ME GUSTAN LAS PERSONAS

»Mi Poeta sugerido: Luisa Miñana

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Me gustan las personas que son equilibradas,
que al pan le llaman pan y al vino dicen vino,
que nunca al comentar presumen de adivino,
lamentos no han de dar por leches derramadas.

Que dicen que no saben mas saben lo que dicen,
humildes por más señas mas llenos de sapiencia,
que ven con ojos cautos y al agua no bendicen,
y escuchan y aun desdicen armados de paciencia.

Me gustan los que aplican el cuarto mandamiento,
respetan los que hicieron por que él aquí viniera,
se tocan la cartera y sin resentimiento
disfrutan del momento cual si de ricos fuera.

Los que son flor y nata, los que soñando van
obviando el qué dirán si al fin meten la pata,
aquellos que inocentes si alguno les delata
no van de mata en mata, con lloros al desván.

Me gustan, no me gustan, mas eso qué interesa,
¿quién goza del baremo que marca las distancias?
Los hombres con matices igual que las fragancias
cada uno es cada cual, del mismo él es su presa.
©donaciano bueno

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MI POETA SUGERIDO: Luisa Miñana

Luisa Miñana

Las esquinas de la Luna

– Preferiría no quitarme las gafas de sol.
Me he ido acostumbrando a mirar tras la sombra y estoy bien de esta guisa.
Habito en las esquinas de la Luna. Cualquier esquina de la Luna vale
para estar en el centro del mundo: no doy ya vagas vueltas
por la historia, ni sueño que transito
en mis reencarnaciones por eras geológicas. No investigo.
No me interesa nada desentrañar el corazón perverso de millones
de negros agujeros– (lo que solía entusiasmarme antes) – esquivos e insaciables.
Miro desde la sombra. Recuento
con los dedos, pues no quiero perderme. Me defino atrapada.
Los ladridos atruenan en las deslumbradoras plazas de los desiertos.
Todas las tardes armo y desarmo este puesto junto a la carretera con viejos utensilios
que ya no considero como míos.
Y algún viajero acude a mi reclamo, pues hago buenos precios.
Voy vaciando la casa.
En ello me entretengo últimamente. Y en hablar.
A algunos compradores puedo ofrecerles té o café: eso sí, recalentados.
Y el tiempo da la vuelta bajo el ocaso como un calcetín o un abanico, y entonces hablamos,
como entendiéndonos.
Hablar no vale nada, ni mi tiempo tampoco. Quédate un poco más: are some way off,
– como una canción, – restez un peu plus.
Llevo gafas de sol porque el amanecer me daña la mirada
.
Nada valen mis ojos. Se trafica con ellos en las páginas web donde subastan objetos seminuevos.
Pero nadie los compra. También el mediodía me hace daño. Mueren al mediodía casi todos los niños,
cuando resuena el timbre que anuncia la salida del colegio. O las algarabías junto a los mostradores
de las tiendas de chuches, sobre los pasos de cebra y en las papeleras rebosantes
de colores y envoltorios.
Mueren bajo el crujido del hambre en el cabello.
O de la bomba.
Y algunas veces los niños nacen muertos, como los días. También el atardecer me hace daño
en los ojos que no tengo.
Habito tras las gafas de sol, porque no puedo ver y prefiero la Luna.
Ojála que el café te haya templado el ánimo.
Ya estoy arrepentida.
Para hacer llevadera tanta contradicción, cualquier esquina de la Luna vale
(De Las esquinas de la Luna)

La modelo habla por teléfono con el fotógrafo

Desde que soy intercambiable
me han crecido nombres como extremidades, como ojos, como
bocas. Me parezco a los cuadros de Warhol y a los ceniceros de los
hoteles, a una diosa oriental

Con todas las bocas te llamo y con todos los ojos. Con todas las
extremidades podría abrazarme a ti, pues he aprendido desde niña
en los documentales que en cualquier país la lluvia es verde y negro
el sueño que no llega

Mi tiempo es el tiempo en que puedes mirarme, porque no habito
espacio ni sol más allá de este cordón umbilical que a veces es un
árbol y muchas otras la carretera que da la vuelta al mundo.

