevo golpe
de años
que la conduzca
al agua.
La mujer
en medio de la burbuja de aire
surgida de su aureola
beberá de una vez lo que una vez dio
a su hijo
se enganchará por siempre
en su anzuelo de madre
y morirá tranquila
atravesados los labios por un beso
los ojos de un crepúsculo blanco
y el corazón
partido en tres
por una gota de agua.
Y los desconocidos se dirán entre sí…
«Era la ungida».
Ella
en la agonía del pez
convulsionada
negará con los ojos.
Todo eso fue mentira.
Solo hay algo que de ella va a decirse
sin que el hombre recele:
la mujer era
el pez.
Siempre lo ha sido.
Mas los hombres esperan
porque habrá de llegar de algún sitio
del hombre
la migala.

FÁBULA EN CAN MAYOR

Recuerdo que yo tenía un cachorro; era muy inocente, por eso me gustaba.
De sus orejas gachas asomaba un mechón de pelo oscuro que le caía a los ojos.
Estaba un tanto ciego: a diario tropezaba con su hocico.
Le espantaban los gatos y perseguía ratones de juguete.
No jugaba con ninguno de mis otros hermanos, ni siquiera conmigo.
Un día lo bautizamos con el nombre de Dios.
Cambié mis huesos cortos por unos largos, gruesos, y olvidé a mi cachorro.
Con el tiempo, encerrado en el patio, el perro se hizo bravo:
gruñía todas las noches, mordisqueaba la cama y arañaba la puerta.
Es el celo —susurraba la abuela, entre sus oraciones—.
Un día rompió la soga que lo ataba del cuello y escapó de la casa.
Igual —dijo mi madre— hacen los hijos.
Dicen —los que lo vieron— que el perro estaba sucio, que tenía las pupilas inyectadas de sangre, y una saliva espesa le escurría entre los dientes,
que mordió a muchos niños, hasta que fue apaleado.
Cojo y un tanto ciego, merodeó por el barrio de mis padres.
Ayer lo envenenaron delante de mi casa.
El hombre que ahora vive conmigo, salió en la madrugada, cogió el cuerpo en sus brazos y lo enterró en el patio. Encima de la tumba puso algunos claveles y una cruz de hojalata. Yo lo observé, escondido detrás de las cortinas, y lo escuché rezar, de hinojos en la tierra.
Al lavarse las manos, ya en la casa, me contó que una vez él tuvo un perro: era muy inocente, por eso le gustaba. También tenía una boa. Como el perro y la boa eran sus animales preferidos, los puso a vivir juntos; y luego de unas horas, la serpiente se tragó al cachorrito. Él sabía que la boa era inocente, pero no volvió a verla.
Me acompañó al jardín de nuestra casa y allí permanecimos junto al perro.
Estando de rodillas, al voltear la cabeza observé a una serpiente, justo atrás de aquel hombre.
Las piernas me temblaban, y las manos, y el pecho. Sentí cómo la sangre me llenaba los ojos, sin poder dar un paso, y una saliva espesa me obstruyó dar un grito…
La serpiente, con sus fauces abiertas, se acercó hasta su víctima.
Entonces, no sé cómo, y después de un gruñido prolongado, esa cruz de hojalata degolló a la serpiente.
A partir de ese día, le doy gracias a Dios, con todos mis ladridos.

EBRIEDAD DE DIOS

De niña me enseñaron que yo era una manzana;
los hombres, el cuchillo.
Las mujeres debíamos conseguir que nos pelaran
se hundieran hasta el mango en nuestra carne
y le dieran salida a las semillas.

Ya en espiral
­­­­—con nuestra piel deforme, oscura por el tiempo­­­­—
el amor podía ser algún mordisco
un apretar los dientes
y ser mujer
callando…

Pero yo no callaba… me decía en los poemas.

A golpes ­­­­—como aprendió su madre­­­­—
fue lección de mi madre: la cocina es el mundo
de la mujer que calla.
Entre especias, vinagres y embutidos
esa dulce manzana de mi vida se llenó de gusanos.

No callaba: mis hijas me costaron, cuando menos, un grito.
El amor, esa lata carísima
se quedó en la alacena.

Un día, por buscarle acomodo al aguardiente
lo tiré a la basura.

Sé lo que hacen los lazos en todas las mujeres
aunque sean familiares.
Al encender el horno (¡ay, Sylvia Plath, te envidio!)
al picar la cebolla lo recuerdo…
Las profundas estrías de la garganta
son mi paso
de Dios a la intemperie.

