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1.MADRE NO HAY MÁS QUE UNA [Poema del Editor]
2.Maximiliano Díaz Troncoso [Poeta sugerido]

Textos aquí: 1. del Editor, 2. del Poeta sugerido y 3. del Invitado (opcional)
| MI POEMA… de medio pelo |
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Tenía la paciencia de un Job santo, solía resbalar de mi garganta Así es como yo hoy día la recuerdo, Un ser al que la vida le dio palos Se dice lo de madre no hay más que una, |
MI POETA SUGERIDO: Maximiliano Díaz Troncoso
Una muestra de sus poemas:
Limones
Entro peinado impecable a la escena
de los papás jóvenes
peleando.
Dicen en algunos colegios
que lo mejor que pueden
las personas
es rezar
así que me dispongo
de rodillas junto a la cama
a invocar la voluntad
divina
y cuando no encuentro respuesta
yo —que tampoco he comprendido
aún
los sagrados emblemas
ni el reglamento establecido
del amor
me levanto voy
a despertar a mi abuela
y salimos al patio
a recoger limones verdes
que madurarán
en la cocina.
Corrientes
Las corrientes están secas y ya no
van a llevarte a ningún lado. Asomas
la cabeza por la baranda
de seguridad del puente y ves al equipo
de hombres con cascos azules y amarillos
—diferencia de grado, pericia, palabras
contrarias a la liviandad—: instalan
bancas con el logo de la muni y columpios
de fierro sobre las vértebras del río.
Son ahora los vientos
calientes el único flujo que has
de recibir. ¿A cuántos animales les habrá
secado ya la sangre? Las máquinas levantan bloques
de tierra con osamenta molida. Bájate
a buscar piedras alisadas y un regalo
entre la basura. Los pasos
bajo nivel te recuerdan al Veneno —no la
sustancia, el niño al que te apuntaron
en una plaza y dijeron mira ese salió
en las noticias por tirarle una piedra a un
auto y matar a una mina. Acaso peor si para este
no hay antídotos—.
Precisas de un puente para llorarle
a la vena luminosa que dibujan los autos
cuando ya anochece; zapatos
de cerro y capucha para bajar
al río de tu ciudad. Ponte
un par de guantes gruesos y limpia
la maleza. Tu abuela te enseñó cuando
tenías trece años y, generosa,
la tarde te prestó un chuzo. ¿Y si te agarra
el optimismo patológico que descansa
sobre las arenas? Te espero
regando. No pidas. Sabré oír
tu dócil braceo sobre la tierra.
Requínoa
a Vicente
Si diez duraznos
entran por la boca lo más
probable es que por allí mismo
sean devueltos. No
importa la suerte
del año que inauguramos
ni las tablas de skate con que abrimos
las calles de la estación.
La liebre que hace hoyos en
el rosal se adapta al ruido
del postón. Ese rifle
lo recibiste en tu cumpleaños
número ocho, pero ni su silbido
sacado de un pueblo de cuatro
calles o el infierno de estación
vacía asustan tanto a mi abuela
como las gárgaras del canal que transporta
sin benevolencia los sacos
llenos de cachorros. Todos enviados
desde un terreno por allá
al fondo. Nos han traído
la maravillosa noticia del miedo. Tantas cosas
se saben destinadas a ahogarse.
Con paciencia
algún Maestro de las Lluvias
juega al ajedrez, conociendo
su movimiento ganador. Jaque
pastor en la casa de Juanito, el
niño de tu liceo
que arrastraba a las yeguas
hasta el pilar pata coja de su casa
que levantaron tímida
al fondo de los barros.
Hemos recibido un regalo:
la matapajaritos. El manto
plateado de una lluvia que baja los primeros
brotes de manzana.
Predecible mas nunca
presto al cambio.
Sé que estás harto. Has tomado asiento
insatisfecho en las arenas
de la ambición —playa no apta
para el baño en ese mar al que bautizaste
deseo—. Las micros
aún llegan a Rancagua con su franja
celeste o verde desde la mañana. Paga tu boleto
y compra el ramo
de flores en el rodoviario. De camino
verás que también ellas (las micros)
sienten nostalgia
cuando en sus vidrios
despiden a los choferes caídos
esos que han vuelto al lugar
donde comenzó el aliento.
