Si te gusta la poesía aquí tienes 3,084 POETAS, poemas y sus biografías.
LA CULTURA WOKE [Poema del Editor]
José Luis Rico [El Poeta sugerido]

Textos aquí: 1. del Editor, 2. del Poeta sugerido y 3. del Invitado (opcional)
MI POEMA …de medio pelo
Que la cultura Woke no se discute,
es una sus verdades sacrosantas.
Se deben de acatar. No existen mantas
que puedas de tirar sin que se inmute
so pena de tildar de pagafantas.
Que aquí siempre quien manda es el relato
que crean o que inventan unos cuantos
y pasan por fingir que fueran santos,
y el resto a bendecir pagando el pato.
Y vuelta a las andadas con sus cantos.
Se trata de inculcarte esa doctrina
cual fuera de una nueva religión
¡qué importa si no existe explicación!
Si dudas le echarán más gasolina
pues ellos solo saben como son.
El hombre de la calle, ese mocoso,
escucha, como y calla y se somete,
ignora aquí el terreno en que se mete,
así que alguno muestre es belicoso
o admita así no más que es un zoquete.
©donaciano bueno
«La persona que mucha gente considera que lo acuñó fue William Melvin Kelley«, le dijo a la BBC Elijah Watson, editor de noticias y cultura del sitio web de música estadounidense Okayplayer y autor de una serie de artículos llamados «El origen de woke».
MI POETA SUGERIDO: José Luis Rico
Una muestra de sus poemas:
Del aliento me nace otra muerte
He bajado al Otoño amontonando falsas vírgenes
y jardines de cadáveres
de amor:
es la vida del que comparte el gozo
por la forma
de la muerte.
Cuando se van y nos dejan
amantes de la melancolía y el olvido,
caídas
y juguetes
son las ilusiones desprendidas del corazón.
Derramado en ese Otoño; cautivo
al dolor
de las ruinas,
identifico, con infalible impotencia,
las manos que se llevan los ramos y los trinos,
el calor
y el beso.
¿Qué arrebatado desierto escribió
palabras
egoístas
por la sombra fugaz de mi cabello?
¿Qué selvas vinieron a invadir con el engaño
las metáforas de mis árboles
y las hojas
del Otoño?
Del aliento me nace otra muerte,
paralela
y continua.
Olé Libros
A este lado de la sangre
Pisando tierra hasta entender el idioma del barro,
mientras copio la música con que responde la sangre,
me digo que el tiempo se marchitó por no elevarse.
Porque nada es efímero si flota;
si, conocida la forma y su silencio, abandona
la herida original del suelo.
Esto lo sabe el amor,
y no lo calla.
Es sólo que hay sordos, como hay días de frío
en medio del verano.
Abriendo los sueños –no los ojos– al espacio,
mientras siento que quien besa es el beso
y no la boca,
entiendo que la vida no se rinde; la rendimos.
Porque todo es mortal si no es soñado;
si no es más de lo tangible y lo directo.
Esto lo saben los niños,
y lo gritan.
Es sólo que estamos siendo viejos,
como es viejo anteayer –casi mañana–.
A este lado de la sangre,
se levantan los pulmones sin miedo al horizonte
que sobre sí termina, y estrangula
lo que en el vientre pudo ser una palabra
fuera de las sombras
y la cárcel.
En esta paz, el hierro, la piel, el océano…
hasta una lágrima… ¡quizás, hasta la muerte!
pierden su densidad.
Y silencia la raíz su condición de nudo.
se descomponen los puntos cardinales:
El Norte al aire; el Este, el Oeste; el Sur al aire.
Aquí.
Aquí es; aquí
donde acaricio profunda la esperanza
de que el hombre comprenda para qué son los labios.
Sangre vecina
Sangre vecina. Aire que pido
a gritos por las venas en la unidad del labio.
Perfil que sueño en mis brazos como dúctil paloma
que espanta las palabras terribles:
basta un instante con tu corazón a solas,
y ya tengo la miel corriendo por las calles;
anegando avenidas; subiendo a las cornisas,
o poniendo un punto dulce al dolor del almendro.
Basta con cerrar los ojos y pensarte dentro,
y este frío silencio recobra las palabras
o volumen o cualquier cosa tibia.
Ven:
recala, escalón por escalón, la intimidad de mi sangre,
ahogada como jirones de luz amordazando el pecho
–esa es la forma de decirte que no tengo territorios
más amplios que lo que den de sí tus manos,
cuando cumplo la estrategia de buscarme patria
donde anidar sin miedo–.
