EL ÚLTIMO TRAGO

»Mi Poeta sugerido: Mauricio Bacarisse

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He llegado hasta aquí. Y aquí me siento.
No insistan. No intenten levantarme.
Es mi sitio. Que aquí llegué contento.
Veloz hasta asentarme como el viento,
cual guerra que termina y su desarme
y no sirve de nada ya el lamento.

Feliz, tranquilo estoy. Sólo conmigo.
Poco fui, nada soy, nada deseo.
Un soplo de calor de algún amigo.
Los sueños del ayer con que me abrigo
y el hecho de escribir con que recreo
mi espíritu si el gozo lo consigo.

Me olvido de volar, que la esperanza
ha decidido echarse ya la siesta
y exige al que esto escribe una fianza.
Le impide disfrutar de la pitanza,
no acierta ya bailar ya en esta fiesta
ni encuentra su lugar en esta danza.

Good bye. Adiós. Yo sé que éste es el sino
del que un día el nacer tuvo por suerte
y hoy de golpe le espera su destino.
Anduvo por aquí como un cretino
y ahora ya sólo espera hacerse fuerte
ante el trago más fuerte en su camino.
©donaciano bueno

 

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MI POETA SUGERIDO: Mauricio Bacarisse

Mauricio Bacarisse

Ruiseñor

La pálida luna en flor
y la fuente, en mil promesas,
son dos hermanas siamesas
unidas por un temblor.
Riela trinos, ruiseñor,
sobre agua de astros en calma,
tú, que humedeces la palma de Dios, y osas
probar a las lindas rosas
la inmortalidad del alma.

Fragilidad

Mi alma tierna y melancólica
se ha enamorado de ti,
Magdalena hecha en mayólica
por Bernardo Palissy.

Serás mi único tesoro
hasta que venga la Intrusa;
eres lo que más adoro
con mi madre y con mi musa.

Como un ópalo en mi dedo
turba mi felicidad
ese inexpresable miedo
a tu gran fragilidad.

Eres un alma perdida
del Infortunio en las fauces;
eres Ofelia subida
a las ramas de los sauces.

Eres de nieve y cristal,
y si te estrecho en mis brazos
la copa del Ideal
ha de quebrarse en pedazos.

Eres un astro de oros
en mi existencia confusa;
eres lo que más adoro
con mi madre y con mi musa.

Por si algún día estoy falto
de tu amor y tu bondad,
vivo en triste sobresalto
por tu gran fragilidad.

Musmé

Eres bella y elegante
y tu alma extravagante
en amar no se marchita;
gozas la dicha completa.
Dios no te hizo tan coqueta
al hacerte tan bonita.

Brotan lujuriosas luces
de tus ojos andaluces
y de tu pelo africano,
y eres como una musmé
cuyo diminuto pie
caber podría en mi mano.

Tienes los labios de fresa
y las manos de abadesa;
son tus mejillas de grana,
y hasta en tu voz argentina
eres la mujer divina
con alma de cortesana.

Tu maldad no se adivina,
tu roja boca fascina
para asesinar después,
y es una flor de granado
que al besar, ha envenenado
al que lloraba a tus pies.

Yo te amé por tu elegancia
y por la rara fragancia
de las rosas de tu ser;
por tu traje azul turquesa,
por tu sangre de duquesa
y tu crueldad de mujer.

Eres una triste rosa
cuya esencia ponzoñosa
marchitó mi corazón,
y hoy me queda la tristeza
de contemplar tu belleza
y recordar tu traición.

Quizás comprendas mañana,
princesa esquiva y liviana,
la agonía de emoción
de aquel ingenuo amor mío
que murió yerto de frío
debajo de tu balcón.

¡Qué grato sería amarte
y entre los labios besarte
si tu espíritu tirano
fuese bondad, luz y calma;
si tú tuvieses el alma
tan blanca como la mano!