Todas mis variaciones que tú amas las he diseminado por el mundo
porque alcanza mi deseo para multiplicarme por todas las antenas y
pantallas: seré cualquier mujer que tú alimentes o maldigas

Tengo los dedos fríos de quedarme pegada a la fachada de cristal
de mi oficina. Vivo en el polo Sur, en medio de la gran tranquilidad,
concentrada en el trabajo de posar para ti

a todas horas
ante esta web-cam

Ya no estoy en los catálogos de tus exposiciones, y solamente viajo
los fines de semana para alojarme en los hoteles por donde tú has
pasado y entiendo que ser libre en este mundo de teléfonos
es una forma de ser intercambiable.
(De Las esquinas de la Luna)

Hélices

“La ciencia es la observación de las cosas posibles, ya sean presentes o pasadas. La
presciencia es el conocimiento de las cosas que pueden ocurrir en el futuro, aunque sea
lentamente” (Leonardo da Vinci)

A la hora en que murió Leonardo da Vinci yo comía un bocadillo en
la Galería de los Uffizzi con una cerveza.
Escuché la noticia a otra turista, que andaba para atrás sin dejar
de hablar.
Y le chisté. Y la llamé loca y mentirosa.
Pero Da Vinci había muerto, sin que sirviera de nada mi devoción
por la Última Cena de Milán o la Adoración inacabada de los Reyes
Magos

A los perpetuadores de códigos: no os lo perdonaré nunca.

Amé a Leonardo.
Le seguí amando aun después de descubrir al amanecer, en la
Toscana, la simpleza del misterio del sfumatto, contra los cipreses
azules y las torres fortaleza de San Giminiano, sobre mis lágrimas.
Y le amo ahora que lo han asesinado, como a todos los
librepensadores les sucede tarde o temprano: en hogueras de
dólares y de celuloide, empaquetado en la saliva de la Gorgona
y del proceso digestivo de los rumiantes.

Amé a Leonardo, a pesar de que hacía autopsias y de que él a su vez
amaba los cadáveres. Como Miguel Servet,
el ciclotímico criado por las monjas de Sijena, a quien Calvino
aborreció más que a Dios. Y acabó matándole.
La raíz de la sabiduría está en la muerte. En entenderla.
¿Quién la entiende?

Amé a Leonardo porque durante quinientos años ha encandilado a
toda la humanidad con una sola sonrisa sin importancia, como una
nube. Porque supo adueñarse de esa sonrisa en un toque único de
óleo y color en la comisura de los labios, como una babita de niño.

Le seguí amando.

A los voceadores de códigos: la muerte no es sólo un espectáculo.
No os servirá negaros, y entonces lo entenderéis.

Cuando murió Leonardo da Vinci, en Francia, en la corte exquisita
de Francisco I, el enemigo de Carlos V, el emperador,
yo estaba frente a su casa italiana, aguardándole, echándole de
menos desde el aciago día de la caída de Roma.
Él sabía dibujar el tiempo en forma de multitud de variaciones de
ondas, de caracolas, de hélices, ruedas y tuercas, de peinados
preciosos e infinitos para aquella mujer,
siempre la misma, que le ayudaba a descansar cuando sus máquinas le comían los huesos,
aquella mujer
que tenía cuerpo de animal y le sonreía como un hombre.
(De Las esquinas de la Luna)

Portieri di notte

Los insomnes no tenemos salvación. Oímos toda la noche el ruido
infinito de la autopista, machacando nuestro propio ritmo cardíaco,
como una cadena o el aire acondicionado de los hospitales que
transmite la enfermedad, como el motor ahogándose de un barco
en el puerto

¿De qué batalla no volví?

Los insomnes frecuentamos determinados bares hasta altas horas
de la madrugada. No nos queda otro lugar que la barra de un bar
donde poder hablar toda la noche mientras circundamos la tierra de
autopista en autopista. Los hoteles de carretera pintan demasiado
tristes y alejados de la civilización. Por eso no paramos nunca a
descansar.

Vuelvo a preguntar: por favor ¿de qué batalla no volví?

Los insomnes estamos destinados a amarnos como locos hasta la
muerte entre nosotros. Sin descanso. Atados a los mástiles o
colgados de las norias, donde la gravedad es más intensa. Me
mareo. Quítame tú las ganas de quedarme sin estómago. Seré feliz,
seré feliz si me alimentas con tus dedos mientras giras en torno a
mi deseo in la notte

¿En qué batalla te encontré y me hiciste tu esclava?

Los insomnes aullamos a los transeúntes nocturnos y noctámbulos
porque son personajes pasajeros que perturban nuestra respiración
de fondo. Aullamos como los frenos precipitados de los automóviles
en el silencio de la noche, como perros abandonados, como las
prostitutas que se defienden de los hombres que les venden espejos
de marcos rococó, como la marabunta que crece

La batalla concluyó, Tántalo, pero yo sigo siendo tu esclava y te
amo.