Ven:
no hay nada despierto; nada palpita; sólo el amor existe.
Nuestro,
en el viaje, como dos solas butacas.
Nuestro,
calado hasta las uñas, cuando se agotan las cifras
–números impotentes más allá del suelo–;
mientras tú y yo seguimos;
mientras tú y yo cubrimos una altura sin techo
por esta dirección de nudo o pájaro apretado
que escogimos juntos.
Ven:
nacimos para ser de trenza;
para agarrarnos fuerte, hasta confundir los ecos:
yo no puedo volar más allá de tus alas,
y tú no puedes huir más allá de mis pasos.
Juntos o presos:
yo dejo mi tiempo atado a tu cintura;
tú, la vida alrededor de mi cuello.
Despertaré para ti…
¿Qué recuerdo, qué nervio, qué voz parcial,
cuando en el fin me ofrezco, cuando me reconozco
y caigo saboreando el sufrimiento, desabrocha
tu presencia de niebla, como una mano experta?
Quiero todavía, compañera; quiero hoy
una oleada más
de tus quebrados labios que se alejan.
Me olvidaré de mí al límite de tus aristas,
extendiendo este rapaz submundo que acaricio,
si al caer mi beso total sobre tu piel de lluvia,
siento en su dolor un día más,
una hora, un segundo
contigo.
Así, casi sin superficie, volcado y libre
sobre esa caracola de sangre tuya y mía,
confundo el mar silencioso que me explora
y esos ojos antiguos que me cierran,
con una voz dulcísima afirmando
que la muerte es un beso.
Y será inútil que vosotras, una a una,
ondas de sombra;
vosotros cinturones, apretéis mi corazón de luz
hasta lo negro.
Porque yo despertaré para ti completo cada día.
Completo y frágil siempre.
Creo en el aire
Sobre alientos o besos;
sobre lágrimas de estrellas altísimas;
sobre colores que no existen sino más allá de los ojos;
la necesidad de una sílaba,
de unos dedos,
de la voz…
o el amor,
se ha ido lentamente elevando
como un idioma izado que pierde sus orillas.
Suavemente –corazón o pausa–
ese instante abandonado al músculo de pluma,
discurre entre las manos como un viento delgado,
donde el caracol asusta por sus prisas
y hasta una mariposa levanta una tormenta.
Aquí, en el aire, unos labios flotan
como formas desnudas respirando;
como ángeles de caña azucarada
que nunca conocieron el sabor de la sangre.
Mientras abajo
(¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?)
las huellas se derrumban para enterrar palomas.
Y un pez con uñas
(llegado no sé cómo)
ha puesto fin al mar
con sus largas heridas.
Autorretrato
En el silencio,
mis guiños aprenden a girar la cabeza
hacia el espejo, donde la lentitud del infinito
me devuelve una mirada adulta
y el contoneo de los párpados
vulnerados por la melancolía.
Tengo setenta y cuatro años, y aún ensayo,
con un rubor de víctima,
ciertos amargos triunfos y algún contrasentido.
Incómodo ante el candor atormentado de mis dedos
y enamorado, no obstante, de sus infieles curvas
que tanto hicieron por avergonzarme,
y tanto, también, ante el castrador suceso
de mi nombre.
Pues yo me llamé a mí mismo
cínico y perverso
-cínico dulce, perverso jadeante-
todo mentira; anciana e infiel arquitectura.
Tengo setenta y cuatro, y aún me confieso,
¡ay, luna sin delicadeza!
Y me preparo para estremecerme.
Épica
Los viejos tiranos
desconocen la fórmula del exterminio,
pues suponen el testamento
antes que la mirada.
Nada consiguen con sus pasados artificios:
desencajar un botón, no será nuca
fabricar un desnudo.
Eliminar una uña
no evitará
que las metáforas subsistan.
Vaciar la sangre, es llenar un tintero
para las plumas hambrientas.
¡Que revancha;
que revancha cumplimenta un nombre
acorralado contra el muro!
¡Que trayectoria un suplicio
utilizado en los zapatos!
¡Que garantía la muerte!
Los viejos tiranos
desconocen el teorema de la autodestrucción.
No les facilitéis la fórmula.
No les digáis nunca
que obliguen a pensar
sobre uno mismo.







