SI UNO QUEDA, YA SE VENDE

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Sigue el líquido fluyendo
por el cauce de un vil río,
y la brisa al mar bravío
va a sus olas resistiendo.
Yo a mi casa construyendo
en un medio que es baldío
donde siento que hace frío,
al ayer lento barriendo.

Y esas yerbas dios me ha dado
ya están fofas o marchitas,
pues las lindas y chiquitas
cuando ven me dan de lado.
Solo queda mustio un cardo
entre algunas chirivitas
que otras fueron de rositas
entre un cielo gris bastardo.

Y hoy las luces no son luces
que al paisaje ya no alumbran,
así finjan que deslumbran
van cual potros dando coces.
Y tampoco hoy los arroces
a sus antros ya me encumbran
y a ser justo, si vislumbran,
yo percibo ruido y voces.

Que la vida aquí no atiende
a mis ruegos y preguntas,
pues no hay bueyes y no hay yuntas,
que hoy de un hilo todo pende.
Ya el vivir perdió su duende
entre tantos sinsabores,
e inclusive los amores,
si es que queda uno, se vende.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Roxana Elvridge-Thomas
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Roxana Elvridge-Thomas

MUJER QUE GOZA AL PENETRAR EL HUMO

Vierte al fuego las resinas.
Inunda el claro con vapores de maderos, secreciones, asaduras.
Se pierde en ese pliegue que se horada en la montaña al elegir los animales,
las breas, flores, juncos, pulpas, raíces olorosas.
Danza jubilosa entre el humo.
Aspira.
Impregna los muslos, los pezones.
Siente penetrar por sus resquicios ese aroma que satura su delirio.
Regresa a la aldea cuando se ha extinguido la emulsión.
Pasa al lado de ese hombre que la embriaga aún más que sus mezclas vaporosas
y él se prenda del aliento que la envuelve.
Se entrega, rendido, a ese cuerpo ahumado, perfumado

DOLOR

Si ves el ciervo herido
que baja del monte, acelerado,
buscando, dolorido,
alivio al mal en un arroyo helado
y sediento al piderm se precipita,
no en el alivio, en el dolor me imita.
Juana Inés de la Cruz

Indigno romper de columnas desata su acero sediento y vierte calderas de hiel por aletargados, anatómicos surcos.
Rata enorme, enloquecida, clava colmillos certeros en pez por demás vulnerable.
Ciego látigo.
Perfora con furia resquicios, invierte el código errante, corroe los huecos.
Deslumbra, certero.
Indómito ser inasible, horada la fuerza, tuerce el sentido, aspira el aliento, desarma y se va.

J. BEUYS SE INTERNA EN LA HOGUERA DEL HORIZONTE

La ceniza da cuenta del incendio.
Soy ceniza y soy miel y tres vasijas
que encaminan al ocaso sus señales.
Y soy yo entrando ahora a otra hoguera donde un libro me dicta proteger la flama
y me pregunto cómo cuido aquello que me abrasa.
Y soy yo en el avión envuelto en llamas cayendo por jirones de aire,
después envuelto en grasa y fieltro.
Oruga, invertebrado.
Como el ave que calcina sus emblemas y renace en turbia larva lubricada.
Y soy yo encendido por ese pensamiento que es destreza y es creación,
que inflama mis sentidos y mis obras, y mis manos.
Y soy las tres vasijas donde viajo entre mieles a fundirme, al fin, ceniza con la flama.

TIGRE

Porque lo bello no es nada más que el
comienzo de lo terrible, justo lo que
nosotros todavía podemos soportar.
Rainer María Rilke

Cólera dormida, retráctil alfabeto en llamas.
Peso, brillo, áurea talla.
Amamanta con luz a sus cachorros.
(Vivas llamas en quinqué,
inquietos resplandores custodiados por cristales).
Indómito ángel, cuerpo que es silbido, que es antorcha al penetrar la selva gangrenada, al erigir clamores que calcinan, arrasan, transforman todo cuanto arde con su paso.
Empaña el mercurio con furor de miradas. Iracunda adolescencia -adolece
de sangre.