Los insomnes no tenemos hijos. Somos apátridas y en nuestras
bocas crecen las flores del mal. Las flores del mal son hermosas
como linternas, como cuadros de Van Gogh, son las sogas que
horadan nuestras muñecas para que no salgamos disparados hacia
las nubes, inflados tras la última inundación. A algunos nos gustan
las luces de neón a altas horas de la madrugada. Pero en otros
nadie se fijó jamás ni para acuchillarnos con su mandrágora

La batalla está perdida y me gustaría dormir un rato a tu lado

Una constelación no podría ofrecer mejor guarida que el sueño
junto a ti para planificar las tres o cuatro frases con que ir tirando y
componiendo los días sin que se noten las bolsas de los ojos y la
palidez creciente. Tres o cuatro formas estables de disimular
nuestra verdadera naturaleza. No hace falta más.

Los insomnes nada más podemos hacer que sobrevivir a todas
las guerras y escuchar, con un poco de suerte, la lluvia cuando cae
mansamente.
(De Las esquinas de la Luna)

Jardines en los tejados

Siempre me digo: no te hace falta mucho, ni siquiera un pedazo de tierra.
Algunas macetas con flores de las que ocuparme durante la mañana
o al atardecer serán suficientes, en vida y después.
Cuatro paredes –con una gran ventana en una y en otra la pantalla
inteligente del televisor- y un techo, no demasiados metros cuadrados en
total, para no distraerme, como suelo, con las tareas diarias.
Hace años hubiera precisado más espacio, para libro
s. Si puede ser, mejor. Pero ya no me angustia no disponer de ellos: han
ido envejeciendo, como yo, y resultan algunos ilegibles, dada la
obsolescencia de la tinta y la calidad devaluada del papel. La industria
editorial ha sido tan voraz como las otras. De la misma manera, y por lo
mismo, no me fío en absoluto de las gigantescas corporaciones de
comunicación, aunque anude con ellas una imprescindible relación
umbilical. No confío en los gobiernos, no me suelo fiar de quien no
aprendo. Así que tampoco me fío de mí misma y vigilo a menudo los
aviones que cruzan el cielo sin tripulación, mientras me ocupo de las
plantas en el último piso de uno de los edificios más altos de la ciudad,
cada día más distante, y sigo alimentando –no sé por qué- mi inagotable
curiosidad y mi patética necesidad de comprender
(De Ciudades inteligentes)

Reality Market

Conduzco a través de una infinita-interminable carretera ocre. He salido
a respirar un poco. Conduzco un automóvil con aire acondicionado, pero
cruje el calor sobre la carretera y la cámara acerca un primer plano de mi
cara ojerosa y pálida a través del cristal- espejismo. Vista así, puedo ser
una asesina o unamujer maltratada.
Conduzco dejando atrás todas las posibilidades. Vista de cerca, no tengo
escapatoria. Sé cuándo fue, cuándo ocurrió, pero los guionistas
introdujeron cambios en el último momento, y estoy un poco confundida.
Conduzco incansablemente. Encapsulada. A solas me miro a punto de
nacer, multiplicada ya en tantas celdas como pantallas cuento sobre la
gigantesca pared de esta gran tienda de electrodomésticos.
Nadie me pregunta qué fue de mí.
(De Ciudades inteligentes)

Hospital dos

Cuando vas a morirte, en los hospitales públicos te llevan a una habitación para
ti solo. Es la señal inequívoca de que te queda muy poco aire que respirar.
Prefieres no abrir los ojos, porque sabesque la televisión que permanece
encendida y sin sonido será la última imagen del mundo que verás.
(De Ciudades inteligentes)

Amante con cigarrillo

Te deberé la vida, afirmo en voz muy baja, sin oxígeno. Y él piensa que lo
digo como una parte más de este juego amatorio que los dos nos traemos.
El riesgo azuza las ganas de ofertarle la piel en prenda. Y él recorre
primero mis piernas con su boca y estruja luego mis costillas. Te deberé la
vida. Y él golpea en el único peldaño de mi cuerpo que no me pertenece.
Por fin la muerte ablanda mi vida equivocada. Y oigo la balacera en el
cuarto de al lado.
Se echa a un lado en la cama y su risa es brutal e inacabable. Ya no le
teme a nada. Llega un sms a mi teléfono. Fumo. Susurro: no podemos
salir hasta mañana, hay redada.
Ok, me dice, y fuma, bebe un trago, y me apunta con
el mando a distancia de la televisión.
(De Ciudadades inteligentes)

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