Noviembre
Ya está cerca
la época en que nos sentamos
a la mesa. Ventanas
abiertas la ensaladera
llena un patio o porción
de tierra anclada al piso
y comienzas a echar
de menos. ¿Es que los muertos
habrán disfrutado más
los días calurosos? Colmas
el vaso unos cien
ml de pisco. De quién
era esa pelota que echó
raíces en los terrarios mientras el enjambre
de niños corría
en otro sentido. Tan duras que
son las soleras y nadie
quiere jugar contigo. Ha llegado
ese momento en que compras
libros. Quién tendrá la decencia
de explicarte la bendición
misteriosa del desaparecer. No ellos,
que vuelven solamente en forma
de foto o sueño incomprensible —autos
sin patente pisos de mimbre sobre las
arenas; flotar de espaldas en aguas amarillas.
Y decidiste
conformarte con la duda. Encontrar
a los portadores del accidente
en tus tazas saltadas o
la ropa que dejaron en el clóset
sin ningún cuidado para qué
capaz dijeran. Total
nos veremos a la tarde. He intentado
sudar sobre cintas madera carpeta tatamis
todo eso que vive
dentro de mí. Que la culpa
aparezca de nuevo en forma
de agua. Lávate conmigo
las manos. Que las gotas frías
nos besen el cuello al salir
de la piscina.
Océano
Aferrado con miedo
a las boyas
te sientes como un pececito
de metro y medio en
el corazón del mar.
Al ver a tus padres nadar
entre los vidrios te tocas
el pecho. ¿Nadará también
alguien dentro de ti?
¿Qué harás para que no
se ahogue? Que sea tu corazón
esa misma boya que lanza sus cables
en el centro de tu océano personal
y no el animal venenoso que
afila sus dientes
entre las aguas negras.
Vasos
Con las uñas de tu mano
abierta rastrillas las
sábanas junto al ventilador.
Despacito tu abuela
decía por acá
anda alguien.
Pero este calor no tiene voz.
Quién es ese que pesado
como el caballo de dos espaldas
bota vasos en la
cocina.
Para Tomacho, esperando el tren
Toda el agua del mundo tiene un p
recio. No sabría decirte si difiere
de acuerdo a zonas o grados
de pureza. No tengo
un contacto en las aldeas y la de acá sale
tan turbia, Tomacho. Aunque tampoco
sé si abaraten costos en las piscinas de
la infancia —plástico tubo
blanco pelopincho manchadas de un verde
borroneado—, aunque la tuya está, por fin,
terminada.
Mi primo y yo compartíamos una
ascendencia cercana que no
sabría explicar y lo visité
tantos fines de semana
su pieza estaba al fondo
cruzando el pasillo de una
casa de adobe larga y
oscura y por puerta tenía una
cortina. En algún momento alguien
de la familia nuestra, de ese mismo
fundamento compartido
me dijo con cizaña
que su abuelo, medio
hermano del mío, lo había
acusado por fumar y su padre,
el de ambos, digo, lo obligó
a apagarse el cigarro en la lengua y
comérselo. Pero es que
así dicen
algunos eran las cosas
en el campo y nosotros nunca
quisimos ir allá.
Su papá, mi tío Pablo
—sobreviviente de la segadora que
intentó tragárselo y le regaló
una fractura en la clavícula—
levantó arcos
con pitilla y ramas en el potrero
tras el sauce vimos al ratón y
al caballo. Qué amarillo era
el día lleno de arañas,
qué oscuras las dependencias
de la leñera. Cuánto demora alguien, Tomacho,
en aprender a manejar un tractor
o morir en un galpón a dos kilómetros
del lugar donde se levantó,
brillante, la madrugada
de su adolescencia.
Primo
qué descanso hay ahora en los barros
profundos en la camiseta
de Cazorla en las cervezas
junto al canal en los zapatitos
de cuero.
De: El día era nuevo para nosotros. Editorial: Ediciones Overol.