Prodiga el amor mortal
que me hirió como un puñal
con tu gracia de musmé,
y al amante hazle traición,
pues tienes el corazón
tan pequeño como el pie.

Princesa

Tiene su pelo raros destellos
cuando de noche sueña en los bancos;
es la que tiene los ojos bellos;
es la que tiene los dientes blancos.

Es juglaresa de las aldeas;
sus danzas cínicas son turbadoras;
tiene el encanto de las napeas
cuando el sol bruñe sus crenchas moras.

Es la que canta las barcarolas
y de las rondas saca dinero;
es la que baila las farandolas
al son latino de su pandero.

Es la morena que jocoseria
mira la vida como una injuria;
es la princesa de la Miseria;
es la princesa de la Lujuria.

Tiene un perfume sublime y raro
su piel de raso tostada y blonda;
tiene los ojos de un verde claro,
de un verde claro color de fronda.

La más hambrienta de las hermosas
huele a un aroma de cien jardines;
en vez de hebillas, lleva dos rosas,
dos frescas rosas en los chapines.

Es mi gitana fiel y divina;
es mi pantera, mi defensora;
la que mis males siempre adivina,
es mi sultana y es mi señora.

Es la más bella de las mujeres;
es la que cura mis sinsabores;
es la princesa de mis placeres;
es la princesa de mis dolores.

Pero es la esclava de mis antojos…
Tiene por lechos quicios y bancos.
Es la que tiene bellos los ojos;
es la que tiene los dientes blancos.

Bebedor de ajenjo

Si siempre estoy ensayando
mi sonrisa amarga y triste,
es porque estoy esperando
a una mujer que no existe.

Víctima del desencanto
sufro martirios letales;
por eso adoro yo tanto
mis dichas artificiales.

Paraísos artificiales
que huyen del ruido y del sol…
¡Mis rimas son inmortales,
pues son hijas del alcohol!

Soy mísero y decadente;
en mi alma el Hastío muerde.
Por eso adora mi mente
los sueños del licor verde.

Licor venenoso y triste
que como un suave beleño,
un grato perfume diste
al cadáver de mi ensueño.

Licor que tiene el matiz
de unos ojos que yo amé,
y del tinte del tapiz
en que danzó Salomé.

(Ojos glaucos y perversos
que asesinasteis mi vida,
y le disteis a mis versos
fragancia de flor podrida.)

Turbio ajenjo sibilino
que tienes el sabor fuerte;
que harás de mi desatino
vestíbulo de la Muerte.

Cómplice de la locura,
mis hojas muertas no arranques,
licor que todo lo cura,
licor de color de estanques…

Si siempre estoy ensayando
mi sonrisa amarga y triste,
es porque estoy esperando
a una mujer que no existe.

La doncella raptada

Va a la grupa la doncella
sobre un corcel de oro y plata,
entre el alhelí y el plomo
del cielo y el campo en calma.
Va a la grupa la doncella
aunque ella sola cabalga.
Su rubia llama de pelo
ha de encender la borrasca
cuando se desasosiegue
la tarde en paz, gris y cárdena.
Aleteos del abril
asustan a la hoja plácida
y afilan sus acicates
en la hora desenfrenada
para hundirlos en la prisa
de las nubosas ijadas.
Por los llanos va el corcel,
con luces de oro y de plata,
y, en la grupa, la doncella
que en las tormentas se escapa.
El campo la ve correr
con su miopía entornada.
Un amor de río gentil
se criba entre las pestañas
de los chopos espigados,
y el verde mirar del agua
no sabe descifrar quién
es el raptor que la rapta.
Nadie se ve en la montura.
La niña va arrebatada.
Alhelíes de centellas
de olientes tormentas cárdenas
no aclararán la visión
de la llanura obcecada.
La tarde es perla siniestra;
el corcel es de oro y plata.
Como un eco del galope
se oye un trote de tronada.
No hará visible al galán
la encendida catarata.
Va a la grupa la doncella
aunque ella sola cabalga.

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