BIENVENIDOS AL OTRO MUNDO/

Matilde Elena López (poeta sugerido)

* Todos los derechos de los poemas publicados pertenecen a sus respectivos autores.
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El infierno
Maldito Lucifer, seas maldito
maldito sea el dios que te ha creado,
a ti, junto a la pena, a ese garito
en el que por doquier está abrasado.
El malo de verdad ya está suscrito
y el bueno por el sueño atormentado.
Si un día ha de llegar tu cuerpo inerte
aquí estará mejor si se pervierte.

El limbo
El limbo ¿qué es el limbo? Ya no existe.
Recuerda bien fue un hecho del pasado,
que aunque a ti te contaron nunca viste
y aunque estaban seguros se ha olvidado.
Algunos te dirán que no entendiste,
que a los niños les tenga sin cuidado.
Que dios es cuidadoso con su anhelo
y a todos sin dudar mandará al cielo.
©donaciano bueno

POETA SUGERIDO: Matilde Elena López

Matilde Elena López

Mirándome en tu cuadro

Quiero captar la poesía de tus ojos
-me dijiste mientras en el cuadro
les dabas vida irradiadora
y toda yo surgía como diosa.

Si pintar el objeto es poseerlo
Objeto de tu amor fueron mis ojos
Por un acto de magia que conoces.

Tan pura luz le diste a mis pupilas
Que hasta parece ahora que te besan,
¿pues si ya los robaste? ¿Qué me queda
sino seguir el robo que robaste?

Mi imagen en tu cuadro es una ermita
Que guarda una sonrisa misteriosa
Y la boca dibujas de tan leve
Que hasta parece que aletea el beso.

Me pintaste quizá un poco triste
Porque acaso sabías, sin saberlo,
Que sólo tú podrías darme vida.

Disyuntiva

Desde el vértice de esta disyuntiva
donde voces enormes me convocan,
oigo un clamor lejano y agitado
que angustioso atraviesa mi frontera.
Si no sigo tus pasos, Pasionaria,
si no sigo el tormento de tu lucha,
si no me doy al pueblo hasta la muerte,
que tu voz me maldiga y me condene.
Que sobre mis pupilas caiga hirviente
el aceite que ciega y que lacera,
que las hoces que inclinan tu esperanza
vendimien mis arterias execrables.
Pero yo te conjuro, Pasionaria,
a que alientes la fe de mi entereza,
que en tu fragua se eduquen mis crisoles
y que tus astros guíen mi amargura.
Por mi amor y tu medio siglo a cuestas
dame un destello de tu roja aurora.

Este azul indefenso

Para el azul indefenso
de los pájaros
yo pido amparo.

Y una ley que proteja
por siempre a los poetas.

Un decreto de alpiste
para el trino amarillo
y una isla encantada
para las liras dulces.

Estoy en paz contigo

Ahora sí
puedo ver el fantasma del azogue
y romper el espejo.
Puedo en la multitud
mirar tu rostro
sin ese galopar
entre las venas.

Y sin embargo,
tú presientes mis pasos
por esa leve huella
del pájaro en la fronda.

Desde allí
puedo sentir tu sobresalto
y ese gesto azorado.

¿Cómo negar
la identidad que llevas en tu ser
y que me pertenece?
¿Y cómo desoír
esa invisible voz
que se quedó vibrando en tus ramajes?

¿Cómo olvidar el sueño
que busca el sol
que le robaron?
Yo estoy en paz contigo.
Mas, a ti te cercan,
oscuros, los daimones.

Madonna de las siete lunas

Plena de la plenitud
en plenilunio
la luna soy
quemada por tus besos.

Me das calor,
me ves lucir al punto
que el sol se paraliza
en el eclipse.

Y cuando llega el novilunio
soy nueva en la violeta
y en la rosa
y crece más tu amor
—cuarto creciente—.

En el círculo soy
toda la clave
de luna que se ahoga
en el azogue
cuando refleja
las fases de la luna.

Mas, no hay menguante
porque el beso crece
y en tus brazos yo soy
todo el zodíaco.

Que más, si la estatua
veneraste alta
en el plinto inaccesible
—sola—
—luna en el esplendor
del juego de sus luces—
tengas ahora en tus brazos
la rosa entera
del perfecto instante.

Y ya las fases de la luna
cumplan el círculo
cabal en su retorno
—luna menguante—,
pálida hoz para el amor cumplido.

¿De qué centurias
venía tu ternura
rodeándome sin verla?

No me mueve, mi dios, para quererte (Anónimo)

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Un texto que no puede faltar en nuestro recorrido por la literatura del ciclo de la Pasión es el del famoso soneto «No me mueve, mi Dios, para quererte…». Se trata de una composición muy conocida, que ha generado abundante bibliografía y que ha sido atribuida a numerosos autores (entre otros, a san Juan de la Cruz o santa Teresa de Jesús, y también a san Francisco Javier y a san Ignacio de Loyola, sin que haya faltado tampoco la atribución a Lope de Vega y otros escritores), pero que a día de hoy podemos seguir considerando anónimo.

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