Perdí mi casa
cuando llegó el alcohol como el mesías.
Después perdí a mis hijas, una a una.
Pero rezaba, así, como callando: «Señor, ésta es tu sangre…»

Tu madre se nos muere, les digo a mis tres hijas
luego de cada sorbo.
Ellas tan solo lloran, muy quedito
como diciendo: ¿cuándo!
De Ebriedad de Dios (Ediciones Monte Carmelo, 2000)

DE LO QUE PUEDE SER

Lo que pudiera ser
debe de trasladarse por sí mismo

como hacen las palabras que alguien dice y no
importa si se las lleva el viento o algo las trae
consigo. No existen las palabras
en el instante en que las recordamos. Salen con un vigor
extraño si es que abrieron los ojos en alguna ocasión
en ese borde frágil de la pasión sin réplica. El ojo
transparente del recuerdo se llena paso a paso
con la gota que cae
de ese cirio
de Dios
y cubre todo.
Son parafina
y polvo. Sal
que en un abrir y cerrar de los párpados
esboza alguna mueca
para aliviar el odio que se levanta
en llamas. Lumbre que trae
consigo cuando se queda
quieta, esperando el suspiro que la arrastre
a otra boca, otros
ojos que dejarán el borde del lagrimal
en su vacío relente. Lo que pudiera ser
el movimiento de una palabra, el sollozo que la libera
de una canción (“De haber sabido”
ponemos un ejemplo) es el pálpito que obliga al corazón
a detenerse y escuchar el latido que proviene
de afuera y trae la misma sangre. Escarcha de otra
voz que sigue su caída por ese borde
que apenas escuchamos (si acaso
lo escuchamos)
mientras dura el infarto.

La certeza
posible, la condición
de ausentarnos por pausas
no nos sorprende con los ojos
abiertos. Plenos en la conciencia
de la música, se abren y vencen
como labios que murmuran algún adiós
o un hola. Lo que canta
se teme. En su justa mitad la nota que parece
más grave es el suspiro. Lo que pudiera
unirnos en la muerte. Ceniza
de lo que cae
si calla.

Si la palabra siempre se cumple
aunque no haya certeza
tal vez nunca dejemos de decirla. En esta
paradoja de la lengua (la que hablamos
o en la que nos movemos)
el cuerpo del lenguaje se defiende
en los poros, porque lo que se dice también
suda en la frente de aquel que manipula motosierras
y deja caer sus golpes, cierta
mente, como si nunca más fuera algún cuervo
que ya no encuentra ramas ni descanso.
Los (in)significantes, cercanías
y restos que yacen tras las plumas
siempre serán
más negros que puntos suspensivos
y nunca tan puntuales. Así
son las certezas. Así el tiempo.

Pero quien cambia no es el lenguaje
sino el hombre. Quien no quiere crecer
en ese nunca
jamás verá aquella otra palabra:
la que su ojo no mide
la que puede explicarlo y vuelve
detrás de él
para empujarlo
al borde de lo que no
se ha dicho.
De [Contra] Partitura, inédito

NUEVA FE

a Pedro Romero

Ese enorme nenúfar
erguido
en el estanque
debe llamarse Pedro:
funda mi nueva fe.
Es el hombre
que yace
en aguas quietas.

Se levanta
entre los tantos lotos
del paisaje
con dos lirios azules
que serán las columnas
que sostengan el cielo.

No se mueve
o
apenas
pero tiene un rizoma poderoso:
sus arterias conducen hasta Roma
y en el envés
amor
otros lirios se inclinan
los lotos le saludan
y el fango adquiere luz.

El arte, dice Pedro
no crece en los riachuelos
ni en aguas cristalinas. Necesita
para salir a flote
que el barro lo sustente.
Y qué mejor pantano que la propia familia.

Recostado, el nenúfar
se muestra más desnudo: sus hombros
representan las hojas de una balsa
que no se mueve
aún
porque no hay viento
(a pesar del perfume del romero).

El ave que debiera atravesar las aguas
–una tercera forma de observarse en el mirlo–
se quedó a medio eclipse
entre la flor de sal
petrificada
y yo
que no soy
su pariente.

El peciolo o el limbo
nada importan. Es la enorme raíz
la que les da color a sus pistilos. Pedro
navega quieto
solo
con su respiración. Sabe
que ha llegado al corazón de un hombre
de agua mansa
que no puede tocarlo
que no quisiera hundirlo. Lo ve
y es suficiente
reinar en ese cielo prometido
tal vez
para alguien más. Lo mira
como se forma
un mirlo.

Lo observa
en ese espejo de agua
del poema
y entonces
sólo entonces
se escucha un respirar
entrecortado
porque hay un hombre vivo
en ese estanque.

Sube y baja su piel.
Se agita y se derrama
en sus raíces
porque siempre hay familias
que así se recuperan: de la nada
del arte
de la contemplación sencilla
del nenúfar
en éxtasis. De la divinidad
de ser un hombre
nuevo
porque alguien más
cree
en él.

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