Su belleza paraliza.
Luego el nombre que encarna en la carrera, en los músculos que abrasan.
Dentellada, como flecha, en la garganta.
Cuando duerme huele a sangre.
(Aunque uno de su raza dijo que el olor era de sexo y carne macerada).
Se escucha el crepitar de sus pulmones, el aire se enrarece de la esencia macilenta de la presa.
Cruel kratofanía.
Gorgona.

Es cautivo por su imagen cuando astuto encantador ofrece a sus ascuas un espejo bañado de alcanfores que invierte el papel del exterminio.
La bestia es seducida.
Su hermosura la destruye en el reflejo.

VERANO

Se esparcen mieles densas por su cuerpo.
Derrama adormecidas infusiones,
espesa la sangre lentamente para luego aletargar a los mortales.
Pasta en los sudores que alienta,
bebe de la sed que explora pieles,
deambula por cordura enardecida.
Es sabio y cruel.
Goza el descaro, la impaciencia, el terror.
Ceba ira
seducciones
luego engulle a los caídos en sus garras.
Es ánfora de aceite donde escalda a los endebles,
Lengua que pasea su sequedad entre los pliegues,
golpe de vapor insospechado,
clamor que graba el aire de candelas al marcharse.
Al cabo de los ciclos volverá.

VOZ

En la roja mordida del viento,
en la arista que punza las yemas,
en la sangre vertida,
en la entraña aromada de incienso,
en el dulce tósigo hirviente,
en el pétalo, en la savia, en la cruel amapola.
En el ritmo que prende furioso,
en el lánguido hablar del oboe,
en el gozo, en el llanto, en el fuete certero,
en el bosque incendiado
llega, palpitante, hambrienta,
la voz que se cuela en el cuerpo,
que inunda memoria y sentidos,
que escuece caminos, que duele.
Que es un enjambre de peces lejanos,
que es parte del aire y la piel y los ojos.
La lengua espera su acero,
el oído pena por ella, muere apartado
de esa voz lejana y dulce,
en tuétano metida.
(Para Fernando Gómez Pintel)

VOZ II

La noche se fundió en la caracola de tu aliento
y la luna
-tu luna cubana-
tejió con hebras luminosas
tu voz.
Caverna donde el mar golpea
ocaso de fuego y sangre
piedras trascendiendo los arroyos
tu voz.
Oscuro lomo del mar
bestia que se curva en tu decir
roble inundado por la brisa
hueso palpando la entretela
tu voz.
Vasija que remonta terciopelos y oquedades
tatuaje calcinando el viento
fuete transido de sombras
profunda campana enlutecida
que encumbra en figura la palabra.
Tu voz.
(Para Carmen Montejo)

ARDE VELO EN LAS ENTRAÑAS

Arde el espacio que no llena la caricia.
Noé Carrillo

Irrumpe en la epidermis
el tósigo que todo lo calcina:
La ausencia de una mano
que anime estos parajes
jardín oscurecido por tu ausencia.
La casa es una herida
mana enjambres de bestias arraigadas
en los muros que arden de vacíos.
El cuerpo que la habita
es enlutecida llama que, absorta,
ve borrarse en la arena de sus palmas
los senderos que llevan al encuentro.
Solo, sí, desquiciado
respirando virutas de abandono
en este espacio que incinera el cuerpo
cuando ciñe con su manto amargado.
Mis dedos se desgajan
cuando avanzan en tiniebla a tu alcance
y sólo tocan humo
paredes encaladas por la sangre
vertida por los ojos desechados.
Las piras de esta cárcel me circundan
sucumbo en ella sin rozar tu torso.
Tu atroz indiferencia me ha abatido.
Fuego. Ira. Soledad.
Se confunden en mi pupila abierta.

